Los espectadores de Eyes Wide Shut suelen decir que es “rara”, “extraña” o “perturbadora”. Hay quienes la encuentran “aburrida”, “una obra menor” o, sencillamente, “fallida”. A mí, sobra decirlo a estas alturas, me parece una obra maestra precisamente porque es tan desconcertante e hipnótica como el más cautivador de los sueños y, a diferencia de otras películas de su director, carece de una interpretación lineal o cerrada. La —larga— recapitulación anterior no quiere cerrar ninguna interpretación sino que sólo pretende recopilar posibles formas de aproximarse a la película para mostrar con más profundidad de la que ofrece un único y fugaz visionado la variedad y la vastedad de la obra póstuma de ese genio llamado Stanley Kubrick. Eyes Wide Shut es la mejor película de Kubrick junto a 2001, El Resplandor y Barry Lyndon. Kubrick dejaría una firme escuela con autores como PT Anderson, Steven Soderberg, Sam Esmail, Wes Anderson o Yorgos Lanthimos, entre otros.

Ángel Faretta le critica —con razón si vemos 2001— a Kubrick ser un director alegórico. Pero Eyes Wide Shut es su película más simbólica puesto que muchas veces el significado último queda abierto a sucesivas interpretaciones. La célebre conversación final en la juguetería representa un amor real y un matrimonio herido que decide seguir adelante porque cree que los acontecimientos de una noche no pueden derrumbar el proyecto de una vida, que es la pregunta que todo aquel que ha recibido una infidelidad o que la ha cometido para arrepentirse después sabe que debe hacerse. Incluso cuando todo ha sido un sueño o una simple fantasía, puesto que no siempre diferenciamos la realidad de los que están despiertos de la realidad de los que permanecen dormidos El título está compuesto por un juego de palabras con la expresión “ojos bien abiertos”: es una invitación a abrir los ojos. En esa conversación final, ella le dice casi de forma literal que la palabra forever (“para siempre”) es una palabra que nunca debería aplicarse al amor (ni, seguramente, a nada de lo que es humano).

Los hombres buscan un solo ideal, el eterno femenino, encarnado en distintas mujeres (lo que queda reforzado por las distintas mujeres enmascaradas o muy parecidas que aparecen en la película). En la discusión después de la fiesta, él se muestra más racional y ella más emocional; aunque luego ella lleve la situación con mucho más dominio de sí y él quede atrapado en una fantasía. En esa misma discusión, ella se ríe con todo el cuerpo, mueve las piernas en un tímido y sensual roce, pasa del grito al susurro mientras que él permanece mucho más estático, actuando de forma cerebral pero incapaz de dominar la cascada interior de emociones. Todo el cuerpo de la mujer es sexual; mientras que en el hombre la sexualidad es un apéndice. El hombre se corre con una parte de su cuerpo, el pene, mientras que la mujer tiene al menos dos tipos de orgasmos y de orificios sexuales, y al correrse lo hace con todo el cuerpo. El hombre eyacula con los ojos abiertos y la mujer “se va” con los ojos cerrados. Son diferencias fundamentales para entender que hay dos formas de entender la sexualidad y que Kubrick pretende avanzar hacia una síntesis. A este respecto, cabe recordar el papel de Jude Law en la película Inteligencia Artificial (2001) que Spielberg terminó cuando Kubrick no pudo hacerse cargo del proyecto por falta de tiempo y, finalmente, por su propia muerte: Gigoló Joe, un robot diseñado para encarnar las fantasías femeninas.

En la fiesta, las mujeres van completamente desnudas mientras que los hombres llevan una larga capa que les cubre todo el cuerpo. Mientras que los hombres de la fiesta se limitan a mirar, salvo excepciones, las mujeres danzan, se masturban, participan en distintos juegos sexuales… De nuevo una reminiscencia de esa actividad cerebral en los hombres y de una actividad mucho más activa en las mujeres. En la primera escena de la película el espectador se siente un voyeur, con una perspectiva que solo debería de tener Tom Cruise. Al entrar en la orgía hay un fundido a negro que igualmente nos hace entrar en la perspectiva de Cruise. Acompañamos a Cruise, somos arrastrados por esa visión masculina del sexo eternamente postergado con ese eterno femenino que, a nivel fáctico, solo representa la única mujer verdaderamente carnal de la película: Kidman. Con ella consumará ese trayecto de deseo aunque el espectador ya no lo vea porque solo queda enunciado con las palabras finales de la película: fuck.

En toda relación humana, más aún en una relación de pareja —no digamos ya en un matrimonio—, la comunicación es el rasgo fundamental. Para él es necesaria la existencia de confianza en la sinceridad del otro, en su buena disposición, en que, de alguna forma, los dos están en un proyecto compartido con un equilibrio de responsabilidades. Sin embargo, un error en la comunicación, un falseamiento, pueden derivar en ansiedad, insignificancia, en soledad y en infidelidad. Habrá quién dirá que la comunicación real entre dos seres humanos es en realidad imposible y que nunca se puede conocer al Otro incluso compartiendo lecho con él a diario durante décadas. Que detrás de toda unión amorosa solo hay dos soledades, un montón de convenciones sociales y una serie de miedos que quedan sepultados en nuestra proyección con el Otro; motivo por el cual se reprimen numerosos deseos o, cuando menos, se ocultan para que la farsa pueda seguir adelante. Es una postura que no voy a discutir afirmando o negando dicha tesis sino que, sencillamente voy a incluir una cita de August Strindberg: ”Me pregunto si hay algo más desagradable que un hombre y una mujer casados que se detestan”. Y algo de eso hay en Eyes Wide Shut, como lo hay en todo matrimonio: favores que se convierten en reproches; una inquina subterránea que deja salir en numerosos momentos. A ese respecto, cabe recordar la anécdota de Tolstoi, que llevaba un diario íntimo pero que escondía otro diario de las mismas condiciones en el interior de una bota para que su mujer no pudiera leerlo. Pero esta condición del matrimonio no nos vuelve estériles al amor ni nos hace rehuir a la aspiración de una pareja “hasta que la muerte nos separe” cuando la ocasión se presenta. Porque incluso sabiendo que estamos condenados a la soledad y a la incomunicación; que todo lo humano muere sin excepción; incluso entonces, seguimos deseando mantener la llama de ese amor viva un día más.

Podemos leer en Corazón tan blanco de Javier Marías: “Y la prisa venía porque tenía conciencia de que lo que no oyera ahora ya no lo iba a oír; no iba a haber repetición, como cuando uno oye una cinta o ve un vídeo y puede retroceder, sino que cada susurro no aprehendido ni comprendido se perdería para siempre jamás. Es lo malo que tiene cuanto nos sucede y no es registrado, o aún peor, ni siquiera sabido ni visto ni oído, porque luego no hay forma de recuperarlo. El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos, o lo que se nos iba a decir por teléfono cuando nos llamaron y no respondimos no será nunca dicho, no lo mismo ni con el mismo espíritu; y todo será levemente distinto o del todo distinto por nuestra falta de atrevimiento que nos disuadió de hablaros. Pero incluso si aquel día estuvimos juntos, o estábamos en casa cuando nos telefonearon, o nos atrevimos a hablaros venciendo el temor y olvidando el riesgo, aun así nada de ello se volverá a repetir, y por consiguiente llegará un momento en el que haber estado juntos será como no haberlo estado, y haber descolgado el teléfono como no haberlo hecho, y habernos atrevido a hablaros como haber callado. Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden, y si estamos prevenidos y las anotamos o las grabamos o las filmamos, y nos llenamos de recordatorios e incluso tratamos de sustituir lo ocurrido por la mera constancia y registro y archivo de lo que ocurrió, de modo que lo que en verdad ocurra desde el principio sea nuestra anotación o nuestra grabación o nuestra filmación, sólo eso; aun en ese perfeccionamiento infinito de la repetición habremos perdido el tiempo en que las cosas acontecieron de veras (aunque sea el tiempo de la anotación); y mientras tratamos de revivirlo o reproducirlo y hacerlo volver e impedir que sea pasado, otro tiempo distinto estará aconteciendo, y en ese, sin duda, no estaremos juntos ni cogeremos ningún teléfono ni nos atreveremos a nada ni podremos evitar ningún crimen ni ninguna muerte (aunque tampoco lo cometeremos ni las causaremos), porque lo estaremos dejando pasar de lado como si no fuera nuestro en nuestro intento enfermizo de que no termine y regrese lo que ya pasó. Así, lo que vemos y oímos acaba por asemejarse y aun igualarse con lo que no vimos ni oímos, es sólo cuestión de tiempo, o de que desaparezcamos. Y a pesar de todo no podemos dejar de encaminar nuestras vidas hacia el oír y el ver y el presenciar y el saber, con el convencimiento de que esas vidas nuestras dependen de estar juntos un día o responder a una llamada, o de atrevernos, o de cometer un crimen o causar una muerte y saber que fue así. A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada ni nadie es nadie que fueran antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse. Volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hubo nada”.

En una primera versión, la película tenía la voz en off del protagonista como guía. En Barry Lyndon, se usa una tercera persona extraída de la novela. Pero finalmente, Kubrick abandonó esa idea y apostó, como ya hiciera en 2001, por crear una narración sustentada puramente en la imagen incluso cuando la introspección de los dos protagonistas pedía más aclaraciones. De hecho podemos entender la película como una versión expresionista de otros productos cinematográficos como Secretos de un matrimonio (1973); solo que donde Bergman usa lo teatral, Kubrick se ciñe a lo puramente visual. Lo que se consigue, entonces, es un tipo de película hermética que no puede dejar de ser mirada pero que tampoco puede alcanzar a ser entendida al igual que una pregunta sin respuesta o un acertijo incapaz de ser desvelado. Porque como en un sueño o en esos instantes posteriores al despertar, resulta imposible recordar con precisión qué sucedió realmente. En la escena en que Cruise vuelve a la mansión y se le entrega una carta, no hay una sola palabra, sino que se basan en el recurso de lo visual y lo textual para transmitir la información al lector. Como dice el personaje de Sidney Pollack, “no voy a decirte sus nombres”, porque esto no trata de nombres ni de palabras, sino de abrir los ojos y de mirar con atención aquello que se nos muestra. Porque todos tenemos los ojos cerrados a quienes somos y a cómo funciona el mundo.

Eyes Wide Shut es una película perturbadora con momentos de terror tan inquietantes como los de El resplandor o 2001. Como el propio cine, muestra la realidad como una duermevela cuyas visiones no podemos entender por entero. He vuelto a ver Eyes Wide Shut esta semana en que escribo para poder realizar este artículo. En un momento dado de la redacción, un amigo me ha remitido un artículo en inglés y me destacaba un fragmento del mismo. Al leerlo me he dado cuenta de una ironía histórica en la que no había reparado antes: esta película no volverá a ser vista igual por una sociedad condenada a una vida social donde el rostro debe quedar oculto. Y por eso he decidido terminar con la misma cita destacada de dicho artículo: “Pero, como suele ser el caso, los aspectos más perturbadores del comportamiento de las élites no se encuentran en lo que han prohibido sino en lo que han decidido que es permisible. Cuando se trata de mandatos de máscaras, ahora es común ver dos clases distintas de personas: las que permanecen sin máscara mientras son atendidas y las que emplean como sirvientes que deben tener la cara cubierta en todo momento. Antes de la pandemia de COVID, era difícil imaginar cómo el enorme abismo entre las vidas de las élites culturales y políticas y todos los demás podría agrandarse, pero la pandemia generó una nueva forma de cruda segregación cultural: una serie de protocolos que aseguran que las élites sin máscara no necesitan nunca mirar los rostros de su clase de sirvientes”. A la espera de que el mundo se decida a abrir los ojos.