La expedición del conquistador extremeño Hernando de Soto, a través de lo que hoy es el sur de los Estados Unidos, entre 1539 y 1544, es una de las mayores gestas hispánicas en el Nuevo Mundo. La expedición protagonizó una multitud de sucesos, aventuras y batallas dignos de una gran película. La mayor batalla contra los indígenas que afrontó fue la de Mauvila, cerca de la actual Mobile en el Estado de Alabama. Fue una enorme batalla entre 5000 conquistadores españoles y miles de indios.

El enorme número de bajas indias, que la convertiría según algunos historiadores en la mayor batalla de la historia de Norteamérica hasta la Guerra de Secesión ha sido muy cuestionado por los historiadores pero la experta historiadora norteamericana Sylvia L Hilton, la da por válida en su prólogo a la edición de 1986 de la obra de Garcilaso de la Vega teniendo en cuenta que la mayoría de las bajas indias se produjeron en el gran incendio que tuvo lugar.

 Esta es la narración de la misma que hace el cronista hispano peruano Garcilaso de la Vega (no confundir con el poeta toledano del mismo nombre) en su obra “La Florida del Inca”, convertida en la Crónica clásica de la expedición de Soto. Los españoles fueron emboscados por los indios en el poblado llamado Mauvila, engañados por la fingida amistad del cacique conocido como Tascaluza.

Donde se cuentan los sucesos de la batalla de Mauvila hasta el primer tercio de ella. Los pocos caballeros que pudieron subir en sus caballos, de los que salieron del pueblo, con otros pocos que habían llegado de camino, descuidados de hallar batalla tan cruel, juntándose todos arremetieron a resistir el ímpetu y furia con que los indios perseguían a los españoles que peleaban a pie, los cuales, por mucho que se esforzaban, no podían hacer que los indios no los llevasen retirando por el llano adelante hasta que vieron arremeter los caballos contra ellos. Entonces se detuvieron algún tanto y dieron lugar a que los nuestros se recogiesen, y hechos dos cuadrillas, una de infantes y otra de caballos arremetieron a ellos con tanto coraje y vergüenza de la afrenta pasada que no pararon hasta volverlos a encerrar en el pueblo. Y, queriendo entrar dentro, fue tanta la flecha y piedra que de la cerca y de sus troneras llovió sobre ellos que les convino apartarse de ella.

Los indios, viéndolos retirar, salieron con el mismo ímpetu que la primera vez, Unos por la puerta y otros derribándose por la cerca abajo, cerraron con los nuestros temerariamente hasta asirse de las lanzas de los caballeros y, mal que les pesó, los llevaron retirando más de 200 pasos lejos de la cerca.

Los españoles, como se ha dicho, se retiraban sin volver las espaldas peleando con todo concierto y buena orden, porque en ella consistía la salud de ellos, que eran pocos, y faltaban los que más habían quedado en la retaguardia, la cuál aún no había llegado.

Luego cargaron los nuestros sobre los enemigos y los retiraron hasta el pueblo, más de la cerca les hacían grande ofensa, por lo cual vinieron a entender que les estaban mejor pelear en el llano, lejos del pueblo, que cerca de él. Y así de allí en adelante, cuando se retiraban de industria más tierra de la que los indios les forzaban a perder por alejarlos del pueblo para que en la retirada de ellos tuviesen los caballeros más campo y lugar donde poderlos alancear. De esta suerte, acometiendo y retirándose ya los unos, ya los otros, a manera de juego de cañas, aunque en la batalla muy cruel y sangrienta, y otras veces a pie quedo, pelearon indios y españoles 3 horas de tiempo con muertes y heridas que unos a otros se daban rabiosamente.

Muchas heridas y muertes hubo en esta porfiada batalla, más la que mayor lástima y dolor causó a los españoles fue la de Don Carlos Enriquez, caballero natural de Jerez de Badajoz, casado con una sobrina del gobernador y por su mucha virtud y afabilidad, querido y amado de todos. Este caballero, desde el principio de la batalla, en todas las arremetidas y retiradas había peleado como muy valiente caballero y habiendo sacado de la última retirada herido el caballo de una flecha, la cual traía hincada por un lado del pecho encima del pretal, para habérsela de sacar pasó la lanza de la mano derecha a la izquierda, y asiendo de la flecha, tiró de ella tendiendo el cuerpo a la larga por el cuello del caballo adelante y haciendo fuerza, torció un poco la cabeza sobre el hombro izquierdo de manera que descubrió en tal mala vez la garganta. A este punto cayó una flecha desmandada con un arpón de pedernal y acertó a darle en lo poco de la garganta que tenía descubierta y desarmada, que todo lo demás del cuerpo estaba muy bien armado y se la cortó de manera que el pobre caballero cayó del caballo abajo degollado, aunque no murió hasta el otro día. Con semejantes sucesos, propios de las batallas peleaban indios y castellanos con mucha mortandad de ambas partes, aunque por no traer armas defensivas era mayor la de los indios. Los cuáles habiendo peleado más de 3 horas en el llano, reconociendo que les iba mal pelear en el campo raso por el daño que los caballos les hacían, acordaron retirarse todos al pueblo y cerraron las puertas, poniéndose en la muralla.

El gobernador, viendo los indios encerrados, mandó que todos los de a caballo por ser gente más bien armada que los infantes, se apeasen y tomando rodelas para su defensa y hachas para romper las puertas, que traían consigo, acometiesen al pueblo y como valientes españoles hiciesen lo que pudiesen por ganarlo.

Luego en un punto, se formó un escuadrón de 200 caballeros que arremetieron con la puerta y a golpe de hacha la rompieron y entraron por ella.

Otros españoles, no pudiendo entrar por la puerta por ser angosta, daban con las hachas grandes golpes en la cerca y derribaban la mezcla de barro y paja que por cima tenía y descubrían las vigas. Por ellas, ayudándose unos a otros, subían sobre la cerca y entraban en el pueblo en socorro de los suyos.

Los indios, viendo los castellanos dentro del pueblo, que ellos tenían por inexpugnable y que lo iban ganando, peleaban con ánimo de desesperados así en las calles como de las azoteas que había de donde hacían mucho daño a los cristianos. Los cuales, por defenderse de los que peleaban de los terrados y por asegurarse de que no les ofendiese por las espaldas y también porque los indios no les volviesen a ganar las casas que ellos iban ganando, acordaron pegarles fuego. Así lo pusieron por la obra y como ellas fuesen de paja, en un punto se levantó grandísima llama y humo que ayudó a la mucha sangre, heridas, mortandad que en un pueblo tan pequeño había.

Los indios acometieron entonces la casa señalada para el servicio y recámara del gobernador. Más en la casa hallaron buena defensa porque había dentro 3 ballesteros y 5 alabarderos de la guarda del gobernador y un indio amigo y fiel criado. También se pusieron en defensa 2 sacerdotes, 1 clérigo, 1 fraile y 1 esclavo. Pelearon tan animosamente que no pudieron los enemigos ganarles la puerta. Los ballesteros y el indio flechero lo hicieron también que derribaron muertos o malheridos a todos los que se atrevieron a entrar por lo destechado. Finalmente quedaron libres los de la casa dando gracias a Dios que los hubiera librado de tanto peligro.

Ya hacía más de 4 horas que sin cesar peleaban los indios y los castellanos matándose unos a otros. Los indios en lugar de rendirse peleaban con mayor ansia por matar a los españoles y ellos, viendo pertinacia y rabia de los indios, los herían y mataban sin piedad alguna.

El fuego que se opuso a las casas iba creciendo por momentos y hacía mucho daño a los indios porque eran muchos y no podían pelear en todas las calles y plazas porque no cabían en ellas, peleaban en terrados y azoteas y allí los cogía el fuego y los quemaba o huyendo de él se despeñaban.

También las casas se quemaban y muchas mujeres se ahogaban con el fuego y el humo. En las calles el viento calmaba la llama unas veces a favor de los indios y otras de los españoles. Duró la pelea hasta las 4 de la tarde habiendo pasando 7 horas. También las mujeres atacaron a los españoles con espadas arcos y flechas, empero los españoles viendo que las indias lo hacían con más deseo de morir que de vencer se abstenían de matarlas y herirlas y también miraban que eran mujeres.

Entretanto que duraba esta larga y porfiada batalla, las trompetas, pífanos y tambores no cesaban de tocar arma con gran instancia para que los españoles que habían quedado en la retaguardia se dieran prisa a venir al socorro de los suyos.

No fue menos sangrienta la batalla que hubo en el campo porque los indios reconociendo que por ser el lugar estrecho no podían aprovecharse de su ligereza, acordaron muchos de ellos salir al campo donde pelearon con buen ánimo y esfuerzo. Más en poco tiempo reconocieron que el consejo les salía mal, porque si aventajaban con su ligereza a los españoles de a pie, los de a caballo les eran superiores y los alanceaban en el campo a toda su voluntad porque estos indios no usan de picas (aunque las tienen) que son la defensa contra los caballos, porque no tienen sufrimiento para esperar que el enemigo llegue a golpe de pica, sino que quieren tenerlo asaetado y lleno de flechas antes que llegue a ellos con buen trecho y esta es la causa principal porque usan más del arco y flechas que de otra arma alguna. Y así murieron muy muchos en el campo, mal aconsejados de su ferocidad y vana presunción.

Los españoles de la retaguardia, caballeros e infantes, llegaron y todos arremetieron a los indios que en el campo andaban peleando y después de haber batallado gran espacio de tiempo, los desbarataron y mataron los más de ellos. Algunos escaparon con la huida.

Entrando pues ahora muchos caballeros en el pueblo se dividieron por las calles. 10 o 12 caballeros entraron por la calle principal donde la batalla era más feroz y sangrienta y tomándolos por las espaldas, los rompieron con más facilidad y pasaron por ellos con tanta furia que a vueltas de los indios derribaron muchos españoles que pie a pie peleaban con los enemigos, los cuáles murieron todos, que ninguno quiso rendirse ni dar las armas sino morir con ellas peleando como buenos soldados.

Este fue el postrer encuentro de la batalla con que acabaron de vencer los españoles al tiempo que el sol se ponía, habiéndose peleado de ambas partes 9 horas de tiempo sin cesar y fue día del bienaventurado San Lucas Evangelista, año de 1540. Y este mismo día aunque muchos años después se escribió la redacción de ella.

El número de los indios que en este rompimiento perecieron a hierro y a fuego se entendió que pasó de 11.000 personas, porque alrededor del pueblo quedaron tendidos más de 2500 hombres. Y entre ellos hallaron a Tascaluza el mozo, hijo del cacique. Dentro del pueblo murieron a hierro más de 3000 indios, que las calles no se podían andar de cuerpos muertos. El fuego consumió en las casas más de 3500 ánimas porque en una sola casa se quemaron 1000 personas.

4 leguas en circuito, en los montes, arroyos y quebrados no hallaban los españoles sino indios muertos y heridos en número de 2000 personas, que era lástima hallarlos por los montes sin remedio alguno.

En la batalla fallecieron 47 españoles, de los cuáles 18 heridos de flecha en ojos y boca que lo indios sintiéndoles armados los cuerpos les tiraban al rostro. Murieron 13 españoles más por no haberse podido curar, pereciendo después otros 22 cristianos por el mal recaudo de curas y médicos. De esta manera podemos decir que murieron en esta batalla de Mauvila 82 españoles, junto con 45 caballos que no fueron menos llorados que los mismos compañeros, porque veían que en ellos consistía la mayor fuerza de su ejército. Se halló por cuenta que hubo 1700 heridos de cura. Y llamaban heridas de cura a las que eran peligrosas y que era forzoso que las curase el cirujano.