Pablo Gasco de la Rocha - 24 diciembre 2021

Ante una realidad nacional absolutamente impredecible por la polarización social, resulta paradójico que nos esforcemos por dar sentido a los tópicos que lo que traslucen es el decreciente peso de las ideas tanto en la clase política como en la sociedad en general. Un ejemplo de ello es la defensa que se hace de la Corona como institución en el organigrama jurídico-político de España, cuando ni los actos de la persona que la representa tienen ninguna validez si no son refrendados, ni su enigmático poder de árbitro y moderador se concreta en facultades. Siendo más exacto decir, que el papel del Rey es el mismo que el de cualquiera ciudadano español, esto es, limitado a denunciar la gravedad de la situación, y en su caso, aun siendo el Jefe del Estado, sin hacer críticas o juicios de valor respecto de culpabilidades.

Desde que Franco, por el amor que sentía a España, nos alentase en su Testamento en rodear a Juan Carlos de Borbón “del mismo afecto y lealtad” que a él le habíamos brindado, han pasado 46 años. Y desde que Blas Piñar propusiese ir hacia la República Nacional al servicio de la Unidad, Grandeza y Libertad de España, han pasado 42 años. Tiempo, en ambos casos, suficiente para quedar demostrada la inutilidad de la Corona. Siendo la hora de desterrar cualquier prejuicio sobre la República, que no es, antes al contrario, patrimonio de la chusma roja y separatista, porque lo suyo es otra cosa: es el Frente Popular. O lo que es lo mismo, la liquidación de al menos media España. Lo siguen dicen claramente: “¡Arderéis como en el 36!”

Hora de desterrar prejuicios, decimos, porque las dos repúblicas que padecimos no vinieron precedidas de un debate nacional que dirimiese el pueblo en plebiscito, ni, en puridad, como consecuencia de la inutilidad de la Monarquía como forma del Estado español. Siendo más bien que la Primera, proclamada el 11 de febrero de 1873 y que se sostuvo a duras penas hasta 1874, fue consecuencia, bien lo sabemos y así lo registra la historia, de una serie de conflictos violentos como fueron la Guerra de los Diez Años, la III Guerra Carlista y la Sublevación cantonal de inspiración masónica. Y en el caso de la Segunda, 14 de abril de 1936 a 16 de febrero de 1936, como consecuencia del llamado Expediente “Picasso” sobre lo ocurrido en el llamado “desastre de Annual”, malestar en el Ejército que fue aprovechado por un grupo de concejales para proclamar sin más anuencia que su propia voluntad la República. Conculcación del orden constitucional vigente al que contribuyó Alfonso XIII al huir de España. Ahora bien, no olvidemos que José Antonio descubre en la II República inquietudes nacionales respetables, desgraciadamente malogradas por el contubernio de masones, socialistas y comunistas.

Abrase, entonces, un debate serio sobre la utilidad de la Monarquía como forma de Estado para España, participe el pueblo y dejémonos de consideraciones semánticas de corrección política. Hagámoslo por pura lógica democrática, porque no se ve por qué si una mayoría suficiente de españoles piensa que la Monarquía ha dejado de ser útil para la función que fue elegida, no va a decidir y procurar otra forma de Estado que mejor convenga a los intereses de España.

Una forma de Estado que mejor convenga a los intereses de España, que hoy se nos muestra como un edificio que se cae a pedazos por sus divisiones internas, por la desconfianza de una inmensa mayoría de españoles hacia el Gobierno, el Parlamento y la Justicia; hacia lo que se enseña en las escuelas, al relato histórico que se confecciona y hasta en la ciencia. Cuya consecuencia no puede ser otra que el colapso como nación, porque una nación necesita que cada institución cumpla su función, empezando por quien encarna la Jefatura del Estado.

Debatamos pues, sobre esta cuestión, porque la Corona siempre estará a rebufo de lo que decida cualquier Gobierno, incluso si llegase el caso, por la lógica aritmética del sistema, que hubiese uno presidido por el terrorista andrógino Otegui, auxiliado por el mequetrefe de Pablo Manuel Iglesias y el Rufián independentista. Hagámoslo, porque lo que está en juego es España, que es más que su actual forma de Estado. Mucho más que la Monarquía. Infinitamente más que Felipe de Borbón y Grecia.

Hagámoslo, seamos valientes, pese a saber que hoy, al igual que en el pasado, la chusma también apuesta por liquidar la Monarquía. Con todo, fijémonos en la verdad y no en qué verdad nos gusta más… Digámosle entonces a Don Felipe que los consejos se los de a sus hijas.   

¡FELIZ NAVIDAD!

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