Cada vez que el cardenal y arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, hace una declaración nueva sobre el intento socialista de profanar la tumba de Francisco Franco, queda más claro que está decidido a quedar bien con los herederos de aquellos que quemaban iglesias con curas dentro en 1936.
Está más preocupado de no disgustar a los que le gritan a diario "arderéis como en el 36" que en salvar la dignidad de la institución a la que representa. Y lo más triste es que como obispo de Madrid también representa a los miles de sacerdotes y creyentes que fueron asesinados durante la persecución religiosa de los años treinta en España. Y recordemos que esa persecución fue realizada por los mismos que ahora quieren profanar la tumba de Franco: socialistas, comunistas, anarquistas y separatistas.
Cuando desde el periódico El Mundo -ese que más ha atacado a la Iglesia durante los últimos veinte años- le preguntan si Franco fue un buen cristiano, se pone de perfil y evita responder soltando:"El juicio es de Dios".
Se olvida de que la misma Iglesia a la que él dice pertenecer reconoció desde la carta conjunta de los obispos que la acción de Franco iba en defensa de los católicos que estaban siendo asesinados.
Pero es peor la respuesta que da cuando se le pregunta su opinión sobre la profanación de la tumba va de Franco y explica que " Es algo que no depende de la Iglesia".
Esto no es ya una frase cobarde de esas a las que nos tiene acostumbrado el obispo de Madrid. Es una mentira, y él lo sabe ¿O acaso desconoce el derecho canónico y el Concordato con la Santa Sede donde se responsabiliza a la Iglesia de los entierros en zonas sagradas?
Afortunadamente, mientras. Que Osoro continúa con sus mentiras, el prior del Valle de los Caídos, Santiago Cantera, sigue defendiendo la legalidad, que no es otra que la permanencia de los restos de Franco en su actual tumba hasta que la familia decida lo contrario.

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