Javier Navascués - 9 junio 2022

Natural de Córdoba, es escritor, editor y jurista. Ha sido crítico de cine y columnista de Opinión en periódicos y publicaciones como Diario Córdoba, ABC o las revistas Nuevo LP Arte, Arqueología e Historia. Su libro Diario de un cinéfilo distraído (ed. Arca del Ateneo, 2001) resultó finalista del Premio de la Asociación de Escritores Cinematográficos de Andalucía (ASECAN), y recabó el elogio de cineastas como José Luis Garci o Juan Antonio Bardem. Ha sido asimismo miembro de la Junta Directiva del Ateneo de Córdoba, coautor de la obra Los andaluces del siglo XX y director de la revista cultural El Arca, además de colaborador habitual de la cadena SER y Onda Cero Córdoba (en la actualidad). Ha impartido numerosos talleres de escritura y edición, y es autor de Spielberg. El hacedor de sueños Chaplin. La sonrisa del vagabundo, ambos títulos publicados por Berenice, así como de La vida manda, una compilación de sus mejores artículos en la prensa escrita.

¿Por qué un libro sobre lo que no estaba en la historia oficial del cine?

Este libro se inscribe en una colección de Almuzara que ha tenido y sigue teniendo una gran acogida por parte de los lectores. El espíritu de la misma es el de abordar temáticas bastante conocidas pero desde un prisma distinto, más lúdico y desenfadado, más atento a las anécdotas reveladoras que a los grandes hitos por todos conocidos. Curiosamente, las anécdotas nos muestran mucho más de los entresijos de algo que la versión oficial, de manera que uno aprende bastante al mismo tiempo que se entretiene, son libros muy amenos.

¿Quedan realmente muchas cosas por saberse?

Sí, de eso no cabe la menor duda. Los poco más de cien años de vida con que cuenta el cine han sido realmente pródigos en personajes carismáticos —Bigger than life (más grandes que la vida), como reza la expresión anglosajona— y sus biografías deparan casi a diario nuevos datos, a cuál más asombroso. En la época de los grandes estudios era práctica habitual que se intentara preservar la imagen de las estrellas, y eso dio lugar a un espeso velo de secretismo que, con el paso de los años, se ha ido poco a poco disipando.

¿Cuáles son el tipo de curiosidades que cuenta en el libro y en qué medida interesan al lector?

En gran medida el libro se articula en torno a personalidades que dejaron una honda huella pero de las que no son tan conocidas algunas de sus facetas. Es el caso de Heddy Lamarr, considerada una de las grandes bellezas de Hollywood —los dibujantes de Walt Disney utilizaron sus facciones como referencia para Blancanieves— pero que era mucho más que una simple cara bonita. De formación casi autodidacta, tenía un talento asombroso para las matemáticas y para las ciencias en general, y eso le permitió gestar invenciones que fueron el germen de tecnologías que hoy día seguimos utilizando, como la propia tecnología WiFi.

Las estrellas, por otra parte, no tenían unas vidas tan envidiables. Las jornadas de trabajo eran extenuantes, y para sobrellevarlas a menudo se veían en la necesidad de tomar barbitúricos, suministrados muchas veces por los propios estudios. Hay un personaje, Eddie Mannix, al que los hermanos Coen dedicaron una película, cuyo cometido consistía en sacar a las estrellas de apuros cuando se veían involucradas en algún suceso escabroso. Y no eran infrecuentes…

¿Qué se conoce como industria del cine y por qué es importante contar su génesis?

El cine, a pesar de los avances de estos últimos años, es un medio muy costoso, requiere inversiones cuantiosas. Por eso se hizo necesario generar una industria en la que cada departamento estuviera dirigido por los profesionales más competentes. En la historia del arte no ha habido nada comparable al Hollywood clásico: es la mayor concentración de talento desde la escuela de Platón. No obstante, la mayoría de esos talentos provenían de Europa, de la que huían debido al ascenso del nazismo (cabe afirmar sin ambages que Hitler le hizo un gran favor a Hollywood).

¿Quiénes fueron sus principales impulsores y qué importancia tuvieron?

En lo relativo al lenguaje, hay dos nombres fundamentales: Griffith y Murnau. El primero va a crear la gramática del cine, sus signos de puntuación. El segundo llevará la poesía a la pantalla grande, depurando los logros de Griffith. Chaplin, a nivel temático, hará que el cine cómico (el género predominante por entonces) adquiera una conexión con el mundo circundante, con la realidad, por áspera que esta fuera. A nivel industrial o de producción, el nombre clave es Irving Thalberg, que fue un visionario capaz de diseñar el star system y de incorporar a la industria métodos de trabajo que revolucionaron el medio y acrecentaron su éxito hasta extremos impensables.

¿Cuáles han sido las principales fuentes de documentación?

Se trata de un libro divulgativo, dirigido al gran público, no de un libro académico para eruditos, por lo que las fuentes han sido muy variadas. Los trabajos de Kenneth Anger, por supuesto, pero también autores hispanos tan notables como Juan Cobos, e incluso la relación directa con cineastas tristemente desaparecidos, como el también español Juan Antonio Bardem.

¿En qué medida son fiables esas fuentes y no dejan tanto espacio a los mitos?

Eso debe quedar a criterio del lector, pero el libro no contiene datos que provengan de una única fuente. Todo lo contrario: cuanto se afirma está sustentado por numerosos testimonios, ya que no es tanto un libro de investigación como de compilación.

Aunque en el séptimo arte siempre habrá algo de mito y de leyenda...

Sin duda alguna. Y recordemos lo que John Ford propugnaba al respecto en El hombre que mató a Liberty Valance: cuando la leyenda se convierte en hecho, imprime la leyenda.

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