Paradojicamente 8000 soldados del ejército de Franco actuaron como extras en Espartaco, en la que se considera una de las mejores batallas bélicas de la historia del cine. Para más INRI actuaban bajo las órdenes de Kirk Douglas, que nunca negó su tendencia comunista. 

Franco en un principio no quería que se rodase en España, pero finalmente acabó cediendo, lo que es de agradecer que una de las mejores películas de la historia tuviese un genuino sabor español. Eso sí, como veremos más adelante, impuso sus condiciones. Nobleza obliga.

Según informa ABC en un espléndido reportaje cuando el rodaje estadounidense de «Espartaco» tocaba a su fin, Kubrick se percató de que a la película le faltaba algo: una gran batalla. El músculo (la pluma) de un Dalton Trumbo clandestino –perseguido por el mccarthismo– golpeaba vigoroso en casi todas las escenas, menos en la de un gran combate que brillaba por su ausencia en el guión. Por fortuna, además de protagonista, Kirk Douglas era un espabilado productor y consiguió que Universal duplicara el presupuesto para las escenas de batalla, de modo que improvisó en noviembre de 1959 un rodaje en Madrid y Guadalajara donde participaría el Ejército español. 

Por muy tentador que fuera trasladar el set de rodaje a España, donde los incentivos fiscales, el clima, la variedad de localizaciones y las horas de sol convertían al país en una suerte de Edén al sur de Europa, a punto estuvo de fracasar la jugada maestra de la meca del cine, pero finalmente Franco ordenó a su ministro el permiso.

«La única orden que dio Franco fue que no se autorizaba que ninguno de sus soldados muriera en la película [en pantalla]. No es que le preocupara su seguridad, simplemente no quería que hiciéramos que pareciera como si murieran. Orgullo español», escribió Kirk Douglas en «Yo soy Espartaco». Así, más de ocho mil soldados españoles, a razón de ocho dólares al día, se pusieron la lorica, las grebas y la gálea de todo buen legionario romano. Uno de ellos fue Eugenio Rodríguez Robledano, por entonces cabo primero del regimiento del Alcázar de Toledo número 61, y uno de los militares que cambió a Franco por Kubrick, que impartía las órdenes desde unas torretas improvisadas construidas en Colmenar Viejo.

Kubrick, un gran meticuloso, rodó en Colmenar Viejo una de las batallas más espléndidas e icónicas de la historia del cine, para lo que necesitaba el verismo de unas tropas con experiencia real. «Era mejor contar con un ejército de verdad, que sabía formar militarmente, que entrenar a actores sin idea. Para interpretar a los esclavos sí se contó con extras españoles», explica el director de «Péplum».

Durante una semana, estos soldados jugaron a ser actores en Madrid y Guadalajara y tuvieron que repetir hasta la saciedad escenas como la de la embestida de los rodillos de fuego que lanzaban los esclavos. «Yo iba de centurión en el grupo de la izquierda de cabeza hacia donde estaban los rodillos. Cuando los lanzaban, la formación se rompía y había que repetir. Aquello era lo de nunca acabar, lo hacíamos tres o cuatro veces por la mañana y dos o tres por la tarde», se queja Rodríguez Robledano, que ahora tiene 83 años. Aunque no todo era malo en el arduo rodaje. «Nos daban una bolsa de comida por la mañana y nos la comíamos en el campo. Cuando los mandos acababan y volvíamos a rodar por la tarde, nosotros ya nos habíamos comido la bolsa y habíamos dormido la siesta», recuerda este soldado español que fue centurión, mientras otros especialistas eran crucificados, atados y sentados en sillines de bicicletas esperando, durante horas, cubiertos con una manta para soportar el frío otoñal en las cercanías de Colmenar Viejo, donde Kubrick utilizó, de fondo, el puente del ferrocarril como si se tratara de un acueducto romano. El único problema, reflexiona en el documental, fue que tuvo que repartir los beneficios económicos con los otros cabos de su regimiento al finalizar la película.

No estuvieron para verlo las estrellas de «Espartaco», que no rodaron en España ninguna de las escenas bélicas. De hecho, a Douglas le dobló un especialista con una máscara de látex con los rasgos del actor, sobre todo para las escenas lejanas. Para los primeros planos se rodó en California, siendo intercalados con gran habilidad durante el montaje.