Javier Navascués - 8 mayo 2021

Juan Ignacio Villarías y Gómez Acebo, natural de La Bañeza, León, estudió en los institutos de Santoña y Laredo, en la Escuela Normal de Magisterio de Santander, en la Escuela de Ingenieros Técnicos de Santander, en la Universidad de Valladolid y en la Escuela de Idiomas de Santa Cruz de Tenerife. No acabó ninguna carrera. Fue empleado de banca, entrenador de fútbol, profesor de instituto, dirigente deportivo y juvenil, profesor de alemán y de italiano, corresponsal de prensa, tuvo un restaurante, y tiene una agencia de viajes. Ha publicado más de una decena de novelas, teniendo 4 a la espera de publicar.

¿Por qué una historia de maquis?

Llevo escritas quince novelas, cuyos temas son de lo más variado. La primera que publiqué se basaba en la guerra civil, en le frente norte. Agotado el tema, después se me ocurrió escribir otra acerca de la posguerra y la continuación de la guerra en los montes cantábricos.

¿Por qué concretamente ésta, qué es lo que más le atrajo de esta historia?

El tema del maquis está muy poco tratado en la novela, o muy poco explotado si se quiera decir de esta otra forma. Yo recuerdo, de pequeño, oír hablar a mi abuela y mi bisabuela, aldeanas de Cantabria, acerca de “los del monte”, así los llamaban, y de sus atracos y secuestros, y del miedo que les tenían. ¿Cómo podía yo dejar pasar la oportunidad de sacar de ahí una novela?

¿Por qué el título de vista corta y paso largo?

Un juego de palabras, o una manera de jugar con las palabras, pues el lema no escrito de la Guardia Civil es justo al revés, paso corto y vista larga, lo que pasa es que a mí se me antoja que para subir y bajar por esos peñascales hay que mirar en corto a ver dónde se pone el pie, y se necesitan muchos y muy largos pasos para recorrer tantas distancias por donde no hay caminos. Otras novelas las titulo de esa manera, invirtiendo los términos, como “Sociedad ilimitada” (en vez de limitada, “Concurso de deudores” (y no de acreedores).

Una novela histórica, pues se refiere a acontecimientos reales, ¿hasta qué punto es fiel a esos acontecimientos?

Los personajes son imaginarios, así como sus actuaciones, pero todo lo que pasa en esta novela es lo que pasaba en esos montes en aquel tiempo. Creo haber reflejado la realidad de los hechos y las situaciones. Lo que aquí pasa, pasaba de verdad entonces, hace ochenta años. Los escritores románticos tratan al bandolero, de cualquier época y lugar, con respeto y admiración. Y no digamos ya en los tiempos actuales de leyes de memoria histórica, debido a la condición de comunistas de estos bandidos de que aquí se trata. Yo en esto soy más realista. Los maquis, por encima de su idealismo político, eran unos bandidos sanguinarios, y los aldeanos les tenían verdadero pánico. La gente no se atrevía a ir de una aldea a otra por miedo a toparse con alguno de esos “luchadores por la libertad” (sic en su propaganda y autodefinición).

Y además es un drama romántico que la hace más atractivo.

O al menos eso es lo que yo me propongo, hacer la novela lo más atractiva posible para el lector. En efecto, el elemento romántico no falta, con la situación de bandidaje y represión por parte de las fuerzas del orden como telón de fondo.

Y el final es inesperado.

Al menos eso es lo que se espera, que sea inesperado el final, aunque voy dando pistas para que el desenlace no sea demasiado brusco y sorprendente, sino que quede encuadrado dentro de las contingencias de la trama.

¿Se podría decir que hay poco escrito en relación al maquis?

Libros de historia del maquis, muy pocos me he encontrado, ya descatalogados y olvidados. Y novelas, muchas menos hay, sobre todo teniendo en cuenta las posibilidades que el tema ofrece a todo novelista. Acerca de la guerra civil hay mil novelas, pero sobre el maquis hay muy pocas, relativamente pocas, sorprendentemente pocas.

¿Ha sido difícil el proceso de documentación?

Ni fácil ni difícil. He buscado libros de historia acerca del tema, los he leído, me he documentado, me he ambientado, me he empapado, hasta que finalmente me he considerado entendido en el tema, y ahí es donde empiezo a aplicar mi arte y mi imaginación. Así es como lo hacemos todos. La historiografía es ciencia, la novela es arte. No se puede dar, sin embargo, la una sin la otra.

Dice algo muy curioso, que no aburrirá a nadie, ni al catedrático de historia ni a su criada.

Con esto quiero decir que esta novela es apropiada para cualquier tipo de público, lo mismo le gustará al más ilustrado que al menos. Los conocedores del tema se introducirán en unas situaciones concretas, acaso nunca antes sentidas, mientras que los que no saben nada acerca del tema aquí tendrán ocasión de saber lo que pasaba en nuestro país en tiempos no demasiado lejanos. Hay mucha gente hoy entre nosotros que desconoce por completo estos acontecimientos, y si algo les suena es a través de los que se empeñan en glorificar a terroristas rurales.

¿Por qué es importante dar a conocer estos episodios de la posguerra española que llegan hasta 1965?

Es algo que nos concierne, algo que nos pasó, y que no se debe dejar de conocer. Y es que además el tema resulta interesante y ameno. Es algo de lo que, curiosamente, se habla muy poco. Recuerdo que llego un día al instituto, tenía yo diez años, y alguien me dice. “¿No sabes? Han matado al Bedoya.” Y yo me quedé preguntando quién demonios era ese Bedoya. Era el último bandolero serrano de Cantabria, caído la víspera. Ahí nos enteramos muchos de que había bandidos en nuestros montes.

¿Por qué animaría a los lectores a adquirir el libro?

Lejos de la aridez de la historia o del reportaje, esta novela, como todas las novelas, pretende hacer grata y placentera la lectura, y al mismo tiempo introducir al lector en el ambiente de aquella situación y darle a conocer lo que entonces pasaba en lo más inaccesible de los montes de buena parte de España. Lo que pasa en la novela, ya lo he dicho, es lo que en realidad pasaba. Ahí he tenido poco que inventar, lo justo para amenizar el relato y enganchar al lector.

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