Hoy acabo de leer en las redes sociales un detalle que se nos ha pasado  relativamente inadvertido. Hace 6 meses murió Arturo Fernández, un grande del cine y el teatro español y un caballero que dejó huella en mucha gente. A Arturo le querían en toda España y siguió llenando los escenarios prácticamente hasta el final de sus días.

Era un grandísimo actor y ante todo una grandísima persona, querido por la gente, pero un actor maldito para el cine ideologizado.

Murió al pie del cañón, en silencio, de forma humilde y no le hicieron los homenajes que se merecen. Dieron la noticia en las televisiones porque no tenían más remedio que hacerlo, pero una vez se dio y algún pequeño reportaje nada más, silencio.

Arturo tenía un gran defecto: no era de izquierdas, algo imperdonable si se es actor. Que se lo digan a Garci, que tampoco goza del afecto del establisment progre, a pesar de su Oscar y su trayectoria y no fue ni siquiera nominado.

En la gala de los Goya, Arturo Fernández brilló, pero por su ausencia. Más allá de incluirlo por obligación en el in memoriam con el que la Academia recuerda a los actores fallecidos el año anterior ni una sola mención, lo cual dice mucho de la catadura moral de los organizadores y de aquellos que se han apropiado de los premios. Es su cortijo privado, un coto en el que solo se entra con carnet rojo.

Tras la muerte de Arturo Fernández, dijeron que moría el último galán español y estoy seguro de que es así. Moría con él una generación, la generación de nuestros abuelos, un mundo entrañable, que ya no volverá. Desaparece el encanto del gramófono, la radio de posguerra, el tocadiscos... ahora tenemos Operación Triunfo. 

A partir de ahora ya no habrá galanes, sino actores feministas por la igualdad. Todo lo que no sea feminismo es fascismo que hay que exterminar de una sociedad que ellas llaman demócrata. No buscan la igualdad sino el empoderamiento que someta al varón. Están ávidas de venganza y cuentan con la complicidad de los poderes fácticos, sumisos a su ideología.