No es la primera vez, ni será la última. La sentencia por la que prácticamente se absuelve al cobarde y repugnante asesino de Víctor Laínez no sólo es injusta, torticera y prevaricadora, sino que es aún peor.

 

Hemos contemplado a un criminal inhumano transformado en persona, al menos en su vestimenta, por arte de birlibirloque de su abogado, con una sonrisa de oreja a oreja, tranquilo, incluso audaz en sus gestos y miradas; ¿por qué? Hemos visto como los medios del régimen, que lo son el noventa por ciento, cómo el aparato de agit-prop que adoctrina y dirige con mano de hierro en guante de seda el pensamiento de los españoles, ha pasado de puntillas sobre el caso después, eso sí, de haber puesto en su momento a la víctima de vuelta y media. Hemos contemplado cómo el régimen ha hecho alarde de su fuerza impositiva y totalitaria. Veremos cómo un criminal convicto y confeso va a quedar en libertad en primavera. Pero con ser todo ello malo, aún hay algo peor.

 

La sentencia sobre el mal denominado “crimen de los tirantes” completa, sólo por ahora, una serie de otras que la han precedido: la que autorizó la profanación de los restos del Caudillo, la que ha bendecido la rebelión revolucionaria en Cataluña y la que ha respaldado el robo de los ERE,s en Andalucía. Todas ellas, evidentemente nefastas, y contra las que sólo algunos han gritado, no sólo es que sean prevaricadoras, injustas y torticeras, sino peor, mucho peor.

 

Lo grave de todas es su denominador común que no es otro que constituir mensajes de impunidad. Sí, así es, y mensajes de impunidad premeditados y alevosos; alguno incluso con nocturnidad. Mensajes de impunidad dirigidos a los propios, a las milicias del régimen, a los marxistas revolucionarios de todo pelaje: socialistas, comunistas/podemitas y secesionistas, de que pueden estar tranquilos, de que el sistema judicial ante el que antes o después sus actividades revolucionarias les van a llevar a comparecer está, no sólo corrupto, no, sino mejor aún, mucho mejor: en sus manos, o sea, en manos de sus dirigentes, de sus estructuras partidistas y revolucionarias, lo que les asegura la impunidad en su labor subversiva que es esencial y obligatoriamente ilegal. ¡Hasta dónde nos ha llevado nuestra pasividad casi sin darnos cuenta!

 

El problema no es realmente, como algunos ingenuos apuntan, que la corrupción del sistema judicial –última ratio una vez que la armada es imposible porque los que tienen tal obligación incluso constitucional han renunciado a ejercerla-- socava el Estado de Derecho, no, sino que además, dicho sistema está ya en manos de la Revolución que asola España, que derruyendo el que pudo ser régimen democrático del 78, hoy más que quebrado, y al igual que lo hizo con la II República, camina, como entonces, a su verdadero y original fin que es la imposición de un régimen marxista totalitario idéntico, aunque actualizado en las formas, al de aquella III República socialista/soviética/revolucionaria que oprimió a medias España durante casi tres años.

 

No, no sólo es corrupción lo que ocurre con el sistema judicial español, es peor, mucho peor, está ya al servicio de la revolución que nos destruye. Comparen sentencias. Comparen la de este caso con la de Josué, aquel chico perseguido por una cuadrilla de energúmenos marxistas –vean los videos si aún existen-- que sólo se defendió y que se pudre en la cárcel por ser “de los otros”. Comparen con la de los ingenuos falangistas de Blanquerna. Comparen con…

 

Así pues, nuevo mensaje de impunidad y… aviso a navegantes “de los otros”; sean demócratas o no.

 

Un telón de acero, una losa de granito, caen sobre España. ¿Qué eso no podía suceder aquí?

 

Paco Bendala