Javier Navascués - 25 junio 2022

Javier Gutiérrez Fernández-Cuervo es un esposo y padre de familia católico, presidente de la Asociación Civil Educativa Domus Aurea (Perú), magíster en orientación educativa familiar por la UNIR (España), diplomado en redacción para medios por la UCSP (Perú), experto en comunicación católica por la ULIA - Voces Católicas (España), experto en didáctica de las ciencias sociales y políticas por la UCH-CEU (España) y con grado en filosofía por la PUU (Santa Sede). Con experiencia en medios de comunicación escrita, televisiva y radial, y en docencia superior técnica, universitaria y de posgrado. Llegó al Perú en 2008 como voluntario en zonas marginales de Lima y ha sido miembro del Comité Provida de Arequipa.

La restauración de la cristiandad es la razón de ser última de la Asociación Civil Educativa Domus Aurea, que usted preside.

Nuestro lema «Producitur et Alitur et Augetur» significa «Generar, Conservar y Desarrollar» y procede de la carta Quum non sine del Papa Pío IX al Arzobispo de Friburgo de Brisgobia, en la que le felicita por resistir la legislación educativa que le arrancaba las escuelas a la Iglesia. Y la carta termina con esta triada, en referencia al cuidado de la preparación de los jóvenes, que ha de estar «libre de todo lo que pueda poner en peligro la firmeza de su Fe, menoscabar la pureza de su conciencia religiosa o mancillar la nobleza de sus hábitos, esa nobleza que solo nuestra santa Fe puede generar, conservar y desarrollar».

 Creemos que esto es lo que ha de realizar la educación católica: generar esa nobleza cristiana donde esté carente; conservarla donde haya sido recientemente generada; y desarrollarla donde esté firmemente conservada. Pero en el fondo estas tres acciones no son más que el lema de San Pío X: «Instaurare omnia in Christo (Restaurar todas las cosas en Cristo)». Porque la Cristiandad ha existido, no es una utopía, y es todavía palpable en nuestra sociedad en manifestaciones claras y en algunos vestigios no tan evidentes, y en algunos sitios esta restauración implica generar, en otros implica conservar -¡Que importante es no quemar las balas cuando conviene madurar las almas!- y en otros trabajar por desarrollar lo que ha sido madurado y conservado. El catolicismo no es conservadurismo, no se contenta con lo que hay, siempre busca ir más allá en una especie de desengaño constante por las cosas de este mundo o por los avances alcanzados: no basta lo que tenemos, hay que restaurar la Cristiandad en su totalidad.

 Y sí, es cierto que la Cristiandad -como este orden social y político regido por la razón y por la fe católica en todos sus órdenes- es hoy casi un concepto arqueológico. Pero no del todo. Es una caña cascada que no se terminará de quebrar, una mecha humeante que no se llegará a extinguir hasta que Cristo lleve el juicio a la victoria, y en Su Nombre pondrán las naciones su esperanza (cf. Mt 12,20-21). Esta es una promesa de nuestro Señor Jesucristo.

 ¿Qué es lo primero y más urgente en la ardua tarea de empezar a restaurar la Cristiandad?

 Evidentemente, nuestra santidad, nuestra esperanza y que sea la voluntad de Dios, porque «la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero» (Ap 7,10). Dios castiga y premia según Su santa justicia y no es deber nuestro averiguar cuándo es el momento, como los adivinos paganos. Por eso no podemos ni proclamar el inmediato advenimiento de la restauración ni podemos tampoco renunciar al combate desesperanzados por esa tesis errada que afirma que en las sociedades actuales ya es irrealizable un orden social y político católico no liberal… No. Debemos dar la lucha con el espíritu de esperanza de los primeros Apóstoles frente al Sanedrín que les prohibían anunciar a Cristo Resucitado, con el espíritu de Débora que hizo que un pueblo vencido se alzara, con esa esperanza en la providencia de Dios, que anima a su pueblo por medio de Isaías a no pactar con los egipcios para vencer a los asirios, esa confianza en los bienes eternos posteriores a esta vida que movió a los macabeos, a los cruzados, a los combatientes de Lepanto y Empel, a los cristeros, los requetés, los mártires de la Vendée e infinidad de ejemplos a lo largo de la historia, que más allá de sus victorias o derrotas terrenas, sin duda lograron dar Gloria a Dios y obtener la corona merecida.

 No es ciencia nuestra saber si vamos a vencer o no. Esa curiosidad por el resultado es un vicio opuesto a la verdadera virtud de la ciencia. Eso es cálculo maquiavélico. Lo que debemos hacer es combatir, combatir santamente, independientemente del resultado que la divina providencia nos tenga reservado en esta vida, porque nuestro verdadero premio está en la otra. Como afirmaba San Agustín en el comentario al Salmo 67: «Procura sólo progresar, nunca desfallecer. Si el último día no te encuentra vencedor, que te encuentre al menos luchando, nunca cautivo o condenado». El maquiavelismo ha calado en la mente católica y eso ha de ser combatido.

 El espíritu hispánico es transversalmente antimaquiavélico, en ese sentido.

 A este respecto Quevedo, en su Política de Dios y gobierno de Cristo, se dirige así al rey Felipe IV:

«Sacra, católica, real majestad, bien puede alguno mostrar encendido su cabello en corona ardiente en diamantes, y mostrar inflamada su persona con vestidura, no sólo teñida, sino embriagada con repetidos hervores de la púrpura; y ostentar soberbio el cetro con el peso del oro, y dificultarse a la vista remontado en trono desvanecido, y atemorizar su habitación con las amenazas bien armadas de su guarda: llamarse rey, y firmarse rey; mas serlo y merecer serlo, si no imita a Cristo en dar a todos lo que les falta, no es posible, Señor. Lo contrario más es ofender que reinar (...). Obligado estáis a la imitación de Cristo».

 Pues bien, tenemos un rey español santo: San Fernando III de Castilla. Un rey que supo pelear por obtener el poder que le era legítimo, que supo pelear para mantenerlo y que fue también un rey conquistador. Y sin embargo habría sido enemigo declarado de Maquiavelo, pues como verdaderamente santo que era, ponía en Dios su confianza. Estas palabras suyas, de acuerdo a las Memorias para la vida del santo rey don Fernando III, no nos dejan mentir: «Da a Dios loor de los fechos, e la gloria de los vencimientos, e las sennorías de las batallas, e plegate de todas las cosas que ficiere, aunque sean contra ti: e non te embargará ninguna fortuna, e serás bienaventurado, e siempre vencedor». San Fernando rey era, incuestionablemente, lo que debemos ser para restaurar la Cristiandad, como él hizo al conquistar Sevilla: santidad y esperanza cristiana.

 Y junto a la santidad y la esperanza, la doctrina política católica tradicional. En ese sentido, se necesita tener bien claro por qué decayó la Cristiandad, porque si no conocemos la enfermedad de muerte, no podremos enfrentarla y superarla. No es solo un asunto voluntarista en plan «ánimo, ten fuerza, combate que Dios te premiará en esta vida o en la otra», sino que hay que saber a qué enemigo combatimos y cuál ha sido la herida mortal que nos ha infringido. El diagnóstico es esencial porque la razón ha de gobernar las pasiones y controlar los apetitos con el auxilio de la Gracia. No solo tener buenos ánimos. Hay que conocer qué fue la Cristiandad, cómo se vino abajo, de dónde procedieron esos males y cómo se combatieron, ya que en las Españas la Cristiandad sobrevivió más tiempo que en Europa. Y de alguna manera, aún sobrevive en la tradición hispánica y su doctrina de la monarquía católica, y en las enseñanzas de nuestros clásicos del Siglo de Oro, que es un deber nuestro rescatar y evitar que se pierdan en el olvido.

 ¿Cuándo y por qué se empezó a venir abajo el gran edificio de la Cristiandad?

 Hay muchísimos elementos a la hora de analizar la caída de la Cristiandad y creo que hay muy buenos autores que han tratado esto a la perfección. Aconsejo grandemente el trabajo de Elías de Tejada en Las raíces de la modernidad y su análisis de las cinco fracturas o rupturas de la Cristiandad con Lutero, Maquiavelo, Bodino, Hobbes y los tratados de Westfalia como puntos críticos que transformaron la Cristiandad en la Europa liberal; y también el análisis de Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, donde aborda este devenir desde una perspectiva hispánica, ya que en el fondo la Hispanidad no es sino una Cristiandad menor.

 Pero estas rupturas o estas raíces no se originan ‘ex nihilo’. Y puede ser bueno analizar el caldo de cultivo que lo precedió o, si hablamos de raíces de la modernidad, quizás podemos intentar encontrar esas semillas de modernidad de las que luego surgirían las raíces; o el abono que favoreció su crecimiento. O si se habla de las fracturas de la cristiandad, quizás podemos hablar del destemple de la cristiandad que la dispuso a ser fracturada.

 Descartes, y antes Lutero y Maquiavelo no surgen de la nada. ¿Cuál fue el caldo de cultivo propicio para que surgiesen personajes tan deletéreos?

 Yo creo que antes ya estaban sembradas, en el mundo católico, las semillas de la cizaña que se dejó crecer, por misterio divino, junto con el buen trigo en un campo, que era la Cristiandad, en sí mismo buenísimo. Y esto que creció junto con el trigo fue el nominalismo que, para no explicar aquí y hacer esta respuesta infinita, me permito autopromocionarme en este tríptico de conferencias (primera parte, segunda parte y tercera parte) en el que expongo un poco la relación del nominalismo con el liberalismo y muchos de los problemas de progresismo actuales, como la auto-percepción y autodeterminación contra natura de la ideología de género y demás.

 Pero el nominalismo, a su vez, tampoco surge de la nada sino que, siendo un error propio y que encuentra su causa en sí mismo, también es cierto que viene de una realidad en la que se dio un doble problema que podríamos llegar a relacionar con el mismísimo San Buenaventura, el llamado doctor seráfico, contemporáneo a Santo Tomás de Aquino, llamado doctor angélico. Para que veamos cómo es un misterio que en el tiempo del más grande teólogo de la historia puede ser que estuvieran a la vez presentes estas dos situaciones que luego, creo yo, favorecerían el surgimiento del nominalismo. Sobre todo atendiendo a que este nominalismo surge justamente en el entorno franciscano, inequívocamente. Estos dos problemas son la asimilación del concepto de progreso y la preferencia por el argumento ontológico sobre las vías a posteriori.

 ¿Sostiene que San Buenaventura es el origen de la modernidad o que en él había rastros de nominalismo?

 No, ni mucho menos. En todo caso, él logró evitar que la hecatombe fuera mucho mayor y mucho más temprana. En la época de Santo Tomás y San Buenaventura, el entorno franciscano estaba muy revuelto, rozando el cisma por la posición de los denominados ‘franciscanos espirituales’. Estos sostenían los errores de la teología de la historia de Joaquín de Fiore, y defendían que la historia tenía tres etapas: la del Padre en el Antiguo Testamento, la del Hijo en el Nuevo Testamento y la del Espíritu Santo con la llegada de San Francisco de Asís. Veían la historia como un progreso y eso implicaba una serie de actitudes que no eran acordes a la regla franciscana y a la vida cristiana en general. En ese contexto, gracias a Dios, San Buenaventura logró evitar el cisma corrigiendo la práctica totalidad de los errores de los franciscanos espirituales y fortaleciendo la praxis de la regla, aunque para lograr esta unidad cedió en un concepto de ‘progreso moderado’, podríamos decir, con el que rechazó por un lado esta triada mecánica de la historia porque la historia está gobernada por el mismo Dios en su totalidad, que es uno y trino; pero admitió que la figura de San Francisco de Asís y el nuevo modelo de monacato de los franciscanos, no exclusivamente enclaustrado en un monasterio fijo, manifestaban que existe un progreso en el que, a lo largo de la historia, la Cristiandad se va renovando y progresando de acuerdo a las novedades que el Espíritu Santo inspira en la Iglesia.

Qué habría sido de la Iglesia si no se frenaba el cisma, solo Dios lo sabe. Pero parece que habría sido mucho peor, ciertamente. Sin embargo, el problema con la asimilación del progreso moderado, que ya en su momento Santo Tomás rechaza -pues se conocían y se querían un montón porque eran santos los dos-, es que sigue implicando una mirada excesivamente optimista y mecanicista de la historia porque el progreso es considerado siempre para bien, siempre en profundización del Evangelio, donde se tiende a ver lo nuevo como bueno por el solo hecho de ser nuevo y por eso mismo, señal de progreso en esta especie de espíritu de la historia.

 En el fondo, ¿por qué esto es un germen de nominalismo?

 Porque el progreso favorecerá no solo una postura abierta a buscar superaciones de la escolástica tomista en filosofías novedosas, sino también porque esta admiración por lo nuevo estimula la resignificación de las cosas. Si la Iglesia ya no es estática e inmóvil y si los padres de la Iglesia pueden ser superados por cada generación de teólogos y las formas de vivir la fe pueden progresar por la novedad… la verdad misma queda resquebrajada. ¿Hasta qué punto la novedad del progreso puede hacer que lo que es pase a ser lo que no es? Los nombres de las cosas dejan de ser las cosas y se convierten en voces vacías, porque la realidad misma del ser pasa a ser variable, en un sentido relativista: se accidentaliza la sustancia y se sustancian los accidentes. Todo se trastoca.

No quiero decir con esto que el progreso admitido por San Buenaventura -polémico ya en su tiempo- sea modernista; pero sí que puede haber servido, evidentemente en contra de la voluntad de nuestro amado santo, como caldo de cultivo para esto y, posteriormente, para ese liberalismo que censura la Libertas Praestantissimum, donde condena no solo a aquellos que defienden la separación entre Iglesia y Estado sino también a quienes sostienen «que la Iglesia debe amoldarse a los tiempos, cediendo y acomodándose a las exigencias de la moderna prudencia en la administración pública del Estado (...) cuando se trata de prácticas y doctrinas introducidas contra todo derecho por la decadencia de la moral y por la aberración intelectual de los espíritus. Ningún periodo histórico puede vivir sin religión, sin verdad, sin justicia». Si se acepta el progreso, y teniendo en cuenta que este tiene su fundamento en los estadios históricos mecanicistas y progresivos de Joaquín de Fiore, no hay límite: así como puede haber tres estadios espirituales, puede haber también un periodo histórico de supuesta ‘iluminación’ que «supere el oscurantismo cristiano» u otras locuras, como propondrían prácticamente todos los filósofos modernos, desde Kant hasta Marx con su utopía comunista.

Esta condena de la Libertas Praestantissimum es curiosa porque aparece en el resumen final y no se corresponde con la estructuración de liberalismo de primer, segundo y tercer grado que realiza la versión española de la encíclica en sus subtítulos, que no aparecen en ninguna otra edición, por cierto. Pero, basándonos en esa nomenclatura, podríamos referirnos a él como ‘liberalismo de cuarto grado’. O también como ‘clericalismo desde el punto de vista mental’, en términos del Dr. Miguel Ayuso, quien habló de este concepto en un programa de Lágrimas en la lluvia, como «ese complejo de inferioridad del mundo católico y fundamentalmente del clero católico, que considera que tiene que someterse a las tendencias dominantes para intentar bautizarlas. Pero hay cosas que no se pueden bautizar. Ese intento por bautizarlo todo: la ‘sana laicidad’... ¿el ‘sano proxenetismo’? No sé, en fin… Perdón por el chiste». A mi parecer, el progreso conduce a eso, a negar la potestad de Dios en el orden temporal o, si se reconoce la autoridad de la Iglesia, a hacerlo en lógica mecánica, abandonando la Verdad, donde lo intrínsecamente inmoral deja paso a lo meramente irregular.

 Analizando ese último asunto, el blog de aquí de InfoCatólica de Alonso Gracián para mí es una maravilla y lo recomiendo grandemente. En esta perspectiva, uno entiende que Ockam y su nominalismo no surgieron de la nada. Hoy se comprende que basta que la autoridad competente faculte el cambio para que el cambio sea lícito, sin relación con la verdad. En contra de esto está San Pablo mismo, que teniendo la autoridad que tenía como Apóstol de Cristo, afirma que «Aun cuando nosotros mismos o un ángel del Cielo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1,8). Esto es totalmente anticonstitucionalista, antinominalista, antileviatán, antiliberal. Porque, ¿qué dicen estas tendencias modernistas? Dicen que estamos obligados a obedecer a una constitución o a una autoridad o a una ley mecánica dictada por el pacto. Y esa constitución, esa autoridad y esa ley la constituimos nosotros mismos… por el pacto. Así que en el fondo nos obedecemos a nosotros mismos. Esto es el sistema liberal que nos rodea, donde no hay ninguna verdad porque no hay ninguna realidad a la que se adecua el intelecto. Si cambiamos la constitución, la autoridad o la ley, hoy podemos estar falsamente adecuados a una falsa realidad y mañana a otra. En cambio, ¿qué dice San Pablo? Nosotros, los Apóstoles -y no hay en la tierra autoridad más alta que la de los Apóstoles- obedecemos a una Verdad, que es Cristo mismo. Y tenemos la autoridad que tenemos en virtud de esa Verdad. Si nos separamos de la Verdad, como el sarmiento que se separa de la vid, perdemos esa autoridad y no se nos debe escuchar sino que pasamos a ser anatema. Nada menos. Es absoluta y totalmente otra concepción. Y el nominalismo, que es un atentado contra la Verdad, conduce inexorablemente a negar esto y a proponer lo opuesto.

 Junto con el progreso, ha mencionado la preferencia por el argumento ontológico y un espíritu de cuerpo insano, ¿verdad?

 Así lo veo yo, sí. Aunque hay que entenderlo en su contexto. San Anselmo había formulado una demostración de la existencia de Dios que no tenía tanto una carga apologética, pues no se dirigía propiamente a herejes; sino más bien un sentido académico y contemplativo, a desarrollar entre teólogos católicos. Este argumento, ¿de qué sirve, entonces? Tiene una función eminentemente contemplativa y de alabanza. Está hecho para dar gloria a Dios y gozar de la perfección de Dios, que es tan grande que sería la única esencia que su misma concepción implica su existencia. Es más un canto de Te Deum que una demostración retórica. Y comprendido así, es ciertamente una belleza. 

¿Qué dice el argumento ontológico?

Que Dios no puede no existir, porque cuando uno dice ‘Dios’ ya está refiriéndose a la suma de las perfecciones en grado sublime, más allá de lo que podamos imaginarnos con nuestros cortos intelectos. Entonces, esto sí o sí y necesariamente incluye la existencia real, porque es mejor existir que no existir, y si no existiera entonces no sería aquello más perfecto de lo más perfecto que nos podamos imaginar. De este modo, el solo concepto de Dios implica su existencia. Y en ese entonces se entendía que es el único caso en el que esto se sostiene, para mayor gloria de Dios. Posteriormente, con la perversión moderna, veremos que Descartes hace que el ‘yo’ goce del mismo beneficio y prerrogativa, porque la modernidad no es sino idolatría del hombre.

Santo Tomás de Aquino también disfruta del argumento ontológico, pero en su naturaleza, como lo que es, no como algo útil para convencer a nadie, pues no tiene fuerza persuasiva. Y en ese sentido, Santo Tomás de Aquino desarrollaría las llamadas ‘cinco vías’ de demostración de la existencia de Dios que, a diferencia del argumento ontológico, no partían del concepto de Dios para demostrar el mismo concepto de Dios, sino que partían de las realidades más evidentes y sensibles de nuestro alrededor: el movimiento de las cosas, la causalidad de las cosas, la contingencia de las cosas, los grados de perfección de las cosas y la finalidad de las cosas. Y desde esta perspectiva, se va yendo en cada vía hacia la raíz y, descartando una lógica circular e insensata, se alcanza la necesidad de que haya un Dios que fundamente lo que nos es evidente que existe.

 San Buenaventura también conocía y valoraba estos argumentos a posteriori, que es como se les llama. Y también los desarrolla. Sin embargo, como místico que era, prefería el argumento ontológico por su simplicidad. Hay que recordar que lo simple es lo mejor, y la contemplación es mejor que la retórica. Pero también, ya dentro del campo de la retórica, lo útil es mejor que lo inútil. Y el argumento ontológico es mejor en cuanto contemplativo, pero en cuanto retórico es inútil. ¿Por qué? Porque no tiene fuerza persuasiva. En el fondo, si lo analizamos desde la lógica, el argumento ontológico es tan simple que acaba siendo demasiado simple. Básicamente es una tautología. Decir que «Dios es y no puede no ser» es, traducido en pocas palabras, decir que «el-que-es es y no puede no ser» O incluso, que «el Ser es». Y en clave retórica no deja de ser una petitio principii, porque la primera premisa coincide con la conclusión: Dios es el que es en grado sumo (premisa mayor); y el que es en grado sumo no puede no ser (premisa menor). Por lo tanto, Dios no puede no ser (conclusión). Pero sucede que la conclusión ‘Dios no puede no ser’, simplificando la doble negación, repite la premisa mayor ‘Dios es el que es’.

 Sé que estoy reduciendo el argumento ontológico a una mínima y absurda expresión y aplicándole análisis lógicos y retóricos para los que no fue elaborado, porque no se le pretendía una utilidad retórica sino una finalidad contemplativa. Pero lo hago justamente para explicar por qué carece de fuerza persuasiva, que es lo que decía Santo Tomás de Aquino. A lo que voy es que, en tiempos de Santo Tomás, estando ya desarrolladas las vías a posteriori, resulta potencialmente perjudicial la preferencia del argumento ontológico por sobre las vías de demostración desde las cosas de este mundo. Esta preferencia mira solamente la simplicidad general del argumento sin atender a la distinción por la que, en un sentido es más perfecto, ciertamente, pero en otro -a nivel retórico- las otras vías son más persuasivas y por tanto mejores. No realizar esta distinción conllevaría posteriormente a una preferencia por los argumentos más ideales y menos realistas, que es a lo que se abocaría luego el nominalismo y posteriormente el racionalismo y todas las ideologías políticas, que no parten de la realidad de las cosas para atender cada una según su naturaleza sino que tienen su origen en una teoría política. Las ideologías políticas son teóricas y no teoréticas. Como leí en una tira cómica que soy incapaz de referenciar: «¡Ideologías! Qué gran invento para no pensar».

 La modernidad, veremos, no tendrá problema alguno con el argumento ontológico, pero no ya para dar gloria a Dios sino para dar Gloria a la razón humana, en la cual se va a sustentar ahora la existencia de Dios.

 Descartes era un ferviente promotor de este argumento ontológico tergiversado, hasta el punto de que lo asume como segundo conocimiento adquirido en su Método. La primera existencia que descubre es la suya propia, con el «pienso, luego existo», y la segunda es la de Dios, con el argumento ontológico, aunque ya totalmente trastocado y, reitero, no para dar gloria a Dios sino para darse gloria a sí mismo, en quien fundamenta a Dios. Realmente, Descartes le hace un flaco favor a San Anselmo, porque incluso el «cogito, ergo sum» tiene una lógica similar a la del argumento original de San Anselmo. Así como el concepto mismo de Dios implica su necesaria existencia, la duda respecto al ‘yo’ también implicará su necesaria existencia, sin el cual no se podría dudar al respecto... pero esto ya procede de una mente lo suficientemente enferma como para dudar de su propia existencia, y que en contraposición con el argumento de San Anselmo, sí tiene una carga netamente retórica y para nada contemplativa.

 Insisto en que para San Buenaventura era absolutamente imposible anticipar todo esto, evidentemente. No podemos culparlo de errores futuros. «No han de morir los padres por culpa de los hijos, ni los hijos han de morir por culpa de los padres» (Dt 24,16) y San Buenaventura no ha de cargar con culpa alguna por los desvaríos de Ockham, por mucho que podamos hallar que estos desvaríos puedan expresarse como extrapolaciones sistematizadas de las preferencias personales, dentro de lo prudencial, del santo doctor seráfico. Pero sí que es vital señalarlo, sobre todo teniendo en cuenta su contexto histórico. No culpándolo, pero tampoco negando la realidad por evitar manchar la honra de un incuestionable santo y auténtico doctor de la Iglesia. Creo he insistido suficiente en exculparlo, pero el hecho de que se prefiriera la vía apriorística de San Anselmo en el génesis mismo de las vías a posteriori de Santo Tomás, generaría después, por un espíritu de cuerpo insano tan perjudicial como connatural a la sociabilidad humana, una preferencia por el criterio personal de San Buenaventura sobre el de Santo Tomás, como si se tratara del criterio de la espiritualidad franciscana sobre el de la espiritualidad dominica.

 ¿En qué consiste este espíritu de cuerpo y cómo afectaría después a la Cristiandad?

 El sectarismo es un problema grande que hoy en día también impide tantas veces la suma de fuerzas agradables a Dios. Pero es un problema connatural a la concupiscencia humana, creo yo. Ya los Apóstoles mismos lidiaban con eso, con los boanerges queriendo resaltar por sobre los otros Apóstoles (cf. Mt 20,20-28) o con las lides de los primerísimos cristianos: «Porque me he enterado respecto de vosotros, hermanos míos, por los de Cloe, que entre vosotros hay banderías. Hablo así porque cada uno de vosotros dice: “Yo soy de Pablo”, “yo de Apolo”, “yo de Cefas”, “yo de Cristo”» (1Co 1,11-12). ¡Los primeros cristianos que tan ejemplares son para nosotros ya caían en este sectarismo!

 Y no por viejo deja de ser vigente. Creo que a día de hoy también sucede en todos los ámbitos: cuál es el grupo parroquial que crece más o que enseña mejor, cuál es la espiritualidad más radicalmente evangélica en base a un criterio puntual extrapolado al absoluto, cuál el movimiento que da más vocaciones, cuál el que responde mejor a los retos de la sociedad actual, cuál el más contrarrevolucionario, cuál el de doctrina más pura, cuál el de mayor afinidad con la jerarquía eclesiástica, etc. Para el Enemigo, no hay excusa mala para estimular la vanidad institucional. Porque el espíritu de cuerpo es esencialmente eso: vanidad. El Demonio usa siempre los mismos recursos y a partir de la glorificación de lo bueno mueve a la vanidad y a la convicción de que es imposible que alguien critique algo tuyo sin ser «de los malos» porque al atacarte ataca todo lo bueno que tienes y haces, y te convence de la envidia del que te corrige. La Escritura insiste mucho en esto: «No corrijas al insolente, no sea que te odie; corrige al sabio, y te amará» (Pr 9,8). Y lo que sucede en el interior del alma, sucede en el interior de las sociedades: de los grupos parroquiales, de los movimientos, de las órdenes e institutos de vida religiosa, etc.

 Otro elemento de sectarismo o de espíritu de cuerpo es aquella lógica según la cual los más cercanos son los más peligrosos.

 Aquí hay que tener cuidado. Ciertamente, a la hora de ponderar a los enemigos que atentan contra la doctrina, ese criterio es correcto: el enemigo más sutil es el más peligroso. Pero dentro de lo prudencial, no. Dentro de las opciones buenas y mejores, donde no podemos hablar de enemigos, no tiene sentido ponderar así. Lo normal sería alegrarse de la cercanía de los cercanos. Lo contrario demuestra que se ha convertido en sustancial lo accidental, en doctrinal lo prudencial y, en definitiva, el grupo se ha transformado en un ‘nosotros’ que no hace referencia a la Iglesia Católica sino solo a los que piensan como uno mismo en temas secundarios y que, por tanto, atenta contra el Padrenuestro mismo, porque se identifica de modo únivoco y erróneo la parte con el todo, el movimiento con la Iglesia en sí, el accidente con la sustancia. El problema del espíritu de cuerpo, que desemboca en sectarismo, es cuando el error se hace norma, y el error más común es absolutizar lo secundario, justamente. Esto se relaciona con el puritanismo, y en parte, también con el liberalismo, porque deriva en libertad negativa.

 Mi sensación, entonces, es que en el entorno franciscano se creó una especie de espíritu de cuerpo por el que se creía que tenían cierta necesidad de hacer una teología franciscana, a partir de las novedades del progreso. En una lógica del tipo: ‘Yo soy dominico, así que sigo al doctor angélico. Yo soy franciscano, así que sigo al doctor seráfico…’ Una especie de necesidad de una escolástica propia, verdaderamente franciscana. Pero si pensamos en el Aquinate, él nunca propuso una teología verdaderamente dominica, sino verdaderamente católica. Porque, en el fondo, ¿qué hay de bueno en la espiritualidad dominica que no sea católico? ¿Y en la espiritualidad franciscana? ¿En la jesuita? ¿En la de cada uno de los movimientos que el Espíritu Santo inspira en la Iglesia? Es una tentación eterna creer que mi orden o mi espiritualidad, por el hecho de ser una realidad nueva en la Iglesia de siempre, requieren de una creatividad propia, ya sea artística, ya teológica o lo que sea. Y dentro del franciscanismo esto sucedió. La disputa entre los llamados ‘escotistas’ y los llamados ‘ockhamistas’ es, a mi juicio, una prueba irrefutable de este anhelo que existía por encontrar una filosofía franciscana propia.

 ¿Por qué quiere resaltar que este espíritu de desarrollar una escolástica franciscana no es algo que el nominalismo hizo para llevar a la Iglesia a su destrucción?

 Es algo que prácticamente en toda institución con vocación teológica se ha intentado, porque el sectarismo se da en toda realidad. No son pocos los autores de muchísimas realidades de la Iglesia que después han pretendido alzar a alguno de sus miembros como el nuevo Santo Tomás.

 En definitiva, el enemigo que debemos combatir y que destruyó la cristiandad es el nominalismo, sí, pero también esta especie de engaño del Mundo, que es enemigo del alma. Porque el sectarismo es fruto de la vanidad institucional y la vanidad es engaño del Mundo. Debemos siempre sospechar de nosotros mismos, de nuestra memoria, de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad, como dice aquella hermosa y antiquísima oración: «Sagrado Corazón de Jesús, en Vos pongo toda mi confianza, pues todo lo temo de mi fragilidad mas todo lo espero de Vuestra bondad». Debemos evitar la novedad, anclarnos en la roca firme de la tradición que se sabe resistente porque ha resistido la criba de los siglos, como la piedra que recibe el oleaje del mar en el emblema Ferendo vincam (Sufriendo venceré) de Don Juan de Borja:

Ferendo Vincam’ exclama
don Juan en su viejo emblema
mostrando una tosca gema,
terreno que el mar reclama.
Ni sus olas ni su drama
mellan la piedra robusta.
Roca firme no se asusta,
sabe cuál es su grandeza:
la prueba de su firmeza
es su condición vetusta.

Y a partir de ahí la deriva fue imparable, descendiendo a abismos cada vez mayores con Descartes, Locke, Leibniz, Kant, Hegel, Kierkegard, Feuerback, Nietzsche, Marx… que han influido en la misma Iglesia, en los seminarios y los colegios. ¿Cómo se pueden revertir tantos años de adoctrinamiento venenoso en los centros católicos?

 De la única forma que hay: «Hinc, labor et virtus (Desde aquí, esfuerzo y valor)». No es casual que este sea el mote del primer emblema de las Empresas Políticas de Saavedra Fajardo. No se puede dejar el trabajo para mañana. Esta diligencia exige no desfallecer ningún día. Cada día es el día correcto para comenzar a revertir tantos males. Donde no se haya comenzado, comenzar. Luego continuar, después reforzar. Es nuestro lema Producitur et Alitur et Augetur. En este emblema, Saavedra Fajardo nos muestra la imagen de Hércules bebé despedazando una serpiente y afrontando otra que le amenaza. Y señala la necesidad de educar desde la más tierna infancia para que las virtudes naturales fructifiquen y para que los vicios sean corregidos por la educación y la razón.

 Hay que educar, porque educar es fruto de esa esperanza que comentábamos al inicio. Debemos rogar a Dios, sin desfallecer, que nos infunda la esperanza. El liberalismo de tercer grado, ya no solo el que llamábamos ‘de cuarto grado’ o ‘clericalismo mental’ sino también este, no solo es una negación de la verdad moral sino sobre todo un vicio opuesto a la esperanza. No es casualidad que el periódico carlista, históricamente antiliberal, se llame así, La Esperanza.

 Me atrevo a encontrar un detalle interesante relacionado al liberalismo de tercer grado y al personalismo. Bueno, a todo naturalismo, realmente, y a toda lógica de autodeterminación. Pienso que entienden la Providencia de Dios solo en clave de gobierno de las cosas no racionales: el clima, los animales, eventos cósmicos, etc. Pero me parece que no consideran que Dios intervenga, por ejemplo, en las voluntades humanas. Pero sabemos que Dios da «tanto el querer como el hacer» (Flp 2,13) y que Dios endureció el corazón del Faraón, por ejemplo (cf. Éx 7). Pienso que esto es blasfemo para el racionalismo, el naturalismo y la lógica de la autodeterminación. Y por eso ven la política en clave maquiavélica y naturalista. Porque, si Dios moviera los corazones de las gentes, entonces el voto no sería ‘libre’ -en un sentido de libertad malo, modernista- y no se gobernaría verdaderamente de forma ‘libre’, y no se amaría a Dios ‘libremente’. Y por eso, en la lógica liberal, no hay posibilidad hoy de un gobierno auténticamente católico y se renuncia a esa lucha. Se dice que hoy ya no es posible, que es una batalla de otros siglos en los que todavía no habían matado a Dios. Pero la historia les demuestra lo contrario. La misma expansión del cristianismo, la Revolución Francesa e infinidad de eventos no son explicables en lógica natural y sociológica. Dios endurece y ablanda los corazones, y creo que ese es un tema poco profundizado cuando se discute sobre estos asuntos.

 O sea, un católico sabe que si ganamos una guerra o si una nación se convierte es por pura gracia de Dios, que gobierna el mundo. Y no deja de luchar por eso porque tiene la virtud de la Esperanza. En cambio, un maquiavélico no puede con eso, lo ve en clave humana y exclusivamente numérica y se arriesga o no a combatir o a caer en desesperación en base a los cálculos humanos naturales, porque no cree que Dios gobierne en eso. Ese es justamente el derrotismo falto de esperanza que el cristianismo ha combatido siempre. Porque el catolicismo se ha abierto paso a través de los panoramas más inhóspitos.  

¿Va a resultar que Dios podía vencer en todas las circunstancias menos en esta?

 Si sostenemos eso, no nos rasguemos las vestiduras con aquellos que sostienen exactamente lo mismo pero aplicado al matrimonio: que hay falsos matrimonios que están rodeados de circunstancias tales que les impiden evitar el pecado sin caer en otro pecado. Si hay sociedades en las que no se puede exigir la vida cristiana, también habría matrimonios en las mismas circunstancias.

Y cuando caemos en la desesperanza maquiavélica, numerólatra y calculadora, naturalmente acabamos rendidos a los poderes de este mundo y olvidando que hay fuerzas y estrategias que no son agradables a nuestro Señor. No podemos pactar con los egipcios para combatir a los asirios, no podemos poner nuestra confianza en cosas mundanas. No tiene sentido pactar con extranjeros para combatir con extranjeros, y vemos que hoy la tentación es esa: por un lado la tendencia de pactar con los socialistas para combatir los abusos del capitalismo, y luego la tendencia opuesta de pactar con los liberales para combatir los ataques frontales de los comunistas. Es una falsa dicotomía. Son extranjeros ambos, independientemente de quién esté atacando ahora y quién esté dispuesto a entablar una alianza momentánea con nosotros. ¿Acaso el enemigo de mi enemigo es necesariamente mi amigo? Así sería la lógica maquiavélica, pero el corazón de Cristo Rey no juzga de esa manera las cosas. El pasaje de Isaías 30 y 31 es clarísimo, cuando habla de recurrir a Egipto contra los asirios: «¡Ay de los que bajan a Egipto en busca de socorro, poniendo su esperanza en caballos, confiando en la muchedumbre de los carros y en la caballería, por cuanto es muy fuerte, pero no miran al Santo de Israel, y no buscan a Yahvé! Pues Él es sabio; Él trae el mal y cumple sus palabras; Él se levantará contra la casa de los malhechores, y contra el auxilio que viene de los obradores de iniquidad. El egipcio es hombre, y no Dios, sus caballos son carne, y no espíritu; cuando Yahvé extendiere su mano, tropezará el auxiliador, y caerá el auxiliado, y todos perecerán juntos. Porque así me ha hablado Yahvé: Ruge el león y el leoncillo sobre su presa, aunque se convoca contra él una multitud de pastores, no se deja aterrar por sus gritos, ni se acobarda a causa de su muchedumbre; así descenderá Yahvé de los ejércitos para combatir en el monte Sión y en su collado» (Is 31,1-4).

 Claudio Clemente sentencia con toda exactitud en su obra El maquiavelismo degollado, que «la guerra se gana con oraciones y súplicas a Dios». Porque ese es el corazón del asunto.  

El maquiavelismo no entiende de esto y su juicio prudencial es derrotista. Confían en los poderes de este mundo, pero «el poder del Faraón será vuestra vergüenza, y la confianza en la sombra de Egipto, vuestra ignominia» (Is 30,3). El ‘calculismo’ numérico y el derrotismo son inalienables a la política moderna. La premisa esencial de Maquiavelo es puro desencanto, derrotismo ético y cálculo a partir del desengaño. Pero es un desengaño tergiversado. No es la desconfianza en uno mismo de la que habla la oración al Sagrado Corazón que comentamos antes, sino que es desengaño de Dios, en el fondo. Es lo opuesto al cuarteto de San Juan de la Cruz que, creo que jocosamente y con mucho acierto, osó llamar Suma de perfección:

Olvido de lo criado,
memoria del Criador,
atención a lo interior
y estarse amando al Amado.

 Maquiavelo hace un diagnóstico certero: el hombre tiende al mal. Pero la medicina que propone es errada: derrotismo en vez de esperanza. Es un falso desengaño, sin conversión, justamente. Olvido del Criador y atención a lo criado. Todo al revés. Y nosotros debemos despojarnos de esta mirada y de este cálculo maquiavélico para  poder restaurarlo todo en Cristo.

 Y en las escuelas, se ha de combatir justamente así, buscando restaurar un modelo de educación que sea verdaderamente católico, no solo en los contenidos sino en la estructura misma del sistema, porque el sistema actual está diseñado, desde el horario mismo, en contra del bien común, en contra de la naturaleza de la familia y en contra de la Iglesia y sus derechos. Por eso, si se quiere desarrollar un proyecto educativo católico que regenere la nación católica, se debe hacer sospechando constantemente de todo lo que el sistema ofrece y retornando a la fuente buena de los santos educadores, a su fondo y a sus formas.

Javier Gutiérrez Fernández-Cuervo, en línea con estas últimas palabras, dirige este proyecto académico que les invitamos a conocer en esta entrevista.

Relacionados