La famosa película protagonizada por Mel Gibson ofrece una recreación totalmente distorsionadora de los hechos relacionados con la Guerra de Independencia.

Es cosa bien sabida el hecho de haber sido —y de seguir siéndolo— las películas históricas una herramienta de propaganda de los intereses que sus creadores representan, lo cual ha sido —y es— común a absolutamente todos los países y ámbitos, por lo que no cabe atribuirles el más mínimo valor didáctico en lo atinente a los hechos y procesos históricos. Ello no significa que deban descalificarse como arte en cuanto que obras cinematográficas.

El ridículo llega a niveles inauditos cuando se manipula acerca de períodos históricos muy alejados en el tiempo, y a que se intenta trasladar valores propios de la mentalidad actual, y que en sí pone de manifiesto la pavorosa estrechez mental y miseria cultural de los guionistas, o, tal vez, de la masa de público consumidor de cine a la que va dirigido este producto.

La película El Patriota (2000), del lanzamiento de la cual se cumplen ya dos décadas, ilustra lo anteriormente expuesto. Dirigida por Roland Emmerich, a partir del guion de Robert Rodat, este filme narra la historia de un antiguo soldado de la corona británica, que al estallar la Guerra de Independencia se unirá a la causa revolucionaria.

Reitero que no cabe desacreditar la película como producto audiovisual, y por lo que referiré en el subsiguiente párrafo. La calidad artística de la obra ha de ser objeto de otro análisis.

Lo que aquí nos ocupa es la reconstrucción de los hechos en torno a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, y concretamente la elusión completa del factor decisivo para la independencia de las Trece Colonias, esto es, la ayuda española.

La contribución del Reino de España en forma de ayuda económica, además del envío de decenas de miles de cañones y otro tipo de armas y unos 11.000 soldados, fue esencial para la derrota británica en la susodicha conflagración, que no se hubiera podido producir sin la intervención española.

Como era de prever, el guion también hace tabla rasa de la confrontación entre España y Gran Bretaña en el marco de este conflicto, en que, en alianza con la otra gran potencia que intervino en favor del bando patriota estadounidense, un ejército formado por unos 60.000 españoles y franceses derrotaron a las tropas británicas, que, por su parte, acarreó la devolución a España de la Florida y Menorca.

EEUU y la democracia occidental existen gracias a España.

La importancia de lo más arriba bosquejado radica en el hecho de ser la revolución americana la que ha conducido a las revoluciones europeas, y para las cuales —y también para el resto de revoluciones americanas— ha constituido la principal inspiración y fuente teórica para sus concepciones estatales y de legislación, si bien en el caso de Europa el concepto de democracia pasaría por el filtro de las ideas totalitarias de la Revolución Francesa, y que se han impuesto como modelo de estado en todo el continente.

Llegados a este punto, resulta innecesario volver a recalcar que la independencia de los EEUU no hubiera podido llevarse a cabo de no haber sido por la intervención española.

En lo que sí estimo esencial insistir, sin embargo, es en el origen íntegramente español del conjunto teórico y filosófico que ha dado paso a la Ilustración, y, por ende, a la Revolución Americana, el objeto de este análisis, cuyo pilar fundamental es el derecho natural, y, como consecuencia natural del último, el liberalismo.

Por un lado, es la teoría del escolástico iusnaturalista Francisco Suárez la base del planteamiento sobre el derecho natural de Hobbes, y que será adoptada posteriormente por Kant en la Ilustración. Tampoco hubieran existido Locke, Montesquieu y Thomas Jefferson, sin la construcción teórica sobre la limitación del poder del padre Juan de Mariana, quien, además, es de los primeros en resaltar el carácter esencial de la defensa de la propiedad, que considera por encima de cualquier gobernante o poder público. Son asimismo los escolásticos españoles los que han descubierto los principios básicos del liberalismo económico, y que han sido completamente distorsionados por Adam Smith, quien formularia una teoría económica esencialmente socialista, y que se advierte en preceptos tan opuestos al liberalismo como la determinación del valor de un producto por la cantidad trabajo que ha incorporado, o la defensa del papel moneda.