Magulladura cinéfila dolorosamente ineludible. Cuando vemos la animación rusa El arco mágico, aunque cuente con el guionista de la saga Toy Story, viene a nuestro empachado recuerdo, saturado de fotogramas, las dos obras maestras de Pixar. Sin duda, si de aventuras marinas se trata, nos referimos, obviamente a Buscando a Nemo y Buscando a Dory.

Enloquecidas morenas

En El arco mágico (no confundir, ni remotamente, con El arco mágico, 1946, la gran cinta dirigida por Bernard Knowles protagonizada por Stewart Granger) nos topamos con el deambular submarino de nuestro adorable crustáceo Delphy, tímido y reservado, al que le aguarda valerosa peripecia.

Nuestro querido delfín advierte, esplendente instante, que el denominado Arco Mágico convierte en realidad todos tus deseos. Espada de doble filo, los peculiares morays, lo acaban utilizando malamente. En ese sentido, los morays son unas zascandiles y turbias morenas, grosso modo murénidos (Muraenidae), familia de curiosísimos peces.

Nuestras morenas, a la sazón, se transforman en trastornados y dementes gigantones acuáticos cuyo único e incontrovertible propósito es la adquisición del poder más absoluto. Y su inexcusable corolario: apropiarse del pacífico pueblo de Fish Town (Villa Pez).

Gran cine ruso de animación

Por supuesto, aquel que procura pulverizar el estúpido anhelo de dominio de las morenas será nuestro simpático delfín. Él, tras el reencuentro con su admirado  y perdido padre, se unirá a sus amigos protegiendo la ciudad con agallas, cómo no podía ser otra forma, y escamas, en un apabullante y policromo espectáculo de mejorable apuntalado, ya que, todo sea dicho, la producción rusa cristaliza tecnológicamente algo rudimentaria.

Apretada síntesis. Muy deudora de las grandes superproducciones de la insuperable Pixar, El arco mágico deviene atrayente entretenimiento, recreo divertido ("me parto los tentáculos") y un oportuno recordatorio de que la animación rusa se encuentra, actualmente, en muy buena forma. Tan solo rememorar el magistral corto No puede vivir sin el espacio, la cinta animada del gran director ruso Konstantín Bronzit, fortalece lo dicho.