Se cumplen 20 años del asesinato de Fernando Buesa por ETA.

Este domingo pasado el diario El Correo ha publicado un cuadernillo sobre la figura del que fue Secretario General de los socialistas alaveses, Diputado General de Alava, Consejero de Educación, y representante en diferentes instituciones como el Ayuntamiento de Vitoria, Parlamento Vasco, etc, siempre en el ámbito vasco. Leyendo esa crónica, francamente rigurosa y exquisitamente elaborada, se me saltaron las lágrimas y se me revolvieron las entrañas, pues todo lo que refleja el periódico yo lo viví y es el reflejo fiel de lo que sucedió, de la figura de Buesa y de las connotaciones de terror y acoso que se vivía en aquellos años.

 

Fernando Buesa era un socialista humanista que en poco tiene sus paralelos con los personajes que pululan por el socialismo actual, por no decir que en nada. Comparar a Buesa con Zapatero, Sánchez, Ábalos, la Mendía, y otros, pienso que es un verdadero insulto para la memoria de este socialista que provenía de Democracia Cristiana Vasca y que poco tenía que ver con radicalizaciones neomarxistas. Más bien nada.

Compartí con él diez años de dirección socialista en Alava, quizás por eso mismo, por su dimensión humana e intelectual. Las discrepancias que mantuve con Buesa en torno a su proyecto de pacto escolar y pacificación educativa me llevaron a distanciarme y a tener desencuentros que nunca llegaron al desafecto sino a la diferencia de criterio. Al final opté por irme del Partido apenas dos meses antes de su asesinato.

El tenía en su cabeza la idea de que había que resolver el tema educativo mediante el pacto con los nacionalistas y sus entramados de control social, para integrar a la red de ikastolas en la pública o en la privada concertada, según su elección. De lo contrario, la pública llamada trasferida tendría un futuro complicado. Y no se equivocaba en el diagnóstico.

Efectivamente los nacionalistas vascos tenían en sus esquemas estratégicos la idea de sustituir el sistema público transferido con las competencias educativas derivadas del Estatuto de Autonomía por otra red llamada EIKE, que era una red de ikastolas; y, por supuesto, la creación de unos cuerpos propios de profesorado que sustituyeran al llamado transferido con connotaciones peyorativas… los “n.a.s” (no adaptados al sistema), entre otros enfoques despectivos. El objetivo mimado por los nacionalistas fue y está siendo el tener un sistema educativo “nacional” vasco, basado en la inmersión lingüística total y un profesorado afín a las tesis nacionalistas. Evidentemente eso lo han logrado ya. Y lo han conseguido con las leyes que Fernando Buesa promovió mediante el consenso con el nacionalismo. El mismo Fernando Buesa se lamentaba de la imposibilidad de que los nacionalistas aceptaran unas premisas pactadas.

Los nacionalistas no han cambiando ni una coma de esas leyes que fueron la armazón jurídica creada por Buesa para reorganizar el sistema vasco educativo. Les ha servido para controlar hasta el milímetro un entramado educativo basado en el adoctrinamiento y en la formación del espíritu nacionalista. Evidentemente no acusaré a Buesa de ello. Probablemente no había otra forma de actuar en los esquemas de no intervención en la Autonomía Vasca para corregir sus disfunciones. No era su culpa. Simplemente los mimbres que había no servían para confeccionar el cesto. Era simplemente imposible. Pretender la paz y la armonía social con los nacionalistas es como esperar que una boñiga de caballo se parezca a un clavel.

Y ahí es donde llegaba mi discrepancia con Buesa. El creía en la necesidad del pacto y en la capacidad derivada de ese acuerdo para integrar el sistema, hacerlo armónico y pacificar un escenario dominado por la guerra educativa entre sectores. Viví convulsivamente ese ambiente y llegué a la conclusión de que era pedir peras al olmo. Me tocó ser Delegado Territorial de Educación en Alava y tuve que dimitir a los tres años porque era imposible desarrollar un proyecto de ajuste a la legalidad vigente aceptando las presiones que llegaban hasta hacer peligrar mi integridad física; porque aquello se parecía más a la guerra de Belfast que a una política educativa en el sentido estricto. Con los nacionalistas no cabe pacto alguno. Hay que combatirlos.

No obstante, tenía razón Buesa desde el plano teórico, y su diseño era totalmente elogiable, pero en lo que a mi entender se equivocaba es en la premisa de que el nacionalismo era, en un diálogo entre diferentes, una parte con la que se pudiera llegar a acuerdos fiables y que respondieran a lealtades institucionales. Ahí es donde pinchó en hueso. Y a los resultados me atengo.

De todas formas, eso no va en menoscabo de la figura preeminente que fue Fernando Buesa y a sus valores y capacidad política y de liderazgo que en nada tiene parangón con los políticos de la izquierda actuales, que son francamente lamentables.

Mi consideración de aquel asesinato es que por algo asesinaron a Buesa, y voy a plantear hipótesis probables:

1ª.- Era un objetivo fácil por las rutinas que seguía. La pregunta en este caso es por qué los responsables de Interior del Gobierno Vasco, que sabían ese detalle de su sistemática de costumbres no pusieron un operativo mejor formado que evitara ese riesgo; o por qué no convencieron al líder socialista para que cambiara sus costumbres y redujera así la posibilidad de ser asesinado junto a su escolta.

Voy a poner un ejemplo: la Policía Nacional puso a mi disposición un vehículo blindado con inhibidores de frecuencia y dos agentes que me protegían, desde el mismo momento en que se constató que yo era objetivo prioritario de ETA por mi representación del Foro Ermua. Y lo mismo a Iñaki Ezkerra, Agustín Ibarrola, y otros. ¿Por qué a Buesa no?

2ª.- Hipótesis, de que había que liquidar a un líder ampliamente aceptado en los sectores sociales vascos por su capacidad de gestión, su dedicación plena a resolver problemas y no a crearlos, sus aptitudes comunicativas, su personalidad reconocida de hombre de bien, y otras virtudes que le adornaban. Por esas condiciones personales Buesa tenía todos los ingredientes para liderar a amplia distancia de los demás personajes públicos del abanico político, la política vasca. Y por tanto había que quitárselo de en medio para evitarlo.

3ª.- Hipótesis, de que Fernando Buesa era el canal perfecto para introducir la racionalidad en la política vasca y permitir los puentes entre las diferentes opciones para normalizar la vida pública y someterla a criterios institucionales y de sujeción a la ley.

ETA había también atentado contra otras personalidades que abogaban por el diálogo, porque esa vía desestabilizaba las posibilidades de la revolución comunista que ETA auspiciaba a través de un terror que provenía en sus raíces de las milicias revolucionarias comunistas del 36, bajo el paradigma estalinista de que había que provocar la guerra para favorecer la revolución, planteamiento puramente leninista. Por tanto, para ello había que liquidar al mensajero de la paz.

4ª.- Hipótesis. En aquellas fechas previas a su asesinato Fernando Buesa endureció su discurso en sede parlamentaria, poniendo en relieve la atrocidad de la unidad estratégica del nacionalismo junto a ETA en el Pacto de Lizarra y sus connotaciones exacerbadas. Había que cortar esa vía de discurso como fuera, porque Buesa era demasiado líder y por tanto demasiado peligroso.

No sé cuál de esas hipótesis será la cierta, o si había una amalgama entre ellas, pero hay un hecho objetivo: En la movilización social de repulsa al asesinato de Buesa los nacionalistas fueron desplazados en autobuses a Vitoria, y lejos de sumarse a ella hicieron un movimiento paralelo en apoyo a su lehendakari, Ibarretxe, sojuzgado por la población por su actitud de contemporización con el mundo proetarra y por la unidad estratégica con los que abogaban por el exterminio de los obstáculos a las pretensiones secesionistas. El comportamiento de los nacionalistas, además de profundamente inmoral, pues aún estaba el cuerpo de Buesa caliente en su féretro, lejos de solidarizarse con la masa humana de gente indignada y conmocionada, fueron a lo suyo, a sus intereses, intentando ir a la contra. Fue algo vomitivo. Repugnante. Aún se me revuelven las vísceras al recordarlo. Y no lo digo yo solo. Lo contempla el reportaje de El Correo que reproduce fielmente la situación en aquel nefasto acontecimiento. Por algo sería. Ellos sabrán.

En cualquier caso, por no extenderme en exceso. Valgan estas líneas para homenajear a Buesa y al joven policía vasco que pagó los platos rotos de la falta de previsión de sus jefes en un operativo de protección que no iba en consonancia con los riesgos potenciales que tenía su protegido. Mis mejores recuerdos y homenaje hacia ambos dos.