Francisco Torres - 17 noviembre 2021

Iglesias, Pablo de nombre, no se ha ido de la política, sólo espera a que los tiempos le sean propicios.

En mi modesta visión de analista desde el punto de vista del historiador,  me parece que Iglesias tiene una cuenta pendiente con Pedro Sánchez y quiere saldarla cuanto antes.

No nos engañemos, Iglesias se fue porque un día asumió que Pedro Sánchez le estaba ganando la partida desgastando a PODEMOS de forma inexorable. Cierto es que a ello ayudaba la autodestrucción del partido bajo la dirección totalitaria de un líder supremo que descabezaba la hidra de su multitud de cabezas con facilidad pasmosa. Iglesias tomó como modelo a Mao soñando con poder poner en marcha una revolución cultural que masacrara a los borregos inocentes del centroderecha pero previamente a todo el que no reconociera las virtudes del líder supremo.

Ser un líder totalitario, como asume Pablo Iglesias que es, aunque sea en la sombra, tiene sus ventajas: Iglesias habla y Podemos obedece; Iglesias dirige y Podemos se mueve. Lo único que nunca asume Iglesias es que no puede adaptar la evolución de la realidad al plan previo que debe realizarse salvo si se dominan los medios de comunicación y manipulación.

Falló estrepitosamente en su maniobra madrileña para colocarle en una posición de alternativa a Sánchez, porque asumía que se había convertido en un perrito faldero. Buscó esa salida asumiendo que sus ministros carecen de liderazgo; muchos no pasan de la calificación de florero empezando por Garzón.

Iglesias quiere salvar a Unidas Podemos del abrazo mortal de Sánchez. La negociación de los Presupuestos, los guiños del presidente a su propio y domesticado partido, la posibilidad de que una vez aprobados los Presupuestos el presidente del gobierno mire a las elecciones de 2023 y maniobre hacia un gobierno monocolor en minoría, son elementos que bullen en la cabeza de Iglesias. Ahora conoce bien a un Sánchez que despreciaba porque él era el listo de la clase.

Quizás el punto de inflexión hayan sido las filtraciones de que en el PSOE, o mejor desde los estrategas de la Moncloa, ya está diseñada la estrategia para abortar la operación Yolanda Díaz -viable una vez que Iglesias aceptó que su candidata-sucesora no sería Belarra-. En el fondo se trataría de la misma maniobra que él intentó en Madrid: volver a conseguir la confluencia bajo sus siglas de los hermanos separados y tender el lazo con el que acogotar a Íñigo Errejón.

Iglesias ha levantado la cabeza y mirado a su alrededor. Las encuestas son unidireccionales, llegar a las elecciones subordinados a Sánchez, obligado a tragar las condiciones de los préstamos/ayudas europeas con todo lo que conlleva de empeoramiento de los niveles de vida de lo que él llama la gente… conduce a la pérdida de votos. Ya lo ha advertido Gabriel Rufián: se nos están marchando votantes a VOX (a veces a pesar de VOX). Por ello ha hablado.

Le ha lanzado un órdago al tahúr de la Moncloa, aunque falte saber si solo va de farol. La disyuntiva es clara, si el gobierno, más allá de los presupuestos, sigue la línea marcada que desgasta a PODEMOS habrá que ir a elecciones en 2022. Sabe que llegar a 2023 así  sería un suicidio.

En todo caso a él le vendría mejor enfrentarse a un gobierno del PP sostenido por VOX para así poder volver al liderazgo real y salvar el partido que él mismo contribuyó a cercenar. Y le van a obedecer, marchando hacia las elcciones, porque él sigue siendo el líder mesiánico que ve cada vez que se mira en el espejo.

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