Es un matrimonio joven: ambos son guapos y exitosos. Vida confortable, casa confortable. Hijos. Trabajo. Salud. Buena economía. Envidiable.

Contestan con naturalidad y soltura a las preguntas íntimas del periodista. No parecen incómodos pero sin duda lo están. Jamás se habían visto interpelados para explicitar lo inconfesable. Mienten a pesar de que contestan con aparente soltura. Sin duda están habituados al engaño. La cámara transmite ese brillo inconfundible: están enamorados. Lo estuvieron. Eso parece. Lo están. Así lo afirman.

Apenas unas horas después un matrimonio amigo cena con ellos. No brillan, no son guapos, beben con demasiada rapidez: el engaño es moneda común entre ellos. El resultado de la velada es catastrófico: afluye la insatisfacción, el fracaso, la infidelidad, el desasosiego, la desconfianza. La vida desgarra la ficción: ese deseo imposible de consumar al que llamamos felicidad. Los fantasmas interiores encarnan en mitad de la velada.

Cuando los amigos se marchan, visiblemente ebrios y enojados, al fin observamos por vez primera al matrimonio protagonista en soledad. Leen en la cama como niños que se han hecho mayores sin perder las buenas costumbres. Ellos dos, y también los espectadores invisibles. Somos voyeurs acechando su dormitorio, gracias al milagro del cine. Son todo lo que sus amigos anhelarían haber sido; son todo lo que los espectadores esperan ser. Entonces algo se derrumba. Sin que por ello se mueva un pelo. Y descubrimos la realidad. Sus palabras y sus gestos graban en el tiempo esa entelequia, la verdad, con dolorosa transparencia.

Ingmar Bergman (1918-2007) fue un hombre de teatro que cambió la historia del cine. En ambos medios, al que podemos sumar la ficción literaria en Las mejores intenciones, volcó tanto su talento para la observación como la necesidad de plasmar sus más profundas obsesiones. Una concepción mimética del arte, neoclásica incluso, puesta en común con una aguda capacidad para la autoficción y una progresiva metarreferencialidad que se incrementó conforme su personalidad pública se difundía por el continente. Eran sus marcas de estilo. La pulsión de muerte y el miedo al sinsentido; el poder del deseo y el fracaso de la convivencia. Sus temas recurrentes. Múltiples máscaras que pretenden fingir una identidad inconsútil.

Donde el Woody Allen de Maridos y mujeres (1992) y el Noah Baumbach de Historia de un matrimonio (2019) fracasaron por igual —si bien por razones disparejas y con resultados muy distintos en cada caso—, Hagan Levi ha triunfado con su remake de Escenas de un matrimonio para la HBO: retomando a Bergman. Sustituyendo la represión sexual luterana por represión sexual judía. Valiéndose hábilmente de una imaginería deudora tanto de Bellow y Roth, desde el ámbito semita, como de Updike y Mailer, desde la óptica viril. Esos “Grandes Narcisistas Masculinos” demonizados por Foster Wallace y los Estudios de Género, primero, y calificados popularmente de “cipotudos”, después. Poniendo a dos gigantescos actores donde antes hubo otros dos gigantescos actores: Jessica Chasstain por Liv Ullmann y Oscar Isaac por Erland Josephson. Retratando la tragicomedia de dos almas que encarnan un amor verdadero: que no es perfecto ni moral y justo por eso nos parece real.

El cine es un arte que reconcilia poesía y técnica; movimiento y fijación: detiene el tiempo mientras la cámara capta precisamente el impacto de la temporalidad en la imagen. Tarkovsky lo llamaba “esculpir en el tiempo”. Para Bergson era un falso movimiento compuesto de una sucesión de instantes. Según Deleuze permitía explorar el cuerpo como motor del pensamiento (y no como lo contrario). André Bazin, por su parte, encontraba en el plano-secuencia la escena incontaminada, naturalista, carente de cortes o de otros artificios, una quintaesencia del realismo sólo posible en el cine. Aquello que Linklater ensayaría en su trilogía Antes de (Amanecer en 1995, Atardecer en 2004 y Anochecer en 2013) y que perfeccionaría en Boyhood (2014). Siguiendo una estela incoada en Secretos de un matrimonio (1973): el tiempo discurriendo sobre el cuerpo y sobre la psique. Impactando sobre el Eros y anticipando de forma recurrente el Thánatos. Del existencialismo voluptuoso de Henry Miller a la farsa trágica de Ingmar Bergman. Hagan Levi añade ahora una nueva capa de tiempo al total permitiendo observar de qué forma la misma historia, contada de nuevo, es penetrada por el paso de las décadas.

En Linterna Mágica, la autobiografía del genial cineasta sueco, aparecen retratados sus grandes temas: Dios y la paternidad, el sexo y el matrimonio, la muerte y la religión. Tras una etapa continuada de agnosticismo más o menos continuado se declaraba ateo. Como Montaigne afirmaba la exclusiva consistencia de la nada: en la levedad insignificante del yo. Como Lennon, afirmaba la única fe consistente en la vivencia del amor y su falta: en la fragilidad amorosa del tú. Una nada que se entrega, despojada de sí, a otra. El frágil abrazo de dos futuros difuntos sometidos a la tiranía del instante.

Cuando no quedan asideros ni voluntad de autoengaño: sólo vaciarse en los otros. Por pura imposibilidad de permanecer encerrado en uno. Cuando el ideal amoroso fracasa: únicamente el realismo despojado de respuestas pero cargado de experiencias. Por pura incapacidad de abandonar la vida. Cuando no se puede conocer al otro pero tampoco es posible afirmar la identidad propia: de nuevo sumido en el fracaso. Por pura inconstancia del yo en los distintos momentos de una existencia. Cuando la teoría se revela vana pero tampoco cabe renunciar al pensamiento: sólo la vida, descarnada, sin más aditamento que su propio transcurrir implacable. Por puro desengaño escéptico de las teorías desmentidas por la grandeza del mundo. Y también por el dolor de su impronta en nosotros. Quién lo probó, lo sabe.