Demóstenes - 1 febrero 2020
El texto que a continuación podrán leer, si así lo desean, fue mecanografiado por un Maestro de Escuela español en 1945. En él se puede apreciar el espíritu que imperaba en nuestra nación por aquel entonces entre muchos de los responsables de la enseñanza que, fieles al Régimen, loaban sus logros, y fieles a la enseñanza católica que era obligada en la Escuela, que pocos impartían desde un disimulo descreído, transmitían los valores cristianos a los alumnos. 
 
Hay que comprender bien el contexto histórico en el que hemos de situarnos. Este escrito es un viaje en el tiempo, a un lugar en medio de la eternidad y la historia que, aunque cercano, ha sido borrado de la memoria de los españoles salvo en sus aspectos más política o religiosamente destacables, que hemos señalado: el amor a la Patria, las loas al Gobierno de entonces, y, muy particularmente, el sentimiento religioso profundo asociado a unos valores y creencias que se trataban de transmitir.
 
Para el lector avezado, que sepa leer entre las líneas de estas breves reflexiones de un Maestro de Escuela, hay un mensaje claro de amor a la infancia, de deseo de mejora de su situación material, y de reconciliación, de superación de los odios y rencores acumulados durante la guerra civil. 
 
El autor de estas reflexiones tenía una clara vocación docente y de servicio a la comunidad.
 
Lean, valoren, y comparen con la situación actual en los Colegios Públicos, con la pedagogía moderna, con los afanes del actual Gobierno de transmitir también su mensaje, y sí, comparen los mensajes que tratan de transmitir ahora desde lo alto del poder con los que un humilde Maestro de Escuela del Franquismo trataba de transmitir a sus alumnos.   
 
Les dejo con él, mi abuelo.  
 
 
 
 

La ola materialista y atea que invadió nuestra Patria en los años precursores del Glorioso Alzamiento Nacional, causó en Medellín, pueblo donde ejerzo mi profesión, estragos aterradores. Apenas iniciada la contienda, Medellín pasó a ser frente pacífico de guerra en la zona roja. Con ese motivo, recibió en aluvión, no solamente las primeras milicias completamente desorganizadas y sin control de clase alguna, sino también los más exaltados y comprometidos elementos que huían de otros pueblos ocupados por las Fuerzas Nacionales. Los desórdenes y atropellos se sucedieron por momentos; la propaganda activista, organización de pioneros, amigos de Rusia, fiscalización de vidas y haciendas, etc., etc., produjeron el más repugnante desenfreno moral de la juventud y un caos social espantoso. Cerráronse las escuelas, los Maestros fuimos destituidos, los niños perdido el control familiar y rotos los lazos que con ellos nos unían, se familiarizaron con aquel ambiente de odio, de satánica persecución religiosa y de befas y escarnios para la Patria, cuyo bendito nombre sólo se pronunciaba para infamarla.

Un año después Medellín es evacuado violentamente. Los moradores abandonan su hogar, maltrechos, con desesperación unos, con odio contenido los demás. Muchos niños se separaron de su familia y vivieron los ambientes más descreídos y antipatrióticos.

Por fin cuando merced a la operación llamada "Bolsa de la Serena", fue liberado, sus vecinos comenzaron a regresar encontrando en lo que fueron sus hogares sólo destrozos y escombros. La situación era angustiosa; sin dinero casi, con la despensa vacía, sin aperos de labor, sin caballerías, sin semillas para siembra y con los campos, unos arrasados por el fuego y otros con enormes pastizales.

Tal era a grandes rasgos, el cuadro material y moral que Medellín ofrecía cuando en octubre de mil novecientos treinta y ocho, volví nuevamente a hacerme cargo de mi escuela, cuadro que, si aún no podemos decir que continua, sí podemos asegurar que evoluciona lentamente, ya que una conmoción de esta índole, que tanto daño material produjo y tantísimos recelos creó entre el vecindario, sólo a fuerza de tiempo y de constancia sería posible superarla.

Ya tomé posesión de mi escuela, pero ¡qué contraste entre la escuela de la que fui despedido en mil novecientos treinta y seis por el Gobernador rojo y la que ahora se me confía! ¡qué cambio en los niños! Aquellos seres, en otro tiempo candorosos, confiados y alegres, muéstrense ahora tímidos, reconcentrados, hipócritas; reflejan en su semblante la tragedia de sus hogares: miedo, miseria, desengaños... Estos niños difíciles de los que parecía haber huido para siempre la alegría, me escuchan con atención, pero ésta no me convence; me son obedientes y sumisos, pero su disciplina dista mucho de la que yo ansío para mi escuela. Me doy cuenta de mi papel. Hay que operar sobre el alma de estos niños.

Ante todo, tenía que llevar a su convencimiento la demostración de mi cariño y que ellos la transmitieran a sus padres.

Tenía que ganarme la confianza y el afecto de todos; era preciso que, en aquel ambiente de pasiones encontradas, de venganzas y temores, la figura del Maestro se alzase incontaminada como símbolo de amor, de comprensión y de armonía. Con este pensamiento por norma, di al olvido mis pasadas amarguras y traté de ponerme a la altura de mi misión, concediendo por amor profesional del perdón que ya había otorgado por amor cristiano.

En locales improvisados, sin otro material que un encerado, una pizarra, unos bancos de madera y ningún libro, comencé mi labor. Tuve necesidad de poner en juego todo mi ingenio, echar mano de todos mis recursos para ir ganando el corazón de aquellos niños, que no parecían tales. El campo me ofreció amplísimo material para explicarles mil cosas ajenas a las pasiones de los hombres y despertar en ellos sentimientos patrios y de alabanzas al Creador. ¡Qué rico caudal de sugerencias despierta el aprendizaje de la geografía e historia de nuestro pueblo! ¡con qué curiosidad los niños me preguntaban sobre la vida de animales y plantas y sobre los variadísimos fenómenos de la naturaleza circundante! Y con que interés escuchaban mis explicaciones, siempre referidas a dos puntos que me fijé como norte y guía, como ideal supremo y meta final de mis propósitos: el amor a Dios y el amor a España.

 

Allí, en plena naturaleza, aprendieron a rezar y escucharon quizás las explicaciones más emotivas que hubiesen salido de mis labios sobre la existencia y el poder de Dios, la creación del hombre, la existencia del alma y sus medios de salvación. Allí también, unas veces, ante la estatua de Hernán Cortés, hijo ilustre de este pueblo, y otras, junto a los muros de su castillo, restos de murallas romanas o bajo las arcadas de su grandioso puente, desfilaron los personajes más notables de nuestra historia y nos dio motivos para hablar de otros momentos artísticos y obras grandiosas ejecutadas por españoles de otros tiempos. Y ¡oh, poder misterioso del amor! ¡oh, fuerza sugestiva y atrayente de la naturaleza! Ambas conjuntamente obraron el milagro. Aquellos niños raros, anómalos, empezaron a quererme y a contarme sus cuitas, me abrieron de par en par las puertas de sus almas y volví otra vez, mejor quizá que en el año mil novecientos treinta y seis a conocerles, a adueñarme de sus corazones y a verter sobre ellos palabras de amor, de optimismo y de alegría. Volví nuevamente a ser maestro.

 

La enseñanza de la lectura, escritura y contabilidad, se hacía, por falta de otro material, en el encerado y las pizarras, teniendo clasificados a los niños, de una manera harto convencional según las circunstancias especiales del momento.

Expuestas las anteriores consideraciones como preámbulo y explicación del medio ambiente en el que me muevo, paso a describir mi escuela tal y como ella es en la actualidad, su funcionalidad y las observaciones que la experiencia me han hecho notar.

Es mi escuela la unitaria nº1 de Medellín instalada en un edificio adaptado para tal fin, propiedad del Ayuntamiento. En el mismo edificio y con absoluta independencia en cuanto a la entrada, se hallan también otras tres escuelas, Casa Consistorial y Cuartel de la Guardia Civil. Carece de dependencias y su sala de clase está orientada al Este, en cuya fachada tiene además de la puerta de entrada con cristales, otras dos ventanas de buenas dimensiones, que hacen que la iluminación sea suficiente. En la pared opuesta, sólo existe una puerta con cristales de acceso a un pequeñísimo e inservible patio donde se encuentra el retrete común de escuelas y cuartel. Su forma es rectangular de doce metros de largo por cinco de ancho y cuatro y medio de altura, capacidad más que suficiente para albergar a los cuarenta niños que aproximadamente componen la matrícula escolar.

El material fijo es anticuado y deficiente; las mesas en su mayoría bipersonales, sólo tienen cabida para treinta niños, el resto de los que asisten han de sentarse de forma que haya tres en cada mesa de dos plazas o en un banco largo e inservible.

La matrícula viene oscilando entre cuarenta o cuarenta y cinco niños y la asistencia es sumamente irregular. Mis esfuerzos por mejorarla resultan en muchos casos infructuosos. No es sólo la incultura de algunos padres que no llegan a comprender ni llegar a interesarse como debieran, por la educación de sus hijos, sino el ambiente de pobreza material en que viven gran número de escolares, con frecuencia, al preguntar por ellos, los padres me dicen y yo lo compruebo "han tenido que esperar el pan para comer y ya era tarde", "no tienen ropa", "están tan sucios" y otras razones análogas. Ante esto, poco o nada valen mis argumentos. No obstante, tolerando, con constancia, haciendo atrayente la escuela y buscando las simpatías paternas para lo que me da ocasión excelente mi condición de Corresponsal del Subsidio Familiar, algo consigo, pero a base de los pequeños, pues en cuanto pasan de los diez años, empiezan a trabajar con sus padres y son tantas las faltas, que la vida escolar puede darse virtualmente por terminada. Una ilusión queda para conjurar este mal, la promesa que nuestra Ley de Primera Enseñanza hace de que el Estado español se compromete a proporcionar a los niños pobres la alimentación y el vestido para que puedan acudir a la escuela. ¡Magnífica solución! En ella pongo mi esperanza.

El criterio que he adoptado para la clasificación de los alumnos, es atender a su capacidad y grado de cultura, sirviéndome de pauta la lectura y el cálculo. Tengo establecidos tres grupos lo más homogéneos posible que denomino primero, segundo y tercero en orden ascendente.

El primero comprende los niños desde su iniciación hasta que conocen el mecanismo de la lectura y escritura de números, suma y resta hasta la centena y hacen una lectura silábica. Son los que leen en la primera y segunda parte del método "Rayas" adoptado en la escuela.

El segundo grupo lee y escribe toda clase de números enteros y maneja perfectamente todas las operaciones hasta la división por una cifra. Lectura entre la silábica y corriente.

Lo niños que han superado estos conocimientos están incluidos en el grupo tercero.

Acostumbro a entrar en la escuela unos minutos antes que los niños, para ordenar la clase (preparar el material, escribir en el encerado los modelos de escrituras, los enunciados de los problemas, etc.) con el fin de atender lo mejor posible a la entrada de los niños y su instalación. Doy mucha importancia en orden a la disciplina, a la seriedad y compostura con que los niños entran en la escuela con la invocación del Ave María, saludan al Maestro y se instalan en sus sitios. Acomodados en la clase, me atengo escrupulosamente a la pauta marcada en mi cuaderno de preparación de lecciones al que concedo importancia extraordinaria y al que dedico quince o veinte minutos diarios. En él se compendian todas mis iniciativas pedagógicas y todo el proceso formativo de mi escuela. Este cuaderno está en íntima correspondencia con el cuaderno personal del niño, que dicho sea en honor a la verdad, no se lleva en mi escuela con la pulcritud y en las condiciones que yo deseara y que ya he conseguido en otras ocasiones en que las circunstancias me fueron más favorables.

Con frecuencia los modelos de escritura que pongo en el encerado, son máximas morales o pensamientos educativos sobre los que creo conveniente llamar la atención de los niños, a los que dedico, en los primeros momentos de la clase de por la tarde y como cosa incidental, un breve y sugestivo comentario.

Por la tarde al terminar de pasar lista y como medio de disciplinar la voluntad, ordeno, reloj en mano, un minuto de quietud y silencio absoluto. Acto seguido, se recoge el material, se hace la oración de salida, entonan el Himno Nacional y los niños desalojan las clases en perfecto orden, saliendo en fila de a uno.

Tal es en líneas generales la organización y marcha regular de mi escuela. Sólo me resta para terminar esta Memoria, decir algo de su contenido espiritual, móviles que persigo y espíritu vivificante que la anima.

La vida y el alma de mi escuela, la inspiración de todo mi hacer escolar tienen por norte y guía, los dos grandes ideales que nos marca la Ley de Bases de Primera Enseñanza recientemente aprobada por las Cortes: el amor a Dios y el amor a la Patria. Ellos son, por decirlo así, los polos magnéticos sobre que giran todas mis explicaciones, hasta el punto de no existir en el horario, un casillero que los encaje. Todas las materias, todo el hacer escolar, se orienta a conseguir que el ambiente total de la escuela se esture del aroma embriagador de tan hermosos amores. Para ello, pongo mis mayores empeños, en llevar en conocimiento de mis discípulos, la historia viva de nuestro pueblo, sus grandiosos hechos, sus hermosas tradiciones y las obras principales de sus geniales artistas; en inculcarles las altas virtudes de fe y heroísmo que constituyen nuestra razón de ser y que nos han dado personalidad en la Historia.

En cuanto al sentimiento religioso, pongo mis ojos en aquellos tiempos en que España era el eje espiritual del mundo, por la ciencia de sus tecnólogos y la concienzuda formación religiosa del pueblo español, que fueron base de su grandeza y determinante exclusivo de su misión histórica.

Con estos santos amores por guía y bajo la mirada de sus símbolos más representativos: la imagen del Redentor y la figura del Jefe del Estado, que la presiden y orientan, aspiro, a que la escuela que regento, sea la escuela nacional cristiana y española donde se formen las almas de Dios y ciudadanos laboriosos, que, en su día, honren y enaltezcan España.

 
Antonio Romero Tapia
Medellín, 3 de septiembre de 1.945  

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