Para don Pablo Echenique, que un machote venga a corregirle la ortografía y la gramática a una mujer es cosa machista. Para su compadre Pablo Iglesias, las excusas técnicas también son machistas.

Por contra, en mi modesta opinión, el no tener conocimiento de las más elementales reglas que rigen el uso del idioma es un indicio de que las mujeres que sufren ese machismo no tienen la preparación requerida para la función ministerial. Y esto, lógicamente, también será una opinión machista para los dos Pablos citados, que deben tener un concepto tan pobre de las mujeres de su entorno podemita como para entender que lo que corresponde es reírle las gracias, como a los niños pequeños (y niñas pequeñas, y niñes pequeñes), en vez de educarlas para que lleguen a ser personas de provecho.

Contrasta, en mi modesta opinión, la continua exaltación del feminismo con la idea de que a las mujeres feministas -a las demás, ni agua- hay que aguantarles desfachateces, inculturas, patadas al diccionario, a la ortografía, a la gramática, al buen gusto y a la más elemental lógica. Como si fueran seres desprovistos de razón, de capacidad intelectual, de capacidad de aprendizaje y de sentido común.

Reconozcamos que, puesto que los adalides del rojerío lo certifican, debe ser cierto, y sus mujeres son así. No soy quien para negarlo o discutirlo. Se positivamente que las mujeres que no son podemitas, que son femeninas pero no feministas de esta cuerda, no son así. Pero cada cual conoce a los suyos.

Todo esto viene a cuento de los encontronazos entre el Ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, y los caballeros andantes que han salido al rescate de su fémina -que no dama- en apuros, doña Irene Montero -o Irena Montera, por si acaso-, a cuenta de los desaguisados gramaticales, ortográficos y técnicos de su anteproyecto de Ley de violencias sexuales que, a lo que se ve, no hay por dónde cogerlo. Y para que tales desaguisados lingüísticos y técnicos sean capaces de suscitar las correcciones del ministerio de Justicia ya deben ser de buen tamaño, porque lo cierto es que desde hace muchos años la lectura del BOE ofrece una muestra de farragosidad absoluta y de gramática inexistente.

También llama la atención el hecho de que este anteproyecto de Ley de la señora Montero (o Montera) merezca ese rechazo, porque lo normal es que los proyectos no los redacte el Ministro, sino el grupo de técnicos -funcionarios de carrera salvo nepotismos y enchufismos partidistas- que en todo Organismo de la Administración existe, y que conoce de sobra los términos, la técnica y -bien que no siempre- la gramática. ¿Es que la señora -o señoro- Montero -o Montera- se ha dedicado a redactarlo ella personalmente, o se lo ha encargado a sus feministas de guardia -acaso las expertas en algaradas y quizá en lucimiento de glándulas mamarias, pero no en escritura comprensible-, para dejar la impronta de su mala educación?

¿O es que doña Irene (o Irena) entiende que su feminismo conlleva obligatoriamente le incultura, y en su opinión las féminas no deben saber leer ni escribir y lo único que necesitan es saber si les aprietan las ganas de decir que si es si? Quizá vaya siendo hora de que las mujeres -que no hembras de la manada podemita- se den cuenta de cómo las consideran estos tipos, tipas y tipes.

Lo dejo aquí para no cansarles; pero si Dios lo quiere, mañana -o pasado- ofreceré a doña Irene Montero (o Irena Montera) unas ideas para su proyecto de Ley que, gracias a mis múltiples lecturas -cosa que recomiendo a las hembras podemitas- y a los buenos profesores que en su día tuve, espero sean claras e inteligibles. Al menos, más inteligibles de lo que parecen ser las suyas.