Ya sabemos de sobra que los descendientes de aquellos que perdieron la guerra tienen como principal objetivo engañar a la sociedad actual y a las generaciones futuras haciendo creer que aquellos eran los buenos y que, por el contrario, quienes la ganaron eran los malos. Argumentan que no solo Franco fue el militar fascista que acabó con la democracia después de una guerra crudelísima a él solo imputable, sino que -aún peor- tras la guerra siguió condenando a muerte a sus enemigos y se perpetuó en el poder en vez de convocar unas elecciones democráticas y exiliarse en algún país que lo quisiera acoger. ¿Qué tenía que hacer Franco con aquellos que para instaurar en España una dictadura estalinista habían asesinado y torturado a miles de sacerdotes, frailes y monjas, a gentes de buena familia y, en general, a personas de creencias cristianas y conservadoras?. ¿Qué castigo merecían los que habían incendiado, saqueado y destruido una gran parte del patrimonio artístico español por odio religioso? ¿Cuántos templos habían ardido, cuántas obras de arte, cuántas bibliotecas de valor incalculable se habían perdido para siempre?... Sin duda, estos socialcomunistas de hoy habrían deseado que Franco una vez ganada la guerra la perdiera él solito, por tonto, exculpando de todo castigo a aquellos verdugos infames para que los perdedores volvieran a las andadas y terminaran de arrasar lo que aún quedaba en pie por no haber llegado a tiempo a destruirlo durante el “terror rojo”. Habían sobrevivido la Catedral de Burgos, la de Toledo, la de Santiago de Compostela...Todavía quedaban en muchas iglesias y museos obras de arte religiosas que podían ser pasto de las llamas. Para colmo la enseñanza de la doctrina católica había vuelto a los centros de enseñanza y quedaban aún sacerdotes vivos para impartirla. Muchos niños crecerían con firmes valores morales y eso dificultaría el deseo marxista de extinguir todo vestigio de cultura cristiana en nuestro país. Se hacía necesario esperar a la muerte de Franco para reiniciar esa lucha contra todo lo sagrado y han tenido que transcurrir cuarenta y cinco años de acoso y derribo paulatino para que esos que el Caudillo llamaba propiamente “los enemigos de España” llegaran al poder y camparan a sus anchas. La propia jerarquía de la Iglesia española de entonces se lo facilitó porque, paradójicamente, no estaba interesada en la reconciliación de los comunistas con Dios sino en la reconciliación de los católicos con los marxistas para abrirles las puertas de todas las instituciones y permitir su acceso paulatino a todas las instancias del poder. Felicidades, Cardenal Tarancón y compañía, porque gracias a vuestros desvelos en pro de la libertad y contra la dictadura, buena parte de los jóvenes de hoy odian todo lo que huele a valores morales y en cambio tienen una afición desmesurada a los botellones, los porros, los desfiles del Orgullo Gay y otras cosas feas que no miento.

Pero ahora esos marxistas de antaño que, ayudados por otros sempiternos enemigos de España, han llegado al poder, quieren prohibir a muchos españoles defender la memoria y el legado de Franco, vulnerando gravemente -con el auxilio seguro de una justicia lacaya- el espíritu y la letra de una Constitución que consagra la libertad ideológica, de culto, de expresión, de pensamiento, de cátedra, de reunión y de asociación. Si la Ley de Memoria Histórica y Democrática que pretenden aprobar se limitara a facilitar la búsqueda de los desaparecidos durante o después de la guerra -aunque la guerra solo terminó con la muerte de Franco- para darles digna sepultura o para facilitar su identificación y entregar sus restos a sus familiares poco o nada habría que objetar. Pero esta ley, que complementa y a su vez reforma la Ley 52/2007 (llamada popularmente como “ley de memoria histórica”), está basada, como la anterior, en el puro odio ideológico y pretende mancillar la memoria de los españoles que al ganar la guerra restablecieron el orden, la justicia y la moral que el marxismo había hecho desaparecer de España sumiéndola en la anarquía. Es una ley que reabre heridas en vez de cerrarlas, que trae el enfrentamiento y no la concordia, porque es una ley sectaria y revanchista hasta un extremo que resulta vergonzoso. Permite que se organicen actos en defensa de la memoria de Stalin y de sus secuaces españoles que al frente de la República cometieron terribles matanzas y estragos; pero en cambio considera una infracción punible en el ámbito administrativo como falta muy grave, sancionable con multa de hasta 100.000 euros, el permiso por parte del responsable de un espacio “abierto al público” para que se realicen en él “actos de exaltación, enaltecimiento o conmemoración […] de la dictadura franquista, o del dictador Francisco Franco”. ¿Han leído bien?... Como un templo es un espacio abierto al público se está prohibiendo a la Iglesia celebrar un funeral expresamente por el alma de Franco; quizás piensan estos comunistas que así, para el caso hipotético de que exista Dios, condenará al infierno al hombre que le dio tanta gloria. Pero también significará que ningún historiador o periodista podrá exponer libre y públicamente sus conocimientos e ideas y que en los colegios, institutos y universidades se adoctrinará a los alumnos con una versión sectaria (marxista en definitiva) de la historia, exponiéndose el profesor que no condene el franquismo expresamente a perder su empleo y a ser fuertemente multado (la cárcel llegará después con la futura reforma del Código Penal). Así que quienes defendemos públicamente el franquismo o a Franco tendremos que volver a las catacumbas como los antiguos cristianos para que las generaciones de españoles que nazcan o vivan sometidas a esta nueva dictadura conozcan la verdad que se les ha prohibido conocer y puedan libremente aceptarla o rechazarla. Y esa verdad, que los socialcomunistas no podrán borrar porque circulará en forma de panfletos clandestinos (cuando confisquen los libros prohibidos y controlen férreamente las redes sociales y el acceso a la información en internet) contará a la gente que en aquella España franquista se vivía muy bien cuando uno no se metía a incordiar en política, y que no existía entonces ninguno de los problemas graves que nos aquejan y que con la actual democracia no podemos resolver. Era una España de firmes valores morales, unida, próspera, pacífica y segura, sin apenas delincuencia, ni drogas, ni indisciplina en los colegios, ni pornografía de fácil acceso a los niños, ni piquetes huelguistas o saboteadores, ni manifestaciones incendiarias contra la autoridad, ni rebeliones o sediciones contra el Estado, ni terroristas cobrando sueldos públicos, ni tantas estructuras administrativas devoradoras de recursos, ni tantos políticos infames viviendo en mansiones a nuestra costa.

El socialismo bolivariano que nos gobierna aún regirá los destinos de España durante muchos años y cometerá muchos desmanes. La derecha no quiso frenarlo cuando tuvo la oportunidad de hacerlo y ahora es tarde para revertir la situación. Se lo dieron todo poco a poco a cambio de otras prebendas. Es cierto que hay una nueva generación de políticos valientes que desde el Congreso se atreven a denunciar con contundencia estas leyes liberticidas, pero son una minoría que lucha en un mundo hostil que ha puesto sobre su cuello un cordón sanitario para estrangular su enorme potencial regenerador de España.

Ignoro cuánto tiempo de libertad me queda por decir estas verdades incómodas; desconozco el coraje que puedo llegar a tener en esta lucha, ya que ni me ampara la inmunidad que protege a estos parlamentarios valientes ni estoy sujeto al código de la corrección política que ellos necesitan para conseguir votos. Quizás me calle públicamente cuando esta ley entre en vigor porque soy humano y tengo que comer. Pero al menos me quedará la ilusión de que mis artículos políticos y mis poemas en rima ondulante puedan circular de mano en mano cuando nadie se atreva a editarlos y cuando el Gobierno los censure de la prensa digital.

Sé que este tema es muy serio y que no da mucho margen para poesías jocosas. Pero yo no quiero defraudar a mis habituales lectores por lo que voy a ilustrar mi diatriba con un poema en rima ondulante que incita a una rebelión (pacífica desde luego) contra el rencor y el sectarismo del Gobierno. Que los que tengan oídos escuchen, los que tengan ojos vean y los que tengan voz la empleen con todas sus fuerzas, porque…

Es hora de gritar.

Es hora de gritar "¡basta!"

y aquí dejo mi protesta

aunque me llamen fascista

y se burlen a mi costa: 

Me enfurece, me disgusta 

y aseguro que me asusta 

como plaga de langosta

que el Gobierno socialista

tenga la firme propuesta

que yo tacho de nefasta

-pues la libertad aplasta-

de prohibir, porque detesta,

el pensamiento franquista

mediante una ley que agosta

nuestra democracia augusta

en vez de hacerla robusta.

Pero esta visión tan angosta,

excluyente y egoísta

que en la ley se manifiesta

al culpable lo desgasta

como el cincel que desbasta

el pedrusco al que le asesta

golpe tras golpe un artista;

pero éste no hace aposta

daño a nadie con su fusta

y su labor no es injusta.

Por ello mando una bosta

a este Gobierno marxista

que tan alegre se presta

a esta guerra iconoclasta.

Alberto González Fernández de Valderrama