Un tema principal de la película es el miedo a lo que somos y a quién es nuestra pareja.  En ese sentido, hay que recordar la fascinación que el filósofo Eugenio Trías, experto en Estética, sentía por Kubrick. Es natural: como filósofo del límite, se sentía fascinado por un director de los límites: la locura (El Resplandor), violencia (La Naranja Mecánica), vida (Barry Lyndon), guerra (La Chaqueta Metálica), justicia (Senderos de Gloria) o deseo/fantasía (Eyes Wide Shut). Hay que sumar el estudio que Trías hizo de lo bello y lo siniestro en, por ejemplo, películas como Vértigo (1958) o la filmografía al completo de Lynch. De nuevo volveríamos a ello en la referencia que ya se ha hecho al Eros y Thanatos freudiano. Puesto que en el cine todo es “expresionista y fantástico”, al decir de Ángel Faretta, Kubrick no le da un tratamiento surrealista al tema de los sueños, sino perfectamente naturalista. La referencia a Freud viene por la sociedad vienesa en la que se concibe la novela y el papel de la mujer que más se revela psicológicamente en la película: Alice, una mujer insatisfecha, reprimida y cosificada. Lo cual la lleva a fantasear —la fantasía: ella se quita las lentes antes de follar con él— y a tener sueños donde su lívido puede escapar a la represión llevándola al extremo contrario: la promiscuidad como liberación ciega. Como hemos dicho, de la oposición sublime-grotesco pasaríamos a una síntesis de opuestos (rojo y azul que confluyen en el morado), lo que nos transporta a un estadio superior de la conciencia.

Si la Navidad es la época de la familia por excelencia, el provocador vocacional que era Kubrick decidió ambientar en esa fecha y en la geografía exacta que supone la capital mundial del consumismo, Nueva York, su mayor atentado contra la moral puritana desde la polémica película La naranja Mecánica. Aunque también es cierto que podría aludir a las celebraciones del solsticio de invierno y sus consiguientes invocaciones al sol. Casi el total de la película sucede de noche: lo cual nos llevaría a referencias como el mito de Orfeo, donde el poeta tiene que bajar a recuperar a su amada al Infierno; o a la poesía mística de Juan de la Cruz, donde el encuentro entre amantes ocurre en la morada nocturna de una bóveda celeste estrellada. También al inicio de la ya citada Divina Comedia se menciona la oscuridad como realidad física y también como metáfora existencial de la confusión del protagonista.

Vayamos con la celebración: contra lo que se dice, no hay oscurantismo alguno, todo es muy simple, pura orgía de unos elitistas abúlicos. Las máscaras —y en la casa de la puta hay varias colgadas de la pared— no representan nada ocultista, sino la Nada que oculta el Yo, que es la mayor fantasía humana —quizás junto a la idea del amor eterno— y representa esa parte del deseo —masculino: recordemos quién domina en las escenas que vemos y, sobre todo, quién es el voyeur que contempla— que sólo puede emanar del abandono de la identidad racionalmente simulada en contraste con la represión del protagonista —que, por ello, queda fascinado en la orgía—, cuyo coqueteo sin consumación es constante y está plagado de interrupciones irritantes: la castración simbólica que representa la llamada de su mujer cuando está besándose con la prostituta; o la revelación posterior de que esa misma prostituta era seropositiva cuando está metiendo mano a su compañera de piso. Todo ello nos llevaría a algo que trasciende la mera psique de los protagonistas y que pretende constituir una crítica a la burguesía semejante a la realizada por Buñuel décadas antes —El ángel exterminador de 1962—: ¿el deseo es ya una infidelidad? ¿Y el coqueteo? ¿Los sueños cuentan como traición cuando se tienen por reales? ¿Puede el ser humano percibir el mundo tal y como es o la sordidez de la realidad y el pesado fardo de la conciencia nos abocan siempre a la fantasía? Más allá de responder esas preguntas, Kubrick pretende retratar la obsesión que genera la sexualidad en las relaciones humanas modernas.

El viaje del doctor Bill queda perfectamente retratado por Eugenio Trías: “Eyes Wide Shut es una película extraordinaria, enormemente sutil y  compleja. Recuerda toda esa coreografía del baile de máscaras. Nunca  está claro si lo que se vive es real o si es un sueño. Recuerda cómo  todo se va deformando, cómo el que era el jefe de la ceremonia  orgiástica se convierte en una especie de Gran Inquisidor que le pide al  protagonista que se desnude, que se descubra, que se quite su máscara. Todo esto es grandioso y da muchas de las claves de la película. Por lo  demás, en Kubrick siempre hay una clara percepción de las estructuras de  dominación y de su poder enajenante. Recuerda los oficiales de Senderos de Gloria o los generales de la mesa redonda en Teléfono rojo o los  habitantes espectrales del Hotel Overlook en El resplandor o los  mandamases en 2001 y, frente a todo esto, un personaje que se encuentra atrapado entre esa estructura de dominación y su propio mundo interior. Este es el héroe de Kubrick en vías a una suerte de iniciación hacia la  nada o hacia la transfiguración”.

Además del sexo y de la muerte, como se ha señalado, la otra conexión está compuesta por otra dupla temática: el dinero y, de nuevo, la muerte, encarnada en la prostitución constante —incluida la hija menor de edad del hombre de los disfraces—, lo que nos lleva de nuevo a la burguesía y su hipocresía moral así como a la otra cara de la moneda capitalista: los pobres. Tom Cruise, que encarna a Bill —palabra que en inglés significa “factura”— un personaje intermediario entre ambos extremos, no para de decir que es doctor y se gasta una GRAN cantidad de pasta —aunque al principio de la película no sabe dónde tiene la cartera—, incluida aquella que le regala, tras no consumar el fornicio, a la puta que, por los libros de su dormitorio, podemos deducir que estudia sociología y que probablemente hace la calle para poder costearse la matrícula. El detalle de la sociología no es por casualidad: Kubrick trasciende las psicologías concretas de los personajes para hablarnos de todo un tiempo de cambio de siglo y de milenio. Esta idea se confirma con la incapacidad del médico para poner freno a su propia dolencia espiritual y para curar la hipersexualización que le rodea y, por supuesto, le envuelve a él mismo con la excitación de, por ejemplo, una chica de 14 años que le abraza de espaldas. Pero recordemos algo que se suele obviar: los iniciados follan con aparente consentimiento de todas las partes —salvo las teorías que especulan con las técnicas de dominio mental y uso de sustancias para anular la personalidad siguiendo el proyecto MK Ultra—, pero la jovencita profana que también parece dar su consentimiento es en realidad prostituida por su padre siendo ella menor de edad. El capitalismo es el verdadero enemigo y no ninguna logia: como apunta Tim Krieder, las élites se “follan” al resto de la sociedad con su capacidad económica. No debemos olvidar que los clientes son dos japoneses provenientes de una cultura que tradicionalmente sexualiza a las jovencitas y que “el producto” es exportado directamente desde Rusia u otro país del Este, como ocurre con muchas escorts que trabajan en Europa. Pero para ahondar más en los temas fundamentales de la película es necesario penetrar de forma más clara en el tejido escénico de la trama.