Álvaro Romero - 14 junio 2021

El pensamiento de José Antonio sobre el capitalismo me pareció siempre un tema incompleto y casi siempre tergiversado. Mucho más hoy, después de la falaz interpretación de mi querido Cantarero del Castillo y no digamos de los dislates de Narciso Perales y demás "auténticos". Reconozco que la prevención de Franco fuera explicable, aunque en los textos joseantonianos yo no recuerdo condena ni crítica contra la propiedad privada (sí, para sus abusos), contra la libre iniciativa empresarial, ni sobre el sistema de competencia y del lucro, las bases sustanciales del capitalismo.

Y es importante subrayar que cuando José Antonio escribió o habló, no se había producido el cambio radical hacia el neocapitalismo, con abandono del criterio rapaz de la ganancia mediante la reducción del salario y la introducción de las tesis consumistas de incrementarlos para forzar las ventas, así como la obtención del lucro mediante una constante mejora y perfeccionamiento de las máquinas "y la tecnología.

Lo cierto es que nosotros, con harta ligereza solíamos acentuar un anticapitalismo con el cual pretendíamos, tan sólo, exponer una tesis en favor de la mejoría del nivel de vida y de la justicia distributiva. Pero casi en nada influimos en la adopción de una política económica anticapitalista. Franco toleró nuestros gritos y escritos, pero —afortunadamente— no nos hizo demasiado caso. Su fina nariz, desconfiaba. El sistema económico del capitalismo, a pesar de las rapacidades del inicial entronque medieval inglés, que sirvieron para engañar a los "profetas" (!) Marx y Engels, ha producido y produce ingentes beneficios materiales a la Humanidad, habiendo alcanzado crecimientos inimaginables de los salarios, del nivel de vida y el bienestar, así como la mejor y más justa redistribución de las rentas, a pesar de sus defectos e imperfecciones.

Y al decir capitalismo me estoy refiriendo a un sistema económico de libre empresa e iniciativa, con competencia, propiedad privada, motor lucrativo y alianza tecnológica.

El maridaje del capitalismo con la democracia parlamentaria y su desemboque en el capitalismo financiero y multinacional, no fue exigencia doctrinal y sí tan sólo un matrimonio de conveniencias. Y la prueba la tenemos en que el sistema económico del llamado capitalismo sirvió y sirve para regir otros regímenes no demoparlamentarios, como por ejemplo las dictaduras, los fascismos e, incluso, muchos regímenes de partido único como los africanos no marxistas. Prescindamos, pues, de connotaciones y calificativos políticos y quedémonos con el meollo sustancial, o sea, el sistema que se apoya en el lucro, la iniciativa, la competencia y la propiedad privada. Aunque no esté de moda, cualquier espectador no sectario ni infantil tendrá que reconocer los éxitos y ventajas de tal sistema. Y muy en especial si se compara y contrasta con el sistema económico marxista. Ni los niveles de salario y bienestar ni el desarrollo tecnológico no bélico, admiten la más leve comparación. La superioridad objetiva del sistema llamado capitalista es total y absoluta. Y buena prueba constituye que sólo con alambradas, Estados policíacos y supresión de visados, se consigue que las masas oprimidas y sujetas a bajísimos niveles de vida, malvivan en regímenes marxistas. Me estoy refieriendo a sistemas económicos de ambos mundos —el occidental y el comunista. 

Aquí, con altos salarios, casa propia, vacaciones pagadas, coche, electrodomésticos, libertades, compras en los grandes almacenes y muchos etcéteras más, no se quiere saber la verdad del marxismo y aún resulta muy "progre" votar socialcomunista, como quien lleva una flor en el ojal. O sea, nivel de vida capitalista e ideología marxista: ¡Qué bonito! ¡Así da gusto! Si a las masas les gusta vivir engañadas y creerse que se pueden unir actitudes y sistemas inconciliables, allá ellas.

Pero quienes están aterrados son, no sólo los socialistas (Soares, Miterrand, Felipe-Guerra, etc.), sino los Berlinguer, Marcháis y Carrillo que se pueden ver abocados a implantar el sistema económico marxista. Porque ellos saben perfectamente y sin duda alguna, que la aplicación del modelo económico del marxismo en la Europa occidental supondría una tan drástica y brutal rebaja y retroceso del nivel de vida y un caos económico de tal magnitud, que el levantamiento sería general y las consecuencias irreparables para el marxismo. (¡Ruego a Dios que esto no lo lean los de la CÍA!)

Los políticos del socialismo nórdico (alemanes, ingleses y escandinavos) hace ya muchos años que se dieron cuenta y se desengancharon del marxismo. E, incluso, tan perjudicial resultaba el sistema económico marxista que los comunistas europeos, empezando por Yugoslavia, hace tiempo que intentan otras fórmulas, que en el fondo buscan la alianza entre el sistema político del socialcomunismo y la práctica vigencia del superior y eficaz y creador sistema económico capitalista.

Este es el gran reto de los tiempos que vivimos. O sea, amigos, que treinta años después, son los líderes del marxismo militante quienes pretenden servirnos el guiso sustancial y básico de los fascismos. Ante tales perspectivas, quizá sea bueno evocar aquellas sencillas pero luminosas ideas de Abraham Lincoln:

- No se puede alcanzar la prosperidad combatiendo el ahorro.

- No se puede ayudar al asalariado derribando al patrono.

- No se puede promover la fraternidad humana fomentando el odio de clases.

- No se puede ayudar a los pobres destruyendo a los ricos.

- No se puede librar uno de dificultades gastando más de lo que gana.

- No se puede construir el carácter y el valor arrebatándole a un hombre su iniciativa.

- No se puede ayudar permanentemente a los hombres haciendo por ellos lo que ellos debieran hacer por sí mismos.

El pensamiento económico-social de Franco fue casi idéntico al del liberal Abraham Lincoln: Ideas sencillas, realistas, humanas y prácticas, aunque nada arrebatadoras ni quizá sugestivas. Todo su esfuerzo lo proyectó en el sentido de engrandecer la tarta.

Y a tal efecto no le importó demasiado el buen pedazo que retraían ciertos capitalistas, porque a pesar de lo engullido, quedaba siempre mucho más para repartir entre todos. Es más, él sabía que haciendo mayor la tarta, el reparto, la justicia distributiva, se producía inexorablemente. Y que tanto más crecía la Renta Nacional cuanto mayores eran las facilidades y beneficios de la inversión.

Es probable que Franco conociera los elementales, pero eficacísimos Siete Puntos de Lincoln. El temario económico-social le preocupó e interesó vivamente y recuerdo como, en una audiencia personal, quedé impresionado de la correcta, documentada e informad" conferencia sobre temas económicos que me "soltó" (Es bien sabido que entre sus "trucos" tenía el de hablar él constantemente, sin dejar hueco para que el interlocutor pudiera "colocar" sus propios "rollos"...)-

Evidentemente, Franco leyó y estudió mucha economía, aunque —como a tantos licenciados y aún doctores— no quepa decir que fuera un economista. Considero que para ello experimentó una cierta deformación profesional, propia del militar clásico, o sea, desconocedor y aún ajeno al "homo economicus", a las leyes del mercado y al espíritu empresarial.

Pero tuvo el instinto y vivió en el contexto del liberalismo económico decimonónico: sin pasar por tanto de un cierto reformismo, pero sin olvidar los principios básicos de Abraham Lincoln. En la cuestión económico-social fue mucho mejor y más creador que Oliveira Salazar, porque carecía de los prejuicios doctrinales liberalistas del profesor de Coim-bra. Y mientras éste sometió a Portugal a los sistemas clásicos y en especial al mito de una alta cotización estable del signo monetario que impidió, casi por completo, el general proceso de industrialización y la política de las inversiones públicas productivas, Franco fue más patriota, nada doctrinario y aplicó, con su prudencia proverbial, las ideas keynesianas y las tácticas desarrollistas de los heterodoxos rusos italo-germanos, con evidente e innegable éxito y beneficio para España.

A pesar de ello, nunca se dejó seducir por los voluntarismos y por los procesos revolucionarios —siempre tan infecundos y negativos—. Creo que Franco tenía una idea bastante clara de la infraestructura de España y sabía que no todo era posible: que muchas decisiones drásticas que en apariencia o externidad parecían beneficiosas, se traducían, en la práctica, en pura y simple perturbación y daño. Pienso que su repugnancia instintiva ante los innovadores románticos y exaltados — ¡tan ingrata para nosotros!—, así como su tozuda adscripción a las ideas elementales como la de buscar —simplemente— el aumento o desarrollo de la tarta, fue infinitamente beneficiosa. Esta actitud conservadora, pero eficaz, realista y creadora, ni nos satisfacía a los jóvenes falangistas, ni es probable que hoy goce de mayor ambiente.

De hecho la mayoría de votos social-comunistas y el difuso sentimiento izquierdoso —¡Nadie quiere ser de derechas económicas: ni los banqueros!—, revela a las claras que a ninguno interesa ni subyuga el lento, prudente, pero seguro crecimiento y mejoría. Las gentes quieren milagritos revolucionarios, saltos simiescos, y a poder ser culpables, víctimas sangrientas con la levita y el sombrero de copa, que dibujan los llamados humoristas de inspiración negra y goyesca.

Nada de evoluciones: ¡a brincar se ha dicho, pide el pueblo! Y a nadie importa que tal actitud termine con "tiros a la barriga" del capitalismo azañista o con "tiros en la nuca" del Duque de Paracuellos. Las dos opciones que jamás quiso ni practicó Franco. El consiguió un positivo beneficio para todo el pueblo. Recientemente, efectuamos un ensayo de aplicación comparativa de niveles de trabajo y de retribuciones o rentas entre dos poblaciones de idéntico número de habitantes y de estructuras económicas similares, una elegida en un sistema de economía occidental y otra de economía marxista.

El resultado era abracadabrante... Y esto lo sabía Franco, creo que sin necesidad de ensayarlo. He aquí como, con su habitual falta de brillantez y sugestividad, su elemental pensamiento económico-social fue tan positivo y creador.

Del libro de JOSÉ Mª FONTANA - FRANCO. Radiografía del personaje para sus contemporáneos

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