Los entusiastas del terror de suspense a buen seguro esperaban (esperábamos) con ganas el estreno de La abuela (2021), por ser una colaboración de dos creadores tan dinamizadores en sus respectivos géneros como Paco Plaza y Carlos Vermut, siendo el primero director de la cinta y el segundo su guionista.

 

En esta película, protagonizada por una prometedora actriz, Almudena Amor, y una vintage, Vera Valdez (ambas estupendas, sobre todo la segunda), se cuenta la historia de una relación familiar entre una abuela y su nieta en la que, como suele decirse, nada es lo que parece, y en la que en lo que en apariencia no es sino convencional y amable se oculta un fondo de truculencia insondable.

 

Plaza, como es sabido, es uno, si no el principal, de los renovadores del cine de terror de nuestra cinematografía, apuntándose auténticos tantos como REC (2007), Verónica (2017) o, sobre todo, el excelente thriller Quien a hierro mata (2019). Mientras que Vermut ha ensayado un cine que combina el realismo social de toques tremendistas tan típico de la tradición fílmica española con un surrealismo de ribetes fantásticos que, ciertamente, ha dado resultados tan interesantes y visualmente sugestivos como Magical girl (2014), probablemente ya un clásico contemporáneo. Para mí, Vermut es un Almódovar derechista, a buen seguro inconsciente, pues a diferencia de la sensibilidad casi siempre naíf del manchego, relamida y besucona en unos casos, histérica o desequilibrada en otros, Vermut es un estilista turbio que escapa de efectismos moralizantes, y que retrata con frialdad y, no obstante, gran belleza, la autodestrucción de sus personajes, que nunca nos suscitan lágrimas o solidaridades fáciles, sino compasiones o respetos difíciles.

 

La abuela, por tanto, daba pie a la rara esperanza de contemplar un buen producto (español, encima) en una sala de cine, y desde luego, no defrauda, si bien es finalmente irregular y, por desgracia, no redondo. Vermut hace gala en el guión, una vez más, de una imaginación extraordinariamente barroca, de una facilidad natural para crear imágenes perturbadoras, de esas que descerrajan la mente como un tiro libre en el centro de la diana, para quedarse a habitar en ella por el impacto sanguinolento, en lo moral, que suscitan. Por su parte, la dirección de Plaza es minimalista y contenida, sin alardes, pero precisa en lo que le interesa: la creación de una atmósfera altamente claustrofóbica y crecientemente oscura, que homenajea a REC en la forma de enfocar el interior de una casa burguesa, su antigüedad mobiliaria, como fuente principal del terror.

 

La abuela es aparentemente originalísima en el concepto intrigante que esconde y que, sin embargo, se puede adivinar fácilmente a mitad de metraje gracias a las, por desgracia, demasiado explícitas pistas que va dejando como migas de pan. Lo que supone siempre una cierta decepción, pues lo más interesante, y por ende, psicológicamente lúdico, de este tipo de películas, depende directamente de la calidad y cantidad de la especulación que en torno a su misterio puede elucubrar el espectador hasta llegar al desenlace. Mientras la especulación no se agota, La abuela es una grandísima idea, pero su originalidad, como sugeríamos antes, es sólo aparente, pues al final, se le puede achacar un préstamo excesivo de mojones del terror actual como La visita (2015), de Shyamalan, Déjame salir (2017), de Peele, y Hereditary (2018), de Aster, hasta el punto de que no sería inoportuno señalar que si se meten esas tres películas en un laboratorio, el resultado de la selección de determinados materiales y su mezcolanza, podría ser La abuela, lo que es una operación, consciente o inconsciente, por desgracia demasiado habitual en el género. Operación que por un lado resulta ingeniosa, pues no es nada fácil hacer una síntesis de varias películas en un producto nuevo, pero por otro, desalentador, sobre todo por la poca distancia que hay respecto de esas mismas películas (si fuesen más antiguas, es decir, si supusiera una renovación de películas ya olvidadas en la memoria cinematográfica, o una traslación del contexto pretérito de aquellas al nuestro, sería un ejercicio de mucho mayor valor).

 

Hay una doble interpretación de la película, para gusto de consumidor, una realista-mágica y otra realista-profana. La película parece optar claramente por la fantasía y dar la primera por buena, en la que entra el esoterismo y la brujería; para sostener la segunda, la película también ofrece una cierta exploración de la obsesión femenina por la juventud, y de los trastornos psicológicos relativos a la tiranía contemporánea de la imagen, que podría dar explicación al misterio de la trama; discurso, este segundo, plenamente insertable en un imaginario socialmente heterodoxo, por cuanto se vehicula una puesta en solfa de la “sororidad” realmente existente, y, en el caso de La abuela, un relato despiadado de una determinada figura histórica popular muy reivindicada por las feministas (que no vamos a revelar para no destripar el film), en la primera lectura, o de la homosexualidad (para precisar esto también sería necesario un destripe argumental, pero recuérdese), en la segunda. Baste con decir como dato que, siendo una historia de terror psicológico, en todo su metraje no aparece ningún hombre. Aunque también tenemos una gran película reciente al respecto, como es The neon demon (2016), de Nicolas Winding Refn, y de la que La abuela bebe a ese nivel.

 

En conclusión, La abuela no es tan reformuladora como cabría esperarse del ingenio de sus artífices, pero es una película bien hecha, con una gran puesta en escena, unas interpretaciones convincentes y un poderío visual que no son poca cosa en nuestros días. Por último, hilvana una discreta pero saludable y necesaria reflexión sobre la necesidad de aprender a convivir con la decadencia de los cuerpos, burlándose con elegancia de ciertas consignas del imaginario feminista, lo cual le aporta toda la frescura que le restan sus múltiples deudas. El resultado global, rebajando, quizá, un grado las posibles expectativas, bien merece el visionado.