La última película estrenada hasta la fecha de Ridley Scott, La casa Gucci (2021), no decepciona: quiere ser algo así como —salvando todas las distancias— El padrino (1971) del mundo de la moda: un film de mafia que no transcurre (o sí) dentro del ámbito de la mafia pero que funciona según los mismos códigos de honor, traición y sangre. Y lo consigue: realizando más un melodrama histórico que una tragedia clásica; y, por lo tanto, marcando distancia con el estilo frenético de Scorsese o el manierismo de Coppola; dos extremos que la película sortea de manera consciente en todo momento.

Pero su mérito, que es mucho, determina también sus limitaciones, que no son menores: el film no decepciona como tampoco asombra, ni deslumbra y desde luego queda lejos de rozar la maestría. El ritmo no decae y lo narrado no se estanca en el tedio aunque tampoco estampa una sola imagen memorable en la retina. Y uno se pregunta qué otra cosa sino el morbo puede motivar esa radiografía tan oscura como carente de lección que se da, en definitiva, de los entresijos de una familia concreta y, por ende, de toda la condición humana.

Más que La casa Gucci, el título de la película debería ser algo así como “decadencia y muerte de la casa Gucci”. Y aunque la brillante interpretación de una Lady Gaga que nunca estuvo tan bien nos pueda hacer pensar que la culpa de esa aniquilación familiar descansa sobre los hombros de una mujer ambiciosa hasta sobrepasar sin demasiado esfuerzo el umbral del peligro, Patrizia Reggiani, lo cierto es que no hay más culpable de esa aniquilación que el paso del tiempo. Algo que queda negro sobre blanco en las más de dos horas y media de metraje que tiene La casa Gucci: los personajes envejecen, el mundo de la moda cambia y lo que antaño fueron afectos —o fingían serlo— derivan, finalmente, en odio, resentimiento y venganza.

En La casa Gucci conocemos la historia de la célebre marca desde el día en que Maurizio Gucci, encarnado por Adam Driver, se enamora de Patrizia Reggiani (Lady Gaga), hasta que es asesinado por orden de esa misma mujer décadas después. Lo que se narra entretanto es una historia plana pero eficaz de césares del capitalismo que oscilan, respectivamente, de más sobrios a más histriónicos si bien igualmente poderosos y no menos rodeados por una opulencia romana. Ellos están interpretados por dos brillantes actores, Jeremy Irons y Al Pacino, y por un tercer intérprete bastante irregular en sus trabajos, Jared Leto, que en este caso supera con nota el riesgo de caer en esa desmesura a la que es tan aficionado; esos tres personajes, Rodolfo, Aldo y Paolo, serán el dique de contención del tándem Gaga-Driver, que finalmente hará aguas con las fatales consecuencias por todos conocidas. Los veremos caer, a todos ellos sin excepción, junto a la pesada corona del Imperio, mientras el propio mundo de la moda y hasta el mercado financiero fluctúan hacia dimensiones desconocidas a un ritmo vertiginoso y cegador.

Fue el cuentista Isaak Babel quien escribió algo así como que la familia es un asunto inquietante y oscuro. Otro gran escritor ruso, León Tolstói, dejó escrito al inicio de Anna Karenina (1877) que: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Los Gucci, entonces, debieron de componer una familia muy particular. Ambas frases, la de Tolstói y la de Babel, se pueden aplicar a la perfección a una historia que, gracias a su gran factura, al orfebre de la dirección que mira detrás de las cámaras y al poder interpretativo de su elenco, convierte un telefilm con guión de culebrón en una película intensa que se postula ya como firme candidata a los premios más importantes —sin olvidar el espectacular diseño de vestuario de Janty Yates, que tendrá que competir con Jacqueline Durran y su trabajo en Spencer (2021)— en la próxima gala de los Oscars.

El mundo de la moda suele ser retratado con estilización o con frivolidad; desde la pompa más estomagante o desde el sarcasmo más cruel. Poco puedo decir al respecto de la manera en que La casa Gucci muestra ese negocio, pues de ello nada sé y mi propio “aliño indumentario” es tan pobre, sobrio y desmañado como el de un Pío Baroja o un Antonio Machado; un buen amigo mío, sin embargo, más parecido en esto como en todo a Don José Ortega y Gasset, lleva años tratando de ampliar mis horizontes a través de películas como Yves Saint Laurent (2014) o Un hombre soltero (2009). Con pésimo resultado: queden ahí las recomendaciones por si alguien sabe sacar mejor provecho de ellas. Es precisamente Tom Ford, director de esta última película además de célebre diseñador de moda él mismo, quien hace su aparición en el tramo final de La casa Gucci (2021), como el personaje encargado de relanzar la marca hacia los nuevos tiempos del mundo de la moda. Pero cuando ese momento llegue, ningún miembro importante de la familia Gucci estará ahí para verlo. Porque el peso del apellido, después del auge y como le ocurre, en definitiva, a la propia película con su metraje, acaba suponiendo una excesiva mortificación.