Es muy posible que The White Lotus (2021) sea la mejor serie del año pasado —actualmente se produce tal cantidad de audiovisual a lo largo de un año que cualquier afirmación de esa envergadura sólo puede resultar grotesca—; pero es casi seguro que es la más mordaz, brutal y satírica. También la más actual.

En otras palabras: que nadie se debería perder The White Lotus, por las mismas razones por las que no se puede dejar de mirar esa imagen del espejo en el que tarde o temprano nos tenemos que reconocer a pesar de la dureza —más proclive, como se ha dicho, a la risa que al llanto— de lo que en él vamos a hallar. La serie de Mike White es a 2021 lo que El pájaro carpintero (The Good Lord Bird, 2020) fue al año anterior: la ficción televisiva más gamberra, el mayor placer culpable (veraniego), la gran parodia de la que cada día estamos más necesitados para mejor despertar del mal sueño en el que ha devenido la realidad.

Libre, deslenguada y políticamente incorrecta, The White Lotus cuenta la historia de un variopinto grupo de ricachones que se retiran en una isla de Hawái. Un argumento a caballo entre la novela Plataforma, la ficción televisiva Nine Perfect Strangers (2021) y la película Shutter Island (2010); donde, además, hay un asesinato: así se anuncia casi en la primera línea de guion. Con esta trama sencilla, Mike White, su creador, guionista y director, erige el retrato de un matrimonio de jóvenes recién casados, de una típica familia americana con dos hijos (chico y chica), de una viuda adinerada y solitaria, de una trabajadora depauperada del Hotel, del director (y adicto a casi todo) del complejo turístico, de un nativo hawaiano miembro de una familia arruinada, de un enfermo terminal entregado al placer y de una joven politizada pero llena de contradicciones personales e ideológicas. No queda títere con cabeza, pues, mientras suena la hipnótica banda sonora a cargo de Cristobal Tapia de Veer (Utopia, 2013).

Gracias a la variedad casi arquetípica que representa el planteamiento, se puede trazar un mapa con algunos de los grandes males sociales de nuestro tiempo; todo es deconstruido sin excepción: el postcolonialismo, la familia tradicional, el feminismo, la masculinidad clásica, el capitalismo, la constante conexión al mundo digital, el uso evasivo de las drogas, la irremediable soledad, el consumismo febril, la enfermedad, la adicción a la pornografía, el cinismo, la hipocresía, la superficialidad y la inevitable muerte.

Bajo el análisis subyace una evidente visión luterana (antropológica) de la condición humana donde todo es placer (Eros) o destrucción (Tánatos), sin excepción. Algo que queda negro sobre blanco en tres momentos cruciales de la serie: la confesión negada al final, por falta de interlocutores en calidad de “confesores”, a la mujer que se ha casado por dinero (interpretada por Alexandra Daddario); en el hondo pesimismo existencial y la concepción materialista de la vida que atraviesa los seis episodios; y en el individualismo de una comunidad aniquilada de antemano e inexistente por entero: todos los personajes están aislados entre sí, sobre todo, por paradójico que resulte, aquellos que comparten vínculos directos entre ellos.

Ya ocurrió con Chernobyl (Craig Mazin, 2017) en el ámbito de las series y con Green Book (Peter Farrelly, 2018) en el de los largometrajes; es exactamente igual a lo que acaba de acontecer con The White Lotus y su creador, el guionista y director Mike White (Iluminada, 2011-13): alguien proveniente del ámbito de la comedia más bizarra y banal que crea, por fin, una obra impecable al embarcarse dentro de un proyecto narrativo más “serio”, al menos si tomamos en consideración los cánones habituales de premios oficiales y halagos críticos.

Aunque The White Lotus (Mike White, 2021) sea una miniserie donde la risa aparece recurrentemente, hay una amargura en la despiadada visión de la sociedad contemporánea que ofrecen sus seis capítulos que resulta difícil de soslayar. Los trabajadores deben esconder su rostro tras la apariencia impersonal de las máscaras, se dice en el primer episodio; sin embargo, el propósito no es otro que el de retirar las máscaras de todos los miembros de la sociedad para mostrar la apariencia real de nuestro tiempo en toda su crudeza.

La serie a cargo del showrunner Mike White fue un encargo de HBO realizado durante el confinamiento (dado el éxito se ha confirmado una segunda temporada) y conjura por igual, como en una danza dionisiaca y carnavalesca, a todas las miserias de nuestro tiempo. No tanto para expiarlas como para señalarlas con valentía. Incluso hay lugar para una tímida y muy comedida esperanza en el horizonte: nada demasiado alentador pero que aun así existe y es factible: basta con remar decididos en esa dirección para lograr alcanzarla. Es devastador, cuanto aparece en The White Lotus. Trágico e irrisorio. Todo es, por lo tanto, veraz.