En uno de los bellos y hondísimos pasajes que podemos encontrar en Se hace tarde y anochece (esa suerte de hontanar que el Cardenal Robert Sarah ha excavado para que en él apacigüemos nuestra sed de Dios), leemos que “el desierto de lo natural se ha tragado lo sobrenatural. Nos hemos vuelto sordos, autistas y ciegos para las cosas de Dios; y olvidamos que el cielo existe”; y así, con esas breves ideas apenas esbozadas, lo que bien pudiera parecernos adventicio se me antoja que sitúa ante nuestros ojos casi enceguecidos todo el mal que asuela a la sociedad de hoy.

Nos hemos vuelto sordos y autistas para las cosas de Dios, nos dice el Cardenal, y, en consecuencia, nos enmarañamos en una abstrusa red de cotidianeidad que nos impide observar lo importante y nos sepulta en lo contingente, que nos deja sin saber qué hacer ni adónde dirigir nuestras vidas huecas. Terminamos, así, por pensar que el Paraíso prometido por Dios hemos de hallarlo en este mundo y forjarlo a base de placeres y caprichos, para de ese modo convertir nuestra vida en un dichoso carrusel que nos anestesie la conciencia y aleje de nosotros la certeza de la muerte. Sordos y autistas para las cosas de Dios, ajenos a la trascendencia, creemos que todo empieza y termina en nosotros, que nada hay más allá de nuestra piel ni nada más elevado que lo volitivo; que sólo con la andorga atiborrada y los apetitos bien satisfechos habremos de ser felices, pues ya no somos más que carne. Pero sucede, sin embargo, con no poca frecuencia, que los caprichos son volubles y los placeres muy efímeros, de modo que nunca satisfacen nuestros apetitos ni traen dicha a nuestros días. Y, en consecuencia, apetentes y sin dicha, la certeza de la muerte y del dolor se nos hace insoportable.

No debiera sorprendernos, entonces, que algunos políticos de alma empodrecida hayan decidido que a los ancianos holandeses se les pueda expender una pastillita que tan ricamente los mande al otro barrio (a un barrio para ellos inexistente, digo yo, o desesperanzado como un estertor), o que en España anden nuestros próceres cacareando las bondades de la eutanasia. Y no debiera sorprendernos, entonces, que, amnésicos del cielo y sordos y autistas para las cosas de Dios, veamos como una opción benéfica la de quitar de en medio a los que sufren, pues sus caprichos ya se han amustiado y reblandecido y, por tanto, nada han de esperar de esta vida terrenal. ¿Pues qué habrán de esperar aquellos que ya se ven acechados por los alifafes de la senectud, si están sordos y autistas para las cosas de Dios? ¿Qué habrán de aguardar, sordos y autistas para las cosas de Dios, aquellos a los que el dolor ya se les ha hecho aliento, como parte indisociable de sus días, y aquellos otros a los que la vida se les va cayendo entre las sábanas ríspidas e inhóspitas de un hospital? ¿Qué habrán de esperar ahora, me pregunto, salvo la “benéfica” opción de meterse en la boca resecada una pastillita para quitarse de en medio y así no molestar más?

No caemos en la cuenta, sin embargo, de que el Paraíso no se oculta en este mundo, ni de que cuando es el capricho el que nos mueve nunca nos movemos, sino que sólo damos vueltas sin cesar, como pollos sin cabeza. Y no caemos en la cuenta, por supuesto, de que cuando sólo el hombre importa tampoco el hombre importa, pues ya no somos más que carne en ciernes de putrefacción, sueños incumplidos y afanes rotos u olvidados. Y es que sordos y autistas para las cosas de Dios no somos más, en suma, que animales a los que sacrificar cuando se revelan inservibles; apenas unos bichejos hueros a los que pisotear; apenas unos moribundos cuyo único fin es morir en soledad, entre las sábanas ríspidas e inhóspitas de un hospital.