Eduardo García Serrano - 29 noviembre 2021

El Tribunal Supremo en Cataluña ha desbancado a la célebre Tomasa, aquella que en los títeres pintaba menos que un franquista en VOX; ¡que ya es decir! El Tribunal Supremo está revestido de mucho imperium y de mucha auctoritas, sus sentencias acojonan, mucho, muchísimo, pero sólo a los parias, a los robagallinas (como dijo Carlos Lesmes) y a los huérfanos de Poder y de Influencia, a los caídos en desgracia a los que el Sistema amenaza con el Tribunal Supremo como los señores calabreses amenazan con una lupara boquinegra a los villanos que no se someten a sus intereses. Pero que quede claro “no es nada personal, son negocios”.

Con sus togas de sacerdotes de Logia y sus collarones de sommeliere, sus magistrados, como los éforos espartanos, aparecen de vez en cuando con sus sentencias oraculares para darle al Sistema la apariencia real de lo que no es y la esencia retórica de lo que debería ser: una democracia sometida al Imperio de la Ley (perdón por el pleonasmo). Lo acaban de volver a hacer, muy pomposos y campanudos, con la sentencia en virtud de la cual los nenes catalanes deben ser educados un poquito y un ratito, sólo el 25% del tiempo lectivo, en Español, Castellano le llaman ellos, o sea en la lengua del Arcipreste de Hita y de Gonzalo de Berceo, que es mucho más democrática, por aldeana, que el Español, que es la que empezaron a hablar todos los fascistas hispanos desde Elio Nebrija hasta Francisco Franco y que, a mayor espanto, es la Lengua del Imperio.

La respuesta de los corsarios separatistas que gobiernan en Cataluña no se ha hecho esperar: butifarra, catalana, por supuesto, para los éforos del Tribunal Supremo y más empecinamiento en que los nenes catalanes hablen sólo como payeses para que, de mayorcitos, sean todos como el avi Lluís Companys. Nadie reacciona, no sea que nos vayan a llamar reaccionarios, ante el genocidio cultural en Cataluña: el Tribunal Supremo (la Tomasa en los títeres) se repliega a su gruta judicial, el Gobierno de España se hace el sueco sordo y la Generalitat se descojona, mientras en la playa de Barcino se vuelve a ver la figura de Don Quijote derrotado, sin peto y sin espaldar, sin montura y sin espuelas, porque la lengua de su creador, Miguel de Cervantes, ha sido expulsada de su amada Cataluña por una turba de aldeanos analfabetos que en Madrit venden paño y en Barcelona odio.        

 

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