Javier Ortega Smith, tras ser reprobado: "Me importa un bledo. Es un orgullo". Encumbrándome al empíreo, henchido de tersa belleza quevedesca, el que estas líneas garabatea hubiera declamado en el ayuntamiento matritense: ¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?  Desde luego, siempre sin miedo, asunto propio de esclavos. Mis cojones, treinta y tres. Te niegas a aceptar las paranoias de masas. Pero, seguramente, en el palacete de Cibeles, hubiera sido preferible inclinarse por la más aquilatada macarrada semántica: ¡Me importan un kojón ( prieto) de pato viudo las bufonadas de vuestras patéticas señorías! Por lo demás, Ortega Smith desvelando pulidamente las patrañas del Sistema.

Narcotas, maderos y marionetas

Tiene que resultar desagradable padecer los falsarios y avinagrados gargajos de Nadia Otmani. Su numerito, cada vez que fluye el tiempo, resulta más payasesco. E inquietantemente turbio. Narco y servicios secretos, siempre amiguetes, sobrevolando toda la función teatral. Nadia, posible y ridícula marioneta de los que manosean los hilos. Por supuesto, implicación de la castuza política, de los cuerpos de seguridad del estado, de los medios de comunicación “oficiales” y, sobre todo, de poderosos grupos económicos y financieros en el superferolítico negociete del narcotráfico. Alianzas con gallifantes, maderos y picoletos a sueldo de los narcotas, pastizales milmillonarios, pulquérrimo e impecable blanqueo de capitales. Un clásico que no muere. Y agreguen, desde luego: prostitución e inmigración ilegal. Vamos, lo de siempre, la zorra guardando el gallinero. Nadia, seguramente todo te supera. Se llama Poder de muy mala gente.

Una vida de película (policial)

Nadia Otmani. Probablemente no la expulsaron de España porque en el feísimo y feróstico asunto de drogas por el que fue tiroteada por un compinche, ella había sido la humedosa o boqueras policial. Sus secuaces, al trullo. Ella, de rositas carcelaria. Su vida, un culebrón. Su padre, guardaespaldas de Hassan II. Otra vez el narco y los servicios secretos, en España o en Marruecos, lo mismo da. Las fortunas regias, vía hachís. Vegetaba de lujo en Marruecos hasta que su padre, probablemente, introduce la mano donde no debe. Balazo en la nuca, paradigma ejemplar y ejemplarizante de “mano larga” en Marruecos que todo quisqui conoce y reconoce allí. Concluye el lujo y da comienzo la caridad. Se casa con un galeno marroquí mayor que ella. Enseguida, zurrada y repudiada. Divorciada, una hija.

En España, el (muy) fastidioso asunto del narco. Tiroteada tras chivarse de la banda dedicada al menudeo de caballo. Ignoramos si dicho gang se hallaba conectado con mafias policiales. Tras la balacera, parapléjica por los restos. Le curaron y recibió la mejor atención médica en el hospital toledano de tetrapléjicos. Desde entonces, aliviada y medicada. Gratis total, hasta la silla de ruedas.

Irse la pinza

Pero, parece ser, que para Nadia los malos malosos somos los hombres españoles. Si somos blancos y heteros, el horror. Además tienen que disgustarle, particularmente, todos aquellos que puedan poner en riesgo el chiringo tan bien apañadito por ella durante los últimos cuatro lustros. Ida de olla total. Ni VOX ni nadie, culpables de sus infortunios a manos de moros. O, de cristianos. En fin.