Julio Merino - 24 mayo 2022

Este dicho es más viejo que el mundo de hoy, este dicho nació durante el Reinado de Dionisio I de Siracusa, Sicilia y durante todos estos siglos a todos los poderosos que se envalentonaba hasta verse invencibles se les recordaba lo de Damocles. Ojo, que “la Espada de Damocles”, lo que recordaba  que cuando el Poder llega hay que recordarle al ciego que siempre hay algo imprevisto que inesperadamente cae sobre el sujeto que desafió su destino y pierde la vida de un solo tajo de espada.

¿Y por qué la espada de Damocles?

Veamos la leyenda según cómo la cuentan hoy las wikipedias de turno:

Damocles fue, al parecer, un cortesano excesivamente adulador en la corte de Dionisio I, un tirano de Siracusa, Sicilia del siglo IV a. C. Propagó que Dionisio era realmente afortunado al disponer de tal poder y riqueza. Dionisio, deseoso de escarmentar al adulador, se ofreció a intercambiarse con él por un día, de forma que pudiera disfrutar de primera mano su suerte. Esa misma tarde se celebró un opíparo banquete donde Damocles gozó siendo servido como un rey. Sólo al final de la comida miró hacia arriba y reparó en la afilada espada que colgaba atada por un único pelo de crin de caballo directamente sobre su cabeza. Inmediatamente se le quitaron las ganas de los apetitosos manjares que le sirvieron y las hermosas mujeres que había pedido, y pidió al tirano abandonar su puesto, diciendo que ya no quería seguir siendo tan afortunado.  

Horacio hace alusión a la espada de Damocles en uno de sus poemas:

Para aquel que ve una espada desenvainada sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refinamiento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño, el dulce sueño que no desdeña las humildes viviendas de los campesinos ni una umbrosa ribera ni las enramadas de Tempe acariciada por los céfiros.

La espada de Damocles es definida por el diccionario de la Real Academia Española como "Amenaza persistente de un peligro".

 

Ahora, veamos cómo lo describe el gran Horacio en sus famosas Odas que le hicieron famoso hasta unirse a la Historia del mundo.

Lo cuenta en la Oda III:

  1. Sobre la tranquilidad del ánimo

Odio al vulgo profano, y lo rechazo. Favorecedme con vuestro silencio; sacerdote de las Musas, canto versos nunca oídos a las vírgenes y los mancebos. Los rebaños de pueblos tiemblan ante sus propios reyes; los reyes, a su vez, tiemblan ante el imperio de Jove, que, esclarecido por su triunfo sobre los Titanes, conmueve los mundos al fruncir el entrecejo. Uno extiende, más que el vecino, en los surcos las filas de árboles; éste, de sangre más generosa, baja al campo de Marte a caza de honores; esotro lucha confiado en su buen nombre y sus virtudes cívicas; aquél se autoriza con la turba numerosa de sus clientes, pero la necesidad iguala altos y bajos con la misma ley, y en la vasta urna se revuelven los nombres de todos. Al que ve pendiente la espada amenazadora sobre su impía cabeza, ni los manjares de Sicilia le regalan con su dulce sabor, ni los sonidos de la cítara o los gorjeos de las aves le incitan al sueño. EI blando sueño de los pobres labriegos se concilia mejor en las humildes cabañas, en las riberas sombreadas por el ramaje o en el valle de Tempe que los Céfiros acarician. Quien limita sus deseos a lo necesario, no se intimida por las borrascas de los mares <no inquieta al tumultuoso mar>, y desafía los ímpetus violentos del Arturo en su ocaso o del aparecer de las Cabrillas. No se queja de sus viñas azotadas por el granizo, ni de su heredad improductiva, ya culpen los árboles a las lluvias insistentes, ya al crudo rigor del invierno o al estío que abrasa los campos. Los peces se sienten estrechados por las moles que se alzan en el líquido elemento, y los ricos, cansados de habitar la tierra, traen aquí sus numerosos contratistas con carros de materiales y falanges de obreros; mas el temor y la zozobra los siguen, tenaces, adondequier, montan con ellos en la trirreme guarnecida de bronce, y cabalgan a sus grupas, oprimiéndolos con sombríos cuidados. Pues si los mármoles de Frigia, los mantos de púrpura más resplandecientes que la luz, las copas de Falerno o los perfumes de Aquémenes no libran de angustias al poderoso, ¿a qué someterme a las exigencias del fausto y edificar atrios suntuosos con pórticos que exciten la envidia? ¿A qué iré a trocar el valle de Sabina por riquezas que sean mi tormento?

 

 

II A sus amigos

[Amigos], aprenda el joven robusto en la dura escuela de la milicia a soportar <amigablemente> la ingrata pobreza, y, caballero temible, persiga a los feroces parthos con su lanza. Sufra <Pase la vida bajo> las inclemencias del cielo, y realice tan intrépidas hazañas que, contemplándolo desde las murallas enemigas la esposa del tirano a quien combate, con su hija ya núbil, suspire, ¡ay!, porque su real esposo, ignorante del arte bélica, no provoque el encuentro de león tan indomable, cuya cruenta rabia se goza en la atroz carnicería. Es dulce y glorioso morir por la patria. La muerte acosa en la fuga al cobarde, y no perdona al joven <no perdona las corvas del joven> sin arresto que vuelve al peligro las tímidas espaldas. La virtud, no acostumbrada a la torpe repulsa, resplandece por sí misma con brillantísimos fulgores, y no toma o depone las segures al antojo del aura popular. La virtud se abre paso por caminos jamás hollados, eleva al cielo a los que ganan La inmortalidad, y desprecia en sus atrevidos vuelos el fango de la tierra y el aplauso del vulgo. El silencio fiel tiene asimismo su premio reservado. Yo procuraré que no habite conmigo bajo el mismo techo, ni monte conmigo en el mismo esquife el indiscreto que osó divulgar los misterios de Ceres. Muchas veces Júpiter ofendido hiere de un golpe al culpable y al inocente, y es muy raro que la pena, con su pie cojo, no consiga alcanzar al perverso que huye de ella acelerado.

III Al varón constante

Al varón justo y firme en sus propósitos no lo apartarán del recto camino los gritos de los ciudadanos que le incitan al crimen, el aspecto amenazador de un tirano, el Austro que subleva las olas inquietas del Adriático, ni la mano poderosa del fulminante Jove. Si el orbe estalla hecho pedazos, las ruinas le cogerán sin espanto. Merced a esta fortaleza, Pólux y el infatigable Hércules escalaron las celestes mansiones, y Augusto, reclinado entre tales héroes, apura el néctar de los divinos banquetes; por ella mereció el padre Baco que los tigres, doblando al yugo su indócil cuello, lo condujeran en su carro, y que Quirino triunfase del Aqueronte, arrastrado por los bridones de Marte, gracias a la elocuencia desplegada por Juno en la asamblea de los dioses. «Ilión, Ilión, un Juez incestuoso y fatal para ti y una mujer extranjera te han reducido a pavesas, pues desde el día en que dejó Laomedonte de pagar a los Númenes las pactadas recompensas, su pueblo, con su fraudulento rey, fue entregado a mi venganza y a la de la casta Minerva. Ya no resplandece el famoso <infame> huésped de la adúltera espartana, ni la perjura casa de Príamo rechaza con el brío de Héctor a los intrépidos aqueos; acabó, por fin, la guerra que prolongaron nuestras disensiones. Satisfecho mi odio rencoroso, entrego a Marte el nieto aborrecido que dio a luz una sacerdotisa troyana; le consiento subir a la cumbre luminosa del Olimpo, beber <conocer> las copas de néctar y sentarse en la tranquila compañía de los dioses. Vivan estos desterrados en cualquier parte felices, siempre que el mar bravío se interponga entre Roma e Ilión; siempre que el ganado insulte <hollen> sin temor los sepulcros de Paris y Príamo, y las fieras no perseguidas oculten allí sus cachorros. Que el Capitolio brille esplendoroso, y la triunfante Roma pueda dictar leyes a los medos vencidos y extender el terror de su nombre a los postreros confines por donde el mar separa el África de Europa, y por los campos que riegan las inundaciones del Nilo. Que se muestre más generosa despreciando el oro oculto en el seno de la tierra, donde debía permanecer siempre escondido, que hábil en aprovecharlo para los usos humanos, o pronta a arrebatarlo de los templos con mano sacrílega. Que llegue a sojuzgar con sus armas las regiones más apartadas del mundo, y dilate su dominio desde <exultante por ver> las zonas tostadas por el sol, a las que yacen envueltas por las nieblas y las lluvias del invierno. Pero anuncio tan felices hados a los romanos con esta condición: que no intenten por un exceso de piedad o sobra de confianza en su suerte levantar las murallas de la ciudad donde vivieron sus antepasados. Troya, renaciendo bajo funestos auspicios, volvería a sucumbir con espantoso estrago; porque yo, la hermana y esposa de Jove, lanzaría contra ella las falanges que la arruinara. Si Apolo la ciñese de un triple muro de bronce, caería tres veces al ímpetu de mis aqueos, y tres veces las matronas cautivas habrían de llorar la muerte de sus hijos y esposos.» Pero, Musa, ¿adónde diriges tu vuelo? Tan altos asuntos no convienen a mi lira juguetona; cesa en tu porfía de referir los discursos de los dioses y cantar sus designios a tus <estos> débiles acordes.

Naturalmente, el mundo ha cambiado, pero con este nombre “la Espada de Damocles” o con el castellano “quien siembra vientos recoge tempestades”, la cosa es que siempre hay un peligro para los ambiciosos que se creen los amos del mundo, sin darse cuenta que sobre ellos  siempre pesa un “algo” que en un momento dado le puede costar la vida. Aunque hoy todas esas muertes rápidas se solucionan con el infarto de miocardio.

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