Con los dientes aún asomándome por entre los labios, de tan largos que la envidia me los ha puesto, tomo la estilográfica y comienzo a bosquejar estas pocas líneas sobre Rafael García Serrano, aquel autor magnífico, de cuerpo enteco y gordísimo talento, que escribió buena parte de las mejores y más bellas letras guerra-civilescas que podamos encontrar. Pues en esta Fiel infantería que termino de leer me he topado con una historia donde se concitan, en estremecedora y a la vez gozosa reunión, los horrores de una guerra fratricida y el vínculo inmarcesible que se forja entre hermanos de trinchera; el dolor que se inflige al enemigo y el respeto sincero con que se le trata si batalla con honor, conformando un relato de un extraordinario e inusitado virtuosismo.

Por su descomunal calidad literaria, La fiel infantería resultó galardonada en 1943 con el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera, en disputa con La familia de Pascual Duarte. Pero apenas unos meses después, a inicios de 1944, fue desahuciada de las librerías a instancias del Cardenal primado Enrique Pla y Deniel, que la tenía por obscena y putañera, amén de generosa en exabruptos y en expresiones de “sabor escéptico volteriano”. Tal condena se prolongó hasta 1958, pero incluso entonces el perdón vino demediado y cagapoquito, pues la novela hubo de sufrir el infamante arañazo de algunas tachaduras, que velarían, supongo, escenas de prostíbulo y alguna que otra frase inflamada. Sin embargo, lo que permea a esta Fiel infantería no es la procacidad ni el espíritu volteriano, sino el sincero entusiasmo militante de unos muchachos que, pletóricos de Patria, luchaban por un ideal; y pletóricos de Patria y de ideal lanzaban chascarrillos y dicterios, reían y lloraban, rezaban, bien devotos, y lanzaban de cuando en vez la lengua al suelo, donde se les ensuciaba; muchachos, en suma, que no eran más que humanos para el bien y para el mal, como el mismo Rafael García Serrano argüiría en un artículo aparecido en La Estafeta literaria, apenas unos meses después del decreto de prohibición de su obra.

Recordando al Alférez provisional que en su día fue —que nunca dejó de ser, en realidad, como su hijo Eduardo ha confesado en ocasiones— la voz de García Serrano (su prosa, en realidad), a un tiempo cruda y afectuosa, preñada de truculencias y a la vez de caridad, se hace como el portavoz gremial de aquellos que cobijan España en sus propios adentros, para sentirla de un modo más vívido; de aquellos que lucharon por una patria en la que el pan y la justicia no resultaran inconseguibles ni tan extraños como un unicornio; de aquellos, en fin, que lucharon por una patria que yacía entre estertores, tras haber defenestrado vínculos y tradición. Y así, porque la guerra era para él tragedia y misión, y porque la tenía muy vivida, su voz se embadurna unas veces con el lodo de las trincheras, donde una sangre casi juvenil se ha entremezclado con la tierra, nutriéndola y tornándola sagrada; mientras que otras se eleva hasta los cielos, como una dolorosa deprecación que nos escarba el alma y nos la deja hecha un gurruño, gimiente y casi sangrando.

Hoy preterida (la estupidez alcanza en ocasiones dimensiones oceánicas), La fiel infantería es una historia sobre esa camaradería que se depura y acrisola con la pólvora quemada, sobre ese vínculo etéreo y a la vez inquebrantable que se establece entre aquellos que comparten trinchera, donde los soldados, tras escupir el barrio que amenaza con colárseles entre los dientes, se comparten confidencias e ilusiones, recuerdan a sus novias y a sus padres y añoran las callejas por las que corrieron siendo niños. Pero es, también, una loa al enemigo; a ese enemigo honesto y corajudo que, por cuestiones a menudo adventicias o simplemente geográficas, se te ha puesto enfrente y te dispara desde su parapeto, fecundando el campo con sus balas y su sangre. Un libro bellísimo, en suma, que todos debiéramos leer e inevitablemente recordaríamos, pues en él se nos muestra la grandeza fabulosa de nuestros antañones, quienes, tras pelear con fiereza en ese báratro horrífico que es la guerra, escogieron el perdón, mientras nosotros, tan permeados de vanilocuencia, de buenismo y democracia, olvidamos el perdón y escogimos una fiereza imberbe, propia de muchachos tontos que tan solo han tenido que gallear en saraos de universidad.