Francisco Torres - 22 junio 2022

El mismo día que tenían lugar en España las elecciones andaluzas los franceses votaban en la segunda vuelta de las legislativas. Probablemente por ello, por los resultados hispanos, lo que ha sucedido en Francia haya tenido escaso eco cuando en algunas cuestiones cabría valorar una cierta extraporalidad.

El modelo electoral francés es un claro ejemplo de cómo un sistema político se diseña para fingir que existe una representación democrática real de los ciudadanos y legitimar, en realidad, un modelo que asegura las mayorías a las grandes máquinas de poder que son los partidos políticos sistémicos de consenso (en España son PP y PSOE). Así, los parlamentos resultantes son cualquier cosa menos proporcionales, que en teoría sería la forma de representación más democrática. Un sistema injusto que penaliza a partidos como el de Marine Le Pen como ella ha explicado.

La primera vuelta francesa impulsa el voto útil y la segunda elimina a las minorías de toda representación que no sea simbólica, aunque estas tengan un 20% de voto. Como en España, el diseño se rompe cuando son varias las fuerzas políticas que superan un porcentaje determinado de voto y la segunda vuelta deja de ser una elección a dos, donde hasta ahora funcionaba el voto útil y la alianza para eliminar al otro.

En las últimas décadas este modelo ha mantenido el sistema de partidos del país vecino (también el nuestro), porque cuando ha desaparecido una fuerza sistémica ha sido sustituida por un hermano gemelo (esto también ha sucedido en España). Al mismo tiempo, el modelo elegido contribuía de forma decisoria a relegar permanentemente a la “irrelevancia” al Frente Nacional de Le Pen y a los movimientos tácticos de su hija Marine tratando de renovar la marca que hemos visto (retengamos el concepto de “irrelevancia” que es el utilizado por los medios del centroderecha y sus comentaristas en España con respecto a VOX). Pese a ello, pese a no poder acceder a una gran representación institucional, los Le Pen, padre e hija sucesivamente, mantenían un elevado número de votantes que perseveraban pese a la imposibilidad de no obtener representación, despreciando así el voto útil.

El sistema de partidos y elecciones francés, como también en español, tiene su talón de Aquiles en la desafección del ciudadano porque, en realidad, se queda sin representación en muchas ocasiones y su voto sirve para cualquier cosa menos para lo que él defiende. Esto es lo que conduce directamente a la aparición de grandes bolsas de abstención que en la segunda vuelta de las legislativas ha sido de casi el 54% (en las andaluzas ha sido del 42%); pero al día siguiente nadie plantea la deslegitimidad democrática que tienen unas elecciones en las que no participa una gran parte de la población. A este realidad ponen sordina los partidos, medios, analistas y tertulianos por lo que las valoraciones se hacen como si hubiera votado todo el mundo. Lo mismo sucede cuando se diseñan las camapañas pensando que esos ciudadanos ya no cuentan cuando podrían producir vuelcos trascendentales (en Francia no han votado el 71% de los jóvenes entre 18 y 24 años, y aquí no sería improbables que las cifras fueran también muy altas).

En las elecciones legislativas francesas Marine Le Pen ha obtenido un resonante triunfo, como lo obtuvo, aunque no ganara, al romper el techo de voto de las anteriores presidenciales, creciendo 8 puntos y alcanzando prácticamente un 42% de voto. Ahora, presentándose en algo más del 20% de los distritos territorio ha obtenido un 17%.

Las legislativas constituían para Merine Le Pen una auténtica segunda vuelta para configurarse, definitivamente, como una fuerza política con presencia institucional y, en esto se parece a su padre, poner en su sitio a quienes han buscado la quiebra de su liderazgo y de su opción. Pese a los años, el partido de Marine Le Pen tiene “huecos territoriales” que dificultan hacer frente a las legislativas francesas con sus 577 distritos, donde se necesitan 577 candidatos con sus 577 esctructuras, por lo que aún tiene recorrido.

La noche electoral otorgó a Marine y su Rassemblement National un gran triunfo que no se esperaba, dada el habitual cordón sanitario en el que derecha e izquierda se apoyaban frente a sus candidatos. Con la fragmentación del voto en Francia, como en España, las segundas vueltas han dejado de ser cosa de dos en muchos distritos y eso ha abierto el camino a RN.

Los cálculos de los expertos ya le otorgaban un triunfo, admitiendo que tendría suficientes diputados para formar grupo parlamentario y por tanto tener protagonismo real en el parlamento, con todo lo que ello implica. Consiguiendo concurrir en más de 100 distritos le otorgaban de 25 a 50 escaños. En realidad han sido 89, ha quedado por encima de los republicanos situándose como tercera fuerza y Reconquista de Zemmour no logró que ninguno de sus candidatos pasara a la segunda vuelta.

Seguí la comparecencia de una Marine Le Pen exultante que al acabar sus palabras se puso a entonar la Marsellesa sin música seguida por los presentes.

Más allá de ello me interesó el importante contenido de su breve intervención. Marine lleva tiempo buscando redefinir su opción y los resultados obtenidos le otorgan un inmenso aval. Una concreción de discurso que, por cierto, VOX intentó presentar en medio de la campaña andaluza como novedad, influencia de Giorgia Meloni, pero que debe trabajarse antes como elemento diferenciador para que sus bases y sus simpatizantes tengan un discurso propio y diferenciador más allá de lo de la “derechita cobarde”.

Marine Le Pen adquiere un nuevo papel político después de presidenciales y legislativas: primero, porque el cordón sanitario se va quedando en lazo, y los lazos se caen antes que los nudos; segundo, porque su presencia institucional, ante un gobierno que ha perdido su mayoría absoluta, coloca a Macron ante una Asamblea que adquiere una interesante fuerza política y dudo que Le Pen actúe de muletilla de Macron por anclajes ideológicos que no tiene.

Le Pen se presentó en la noche electoral con un nuevo “visage” y para hacer frente a un nuevo “visage”. En sus palabras, los diputados de RN va al parlamento siendo una nueva élite política (concepto que me parece muy interesante), como fuerza de oposición, para hacer frente al discurso de Macron, a las clases altas y a la izquierda antifrancesa, para recuperar a la Francia olvidada (que va más allá de la España vacía). Todo ello dicho de forma convincente, con esa voz grave de dicción perfecta que le caracteriza.

Puede que haya sido una victoria sorda, apagada por el ruido, pero es un triunfo innegable que le confiere un mayor protagonismo en la política francesa.

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