Alfonso Alonso es el fracaso sin gallardía que condujo al PP vasco a la irrelevancia. Pudo convertirlo en un fortín, en un baluarte de dignidad españolista y no quiso. Buscando el acento aldeano, alejó al PP vasco de la tilde española por abducción nacionalista y lo convirtió en una sucursal timorata del PNV. Sacaba pecho y todo, el tío, y los colmillos que no mostraba en Vitoria los enseñaba en Madrid sabiéndose abrigado por Soraya, aquella ponzoña huida a medias del enanismo, y por Rajoy, el zángano que regentaba la colmena de Génova.

Las ideas del PP con acento vasco de Alfonso Alonso no se concretaban en remansos de lucidez españolista, se cocinaban en los pucheros del nacionalismo y así salía el potaje, sin intransigencias que no admiten indulto y con un falso coraje sin nervio de ejecución. Abducido por el nacionalismo, no quiso ver Alfonso Alonso que de esos pucheros sólo puede salir un engrudo de revanchas inventadas, de envidias soterradas y de odios enfermos. O sea, más nacionalismo aldeano con los labios llenos de mentiras.

La realidad impone siempre su fuero y la evidencia sus cuatro ases: el PP con acento vasco que le baila el aurresku al PNV y le hace cucamonas democráticas a Bildu, en vez de afianzarse en la milenaria hispanidad vasca, es una vergüenza, un insulto y un fracaso. Socialmente es irrelevante y políticamente es la nada. Y es, además, un triunfo del PNV que ha sido el pastor y el profesor del aspirante a gudari Alfonso Alonso.

Unas manos frías como navajas le han escrito el epílogo político a Alfonso Alonso. Son las mismas que le andan redactando una enaltecedora necrológica que no merece,

 con frases banales y sin médula, como “su” PP. El PP con acento vasco; con el acento vasco de Sabino Arana, no el de Elcano, el de Blas de Lezo, el de Unamuno o el de Ramiro de Maeztu.