Hoy, España, parece indefensa ante los ataques que está recibiendo desde dentro a sus instituciones representativas, a su integridad, su cohesión, su sentido histórico, su cultura y, en definitiva, su identidad. Podrá argüirse que la idea de España no deja de ser una idea, una abstracción, apoyada en símbolos como la bandera. Decía José Luis Rodríguez Zapatero, el padre de todos los males de la Patria que hoy nos asolan desde diversos frentes, cuando hacía la infame cesión del Estatut a los catalanistas que "La nación es un concepto discutido y discutible". Lo que subyace a este disparate es el relativismo entendido a la posmodernista manera. Vale tanto para una nación histórica, con sus poblaciones autóctonas, como para el sexo biológico, con los individuos.  De la Polis al último de sus plebeyos, todo es tan fluido como nuestra subjetividad desee abarcar.

 

Y aunque la realidad se encargará de contradecirnos, lo hará cuando sea demasiado tarde, lo que convierte el fenómeno de la demagogia relativista en más peligroso que una flatulencia mental de un bobo con ínfulas. Las ideas tienen consecuencias, como señala Richard M. Weaver. Pero en demasiadas ocasiones dichas "malas" ideas tienen dos consecuencias: las inmediatas y las retardadas, las primeras inocuas o incluso positivas, las segundas negativas, yendo desde los daños colaterales a la catástrofe total.

Por otro lado tenemos un fenómeno muy bien estudiado en el Dilema del Tranvía, estudiado por los psicólogos morales, que explicaría cómo personas con cargos de alta responsabilidad que han de tomar decisiones trascendentes, lo hacen con todo tipo de facilidades y sin mancharse directamente las manos, o lavárselas como Poncio Pilatos. Pero para ello hemos de exponer brevemente el Dilema del Tranvía y sus consecuencias lógicas en Política.

Según éste dilema, ideado por Phillippa Foot, un tranvía sin frenos se dirige a toda velocidad por una vía hacia cinco operarios que trabajan en ella, que no se percatarán de su presencia hasta que sea demasiado tarde. Hay un observador, usted, y hay un cambio de agujas que permitiría desviar el Tranvía por una vía secundaria que conduciría a otro operario, que trabaja en ésa otra vía en solitario. Si se acciona dicho cambio de agujas muere una persona y si uno permanece impasible, mueren cinco. Y usted no conoce de nada de esas personas, no puede decidir en base a criterios de amistad, de familia, de clase, raciales, culturales, sexuales o lo que quieran inventarse algunos para justificar el mayor valor de unas vidas frente a otras. Es un simple 5 a 1.

Pues bien, en esta primera y aterradora versión del Dilema del Tranvía, lo que la mayoría de las decenas de miles de entrevistados en todo el mundo, miembros de distintas etnias, razas y religiones, hacían, era optar por accionar la aguja. No podían permanecer impasibles ante la muerte de cinco personas, aunque ello supusiese el sacrificio de una.

La segunda versión del dilema, planteada por Judith Jarvis Thomson, implica a un observador, usted, sobre un lugar elevado, pongamos un puente. A su lado hay un señor muy gordo zampándose un bocata en su rato de asueto. En esta ocasión, tiene la certeza de que un gran peso obstaculizaría el avance del tren. La decisión a tomar es si empujar al señor obeso delante del Tranvía desbocado y salvar a los cinco operarios o quedarse quieto. Y la gran mayoría de las decenas de miles de aquellos a quienes se les planteo este dilema se resistían a empujar al señor gordo. Y el balance numérico seguía siendo el mismo: 5 vidas salvadas frente a una perdida. Pero es comprensible, reflexionando sobre ello, que no quisieran hacer el 5 a 1, pues existe una sutil diferencia respecto al primer dilema: no es lo mismo mover una palanca que empujar a una persona a una muerte segura. En el primer dilema sentimos que decidimos impersonalmente, en el segundo sentimos que cometemos un asesinato, ni más ni menos.

¿Y qué tiene que ver esto con la política, se preguntarán algunos? Pues que las ideas, allá en lo alto, entre supervisadores de nubes, tienen consecuencias acá abajo, en nuestros bolsillos, en nuestras libertades, en nuestras familias y en nuestras sociedades. El Gobierno es una sala de máquinas llena de pantallas y de palancas. Hay unos cuantos lumbreras sentados en mesas laterales de la sala haciendo cuentas de 2+2= 5, muy al estilo Orwelliano, y aconsejan tirar de una u otra palanca. Y, para colmo, la mayor parte de los resultados se producen, como antes señalábamos, con retardo, de forma que nadie puede relacionar de forma precisa lo que sucede en esa sala siniestra y el deterioro progresivo e imparable en la sociedad civil.

Al margen de valoraciones sobre el grado de cinismo, ausencia de empatía, malevolencia, egoísmo, nepotismo, amiguismo etc de quienes gobiernan España hemos pues de hacernos estas otras consideraciones, nosotros, los protagonistas de los dilemas que deben tomar decisiones diarias con consecuencias inmediatas, y otras más a largo plazo pero que conllevan la puesta en marcha de una maquinaria que no vamos a poder parar fácilmente en cuatro años (un Tranvía desbocado), como la del voto.

Debemos tomar conciencia de la complejidad del problema. Los demagogos saben manejar la opinión y condicionar la decisión apelando a emociones básicas, que se activan como se activaría la de mover una palanca o empujar/no empujar a una persona. Pero una vez toman el poder, bien por ignorancia supina bien adoctrinada, bien por un maquiavelismo psicópata, tratarán de llevar sus ideas a la práctica a través de la gran maquinaria del Estado, y todos sufriremos las consecuencias, hayámosles votado o no.