Nunca había visto unos ojos tan delicadamente azules, unos que se dijeran neutros de puro azul. ¿Está en la mirada el secreto de la personalidad poética de José María Álvarez? Esos ojos se han despedido de mí hace unos minutos, generándome en ese preciso instante una autopista directa hacia un futurible capítulo de remembranza. Apresurado, intento poner en rumbo el esquife de la prosa antes de que la marea derruya lo pensado y lo sentido, pero el viento plural de la emoción se cierne sobre el navío de mis posibilidades. El cuerpo asesinado de estos días hermosos aguarda a mi lado, pidiendo el sudario de las letras, pero ahora me atenaza la Utopía que anida en la pretensión literaria: cómo decir lo indecible, cómo expresar aquello que sólo puede habitar con completitud en el receptáculo del alma, en el reloj interior de los recuerdos, en un espacio invisible al cotidiano existir, ajeno por completo al decir protocolario. Pienso en mi Fortuna y quedo agradecido al Destino. Siempre la claridad viene del cielo, sentenciaba Claudio Rodríguez en aquellos versos plenos de don y de ebriedad. No hay duda: existe una complicidad en las cosas de arriba para que en la tierra suceda lo grande.

Sí. El lenguaje se aparece en estos casos como un instrumento romo y esencialmente torpe, aunque en destellos fulgurantes los dones relacionados con él se arracimen de un modo misterioso sobre unos pocos elegidos, que transforman la palabra en un material dúctil como el barro, haciendo alfarería del verbo y —sólo algunos, una élite dentro de la élite— perfumería del estilo. Es el Maestro uno de ellos, uno de los últimos artistas de la palabra puesta al servicio de cazas fastuosas y sublimes. Y a diferencia de muchos de quienes componen el exiguo linaje, no hay en nada de su imponente personalidad una mácula de envanecimiento o de soberbia. Frente a las repelencias, extravagancias e imposturas medidas de tantos, frente a la comprensible egolatría del que crea mundos de la nada, José María diferencia perfectamente el plano de la naturalidad y el plano del artificio, el plano de la vida de relación y el plano del cultivo del Yo, que permanece tan oculto en su relacionarse con los otros como una perversión que portáramos de un modo clandestino. Frente a lo que es usual en el perfil humano del escritor, el Maestro deja hablar, se interesa por quien tiene delante, por humilde que sea su crédito, y, con agrado y paciencia, escucha lo que tiene que contarle.

La elegante indiferencia que manifiesta hacia esa cosecha vital y artística extensa como un latifundio, se le cae con la misma naturalidad con la que desprende la ceniza de los pequeños habanos que cubanizan su figura de mediterráneo universal. El porte que yo le he conocido era como una cornucopia, un agregado de caracteres: en su etopeya física se daban cita al mismo tiempo un personaje de Stevenson o Durrell, un historiador-arqueólogo de la época dorada, y un pescador hemingwayiano, amante del mar, de los peces y de las conchas. Estando frente a él se está frente a alguien humana, estética, figurativamente ubérrimo de valores literarios, pero no son estos más presentes en su derramamiento personal que los derivados de una ética que tiene por aristas más evidentes la cordialidad y el humor inconsciente, ofuscado de un modo también misterioso y singular en una bonhomía de hombre feliz, despreocupado mais non indiferente, alegre, dionisíaco, absolutamente romano y meridional pese a que posea, de modo simultáneo, un notable aura de escritor parisino y bohemio a la Rohmer, seguramente superpuesto tras de sus prolongados y fértiles amores con Lutecia. Ojos celestes como los mares de Menorca, cabellos blancos peinados hacia atrás, nariz pequeña, voz curtida.

Yo estaba hospedado en la calle Medieras, una pequeña y recoleta intersección entre las principales vías de la calle Mayor y la calle del Aire de Cartagena. Habíamos quedado a primera hora de la tarde. No estaba yo nervioso: él tenía las hechuras de un Mito para alguien de mi cosmovisión, pero precisamente la afinidad extrema que presentía respecto a él me lo hacía conocido de un modo familiar, entrañable y sutil. Al encontrarnos nos fundimos en un abrazo. En efecto, José María me hizo sentir desde el principio que me encontraba ante un amigo, corporeizando mi creencia anterior, haciéndome reír ya en el primer minuto que pasamos juntos merced a unos comentarios sobre el calor, la ciudad y la urgente necesidad “de encontrar un sitio donde poder tomar un poco de aire, coño”, mientras inquiría a la solana inverosímil con rostro de perplejidad. Y, aunque parecía imposible su ruego, sucedió el milagro. El arte, cultivado ampliamente en su vida, de encontrar lo “bueno”, de anticipar lo que hay al otro lado de la colina, se hizo valer entonces para identificar, de entre todas las que salpicaban la calle Mayor, la terraza idónea, aquella en la que el aire circularía con gracia primaveral, dándonos el respiro suficiente para lanzarnos al Ganges de la conversación, de su conversación.

Tras pasar unas horas benditas bajo aquel toldo, sintiendo que Cronos, lujosamente entretenido, dejaba de mordernos por unas horas, paseamos, como dos exiliados, por las calles de su ciudad, hasta encontrarnos con su esposa, paradigma de la verdad profunda que alberga la sabiduría popular cuando divulga que detrás de todo cada gran hombre hay, necesariamente, una gran mujer. Y en pinceladas de alguno de esos impresionistas que nos encantan, este hombre y esta mujer sobresalientes me ofrecieron imágenes deliciosas de lo que sus ojos vieron, aquellos ojos esmerilados por la visión de lo opulento, coleccionistas de la flor de la existencia, exuberantes de recuerdos más propios de alguna fantasía de Fellini o de Sorrentino que de las posibilidades en las que uno imagina habitualmente constreñida la vida contemporánea.

Pensaba para mis adentros que debe ser muy dulce y muy sufrido mirar, con unos ojos así de hermosos, las renegridas paredes donde la belleza que conocieron ha sido navajeada por unos maleantes, asistir a cómo se desangra mientras los últimos rayos de sol desaparecen de la faz del cielo, y la impotencia nos llena las entrañas con el vacío de su ausencia. Unos ojos que, como decíamos al principio, seguramente oculten la verdad de este escritor: tan bellos como son, necesariamente habían de acostumbrarse a lo bello, sin poder asistir insensiblemente al triunfo apoteósico de la fealdad y su espectáculo. Su escritura, pues, es el reflejo de la vida por ellos contemplada, de la vida que se les ha ido quedando en consonancia, en una decadencia suntuosa y pulida de visiones y paisajes dorados por un oro sentimental. Cuando le leí una cosa de Foxá, sus ojos se concentraron, mirando a un horizonte infinito que no existía, sus ojos turquesa en trance, y cuando le arrebataba una frase o un párrafo irrumpía, conmocionado en su voz, para decir que aquello era “magnífico”, y lo magnífico se posaba en sus ojos, que expresaban visceralmente su convencimiento de aquella magnificencia. Esa obstinación en sus ojos también resplandece cuando decimos algo que le agrada o en lo que está de acuerdo, entonces todo su rostro se abre como un ventanal, y él exclama “sí, sí, sí, sí” al tiempo que asiente y sonríe con la jovialidad de un niño, y sus ojos dicen que sí, y su habano dice que sí, y su sombrero dice que sí, y todo el metro cuadrado se llena de ese sí que anticipa la opinión que lanzará después de que uno calle.

En desayunos, comidas y cenas sucesivas departimos en torno de anécdotas suculentas e infinitas, y también de literatura y política, de la evolución de las costumbres, del presente de nuestras vidas, de los temas, en fin, comunes a toda conversación civilizada y antigua, recordando vivencias marchitas como la propia cultura, confirmando mis intuiciones sobre la calidad asombrosa de la libertad en el mundo previo a la tiranía democrática. Estas conversaciones también las trasladamos a una tarde-noche inolvidable en su casa, en donde uno experimenta la suspensión espiritual y trascendente que eleva y que sólo suele gozarse en los lugares sacros, o en ciertos puntos donde es audible el latido de la Historia. ¿Cómo describir ese recinto, mágico como la montaña de la novela, en donde la conciencia del espacio-tiempo se distorsiona, de un modo salvífico? Podría decirse que es un entrecruce de la folie de Baudelaire, el refugio de Des Esseintes, el palacio veneciano de Fortuny y el museo de cera del propio Maestro. La galería de arte, libros y recuerdos más asombrosa y literaria que pueda caber en la imaginación está ahí, hecha verdad y vida, aposento y descanso. Una pura ensoñación transfigurada en vivienda, un pabellón barroco ofrendado a los símbolos estelares de la Civilización, a los sacerdotes de la belleza y el placer —en todas sus formas, arquetipos y manifestaciones temporales—, a los peregrinos y artífices de las emociones absolutas. Su casa es un templete que impugna, en todos sus detalles y símbolos, el concepto de lo moderno y sus engendros, como él clarividentemente advierte en su El estudio del escritor: “mirando mis estantes de libros, mis objetos, mis cuadros, mis fotografías, de pronto me he dado cuenta de que sin duda inconscientemente, lo que a lo largo de mi vida he ido acumulando da como resultado una absoluta negación de, digamos así, lo Moderno; aclarando que por moderno no entiendo tantas y tantas obras que amo, sino un concepto que ha ido anidando en el alma de la mayoría de mis conocidos: ese fundamentalismo de lo efímero convertido en negocio (…) Mis imágenes, mi, por decirlo con palabra de Ramón, “estampario”, recoge —porque es lo que a mí me ha emocionado, ha merecido mi consideración— obras que viven en ese espacio de lo imperecedero, lo eterno, que exaltan lo que nuestro mundo se empeña en asolar: La Memoria”.

José María Álvarez entroniza a la Literatura no sólo en su corazón, en su aliento poético, sino en su cotidianidad doméstica, con la misma primacía e intensidad que otorga a la Libertad el pirata de la canción esproncediana. Es José María, si se le mira bien, un pirata de nuestros tiempos, el objeto principal de su museo, un hombre que, de ser su personalidad universalizable al estilo del imperativo categórico, haría factibles las utopías de los mejores patrones de esa Acracia que corre inconsciente y rauda por la sangre española, pues hace de la aristocracia de espíritu el fundamento de su rebeldía (de la que pude ver pintorescas muestras que merece más la pena desglosar en un contexto literario superior al presente). Durante aquella estancia en su casa la melancolía de lo mejor, que me acompaña siempre como un tercer ojo, desapareció. Contemplé cómo un hombre vivía como yo creía imposible vivir ya: en una atmósfera de aires imperecederos, opacada por completo a la miseria de nuestros días despreciables, consagrada a las formas nobles y distinguidas que lo mejor de la Humanidad ha creado a través de los siglos, y haciendo, él mismo, en sus días y quehaceres, una contribución a todo ello que no queda reducida al homenaje o la mera visita, sino a la recreación actualizada de “eso” como pasión y programa de vida. El peso y la levedad se funden en los interiores de la casa, y se siente que en cualquier momento puede derrumbarse todo por lo abigarrado, o bien volatilizarse por lo leve, por sobrepasar lo que es permisible acoger espiritualmente aquí, convirtiéndose en un polvoriento y desolado sueño.

En mis horas de soledad murciana me desplazo hasta Cabo de Palos, lugar al que el Maestro ha dedicado estos versos en su último libro:

El rocío de este amanecer brillo de perla

aún resplandece en las buganvillas

con ese rojo de los frescos de Pompeya.

El mar extiende su bramido

en las rompientes de Cabo de Palos.

Casi huelo África, ahí…

Un cielo que será más que azul parece abrazar

el faro. Pasa un barco a lo lejos.

Hace ya mucho que crucé

ese mezzo del cammin di nostra vita

pero mis ojos siguen siendo

tuyos, Cabo de Palos, esa mar

color de vino que vio Homero, tus cielos, esas

gaviotas, el romero, los cactus, espuma, olor y viento

de mis sueños infantiles.

Aquí escuché por vez primera

el batir de los remos,

las proas rompiendo las aguas

de aquellos barcos que nos trajeron Roma. En estas aguas

he buceado con mis hijos

palpando juntos la felicidad como delfines.

Aquí fue la locura

primera por otro cuerpo.

Mi memoria está fundida

con el olor espeso de los jazmines,

con el rugido de las olas

que rompen en tus acantilados.

Y ahora, cuando el viento

arrastra nubes y hace del sol zarpazos y

parece dibujar en las sombras

trozos de mi pasado,

siento que soy vuestro, vuestra es mi alegría,

el alborozo de mi alma,

como una llama viva congelada en el tiempo.

Leo este poema en la arena, antes de bañarme en ese mar en el que me bañé por primera vez cuando sólo era un recién nacido, cogido en brazos de mi abuelo, muerto poco después de aquellas vacaciones a las que ahora, siendo ya un hombre, regreso de algún modo. Mientras descanso en el agua empiezo a hacer un nuevo arcón en mi memoria para esta llama viva. Apuro estos instantes delicados. Siento el trallazo de la Literatura, y celebro la vida como su magisterio me ha enseñado. Esta imborrable tarde de verano, en la que los niños juegan como en los días antiguos, y en la que yo digiero tantas emociones inefables. No siempre se ama lo que se admira ni siempre se admira lo que se ama, ¡incomparable sentimiento el que brota de su maridaje!

Hecho mi tributo al mar, satisfago a mi viejo coche su monógama adicción al gasóleo, y afronto el regreso de vuelta a casa. ¿A casa? ¿No es acaso eso de dónde me separo? Mientras enfilo la carretera y siento que me alejo, rumio esta alegría teñida de tristeza. Encuentro, no obstante, algún consuelo: que José María sigue teniendo montado su puesto de francotirador en el firmamento emboscado del Arte, y que aún suena la lira en Cartagena, como decía Pound que cantaban, todavía, los gallos en Medinaceli.