Tras la larga firma en el tiempo de ambos autores, dado que cada uno firmó varias decenas de libros, llegaría un receso de veinte minutos para que los operarios del restaurante dispusieran la vajilla y la cubertería en una gran mesa alargada en un salón privado ciertamente acogedor, cuya atmósfera invitaba a una charla distendida, esto es, a compartir una gratas horas de camaradería, encuentros, nuevas amistades, así como de amena y jugosa tertulia.

El salón de estilo neoclásico y planta rectangular elegido para el ágape no podía ser más acogedor, elegante y señorial: paredes de estuco a imitación de las casas romana, cuadros con grabados grecorromanos protegidos con cristal y marco dorado, techo decorado en sus bordes con escayola a modo de escalera de varios peldaños hacia el interior de la estancia, seis candelabros de dos brazos, cada uno rematado con una lámpara de luz cálida cubierta con tulipa de lino en tono amarillento y un gran espejo con esquinas en doble ángulo recto, rematadas estas a modo de hoja compuesta en tonos bronce, se distribuían de manera armoniosa en lo que era un espacio que transmitía intimidad y relax.

Tres camareros uniformados, dos chicos y una chica, hicieron del almuerzo y los postres un acto distendido, puntualmente atendido y que marchó sobre ruedas. A los entremeses variados siguieron tres primeros platos a elegir. Por su parte, la responsable de mesas, muy profesional, se acercaría de manera discreta en un par de ocasiones para preguntarnos si todo iba bien ¡Gracias desde aquí a su saber hacer y estar, como también sea esta extensivo nuestro agradecimiento a su firma comercial!

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Inicio del almuerzo

             En esto, y al objeto de amenizar el paso de los entremeses al primer plato, un comensal se levantó de su asiento y llamó la atención de los allí reunidos. Nuestras miradas se dirigieron a un hombre entrado en años, alto y de porte señorial. Chaqueta de pana marrón claro, corbata granate y camisa de a cuadros vestían a un hombre distinguido y de indiscutible elegancia en la pose, en el decir y en sus ademanes. Con una maestría asombrosa, ante el deleite de los invitados que escuchábamos una deliciosa y perfecta recitación, asistimos en primera persona a una perfecta improvisación de un extenso y emotivo poema. Se trataba del popularmente conocido en ambientes castrenses de la Legión como “Romance del feo”, texto rápidamente identificado por los allí presentes como un poema de Rafael de León, poeta sevillano. El improvisado juglar, que expresó a este plumilla ser conocido en este texto como “un viejo legionario”, no era otro sino un exultante y lleno de vida, General Coloma ¡Gracias, mi General!

         Este viejo legionario, con su contribución literaria, una vez cursaban a la par sus efectos festivos la cerveza y los vinos que regaban nuestra alma como las primeras lluvias del otoño llenan de vida los pastizales de las dehesas extremeñas, puso a la concurrencia al borde del éxtasis que provoca la grata compañía entre semejantes en sintonía plena.

Dos brindis por España se alternarían en el transcurso del almuerzo ya los que seguirían sonoros vivas por España.

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Brindis por España: ¡Viva España!

Se acercaba el broche de oro a unas horas que quedarán grabadas en las páginas de la nostalgia, en ese rincón de los gratos recuerdos… la presentación de un libro excepcional, un legado de valor incalculable por fijar en imágenes nuestro pasado más reciente.

Este acto, una vez superado su ecuador, ya se dibujaba en muchos de nosotros como el hito más significativo de una jornada entrañable, rotunda, perfecta, insuperable.

Una gran tarta San Marcos con un rótulo en chocolate que rezaba VIVA ESPAÑA se sirvió a los comensales, muchos de los cuales declinaron el cava por otro licor más acorde a su sentir y al propio acto que cerrábamos así con un broche de oro.

«Para la segunda edición del libro, que por cierto ya está al salir, tenemos que repetir esta presentación en Sevilla». Este fue el sentir mayoritario que expresábamos entre todos en la despedida, que sucedía pasadas las cinco de una tarde templada y soleada.

¡Gracias, Sevilla!

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