The Nest, película distribuida por Diamond Films y de reciente estreno en España, está sembrada de distintos elementos idóneos para generar expectativas. De esas que con tanta facilidad se suelen defraudar. Que esté protagonizada por dos actores del calibre de Jude Law y Carrie Coon es una. Que su director, Sean Durkin, deslumbrara a la crítica en 2011 con la inquietante película Martha Marcy May Marlene y se llevara el premio a la mejor dirección, a pesar de ser su ópera prima, en el Festival de Sundance de ese mismo año, es otra. Y que The Nest sea, después de una década de inacción en la que seguro le han llovido los proyectos, su primer largometraje, otra más. La película, sin embargo, sigue superando todas las expectativas. Al punto de resultar fascinante del todo.

Como diría algún ministro español, el matrimonio que protagoniza The Nest vive “por encima de sus posibilidades”. Mucho. Demasiado. Hasta rozar la locura. Se trata de un par de yuppies que medio escapan de Estados Unidos para regresar a Inglaterra en busca de oportunidades florecientes. Su nuevo tren de vida, no menor ni muy distinto del anterior, no tardará en reavivar los viejos problemas y hasta en sumarle unos cuantos nuevos. Esta es, en principio, la premisa de la película. Pero el argumento no importa tanto en The Nest como la forma en que se cuenta la historia: algo así como un thriller sin demasiada acción explícita; una película de terror psicológico sin sustos de ningún tipo ni amenazas reales; y una sátira carente de humor sobre las clases altas digna de Tom Wolfe pero con mucha más acidez que ironía. Donde Antonio Campos fracasaba de manera estrepitosa con El diablo a todas horas (2020), una película fallida de intenciones análogas, Durkin logra rozar la perfección con The Nest (2021).

Sean Durkin hace películas incómodas. Desasosegantes. Poco complacientes con el espectador y su más que probable moral burguesa. En algunos aspectos, su cine recuerda a films recientes de algunos de los mejores directores vivos: El hilo invisible (2017), El sacrificio de un ciervo sagrado (2017), Elle (2016), Carol (2015), La Caza (2012), La Cinta Blanca (2009) o Bailar en la oscuridad (2000). Ese tipo de títulos que irradian extrañeza por cada poro y que te hacen revolverte una y otra vez en el asiento sin la necesidad de tener que mostrar algo excesivamente brutal en la pantalla. Aunque a veces también sea necesario hacerlo. Paul Schrader o Abel Ferrara estarían orgullosos de tener un discípulo de la talla de Durkin en activo: alguien que sabe convertir un caballo negro aparentemente sano, aunque en realidad enfermo de gravedad, en metáfora diamantina de la decadencia de un matrimonio cimentado sobre la farsa.

En La vida del Lazarillo de Tormes aparece un hidalgo que simula ante la sociedad vivir en la opulencia pero que tiene la casa vacía y apenas nada que comer, y para el que Lázaro sirve durante un tiempo en el que acabará compartiendo su propia ración de pan con su amo. Elegimos ser esclavos de nuestros deseos; entonces como ahora, esa es la verdadera historia del capitalismo en la que, progresivamente, el mercantilismo ha ocupado el lugar que antaño significaban los afectos en nuestras vidas. Y en el proceso convertimos el mundo de nuestros padres y las viejas tradiciones que ellos nos transmitieron en una simple cuestión de protocolo que podemos desdeñar con facilidad. Todo eso aparece retratado en The Nest (2021) con una sutileza de guión y una delicadeza visual que hacía mucho tiempo que yo no veía en una pantalla de cine.

Tanto Jude Law (The Young Pope) como Carrie Coon (The Leftovers), dos excelentes actores que vienen de triunfar, respectivamente, en el mundo de las series, están brillantes en The Nest (2021); un dúo actoral que no tiene nada que envidiar al de Pattinson-Dafoe en El faro (2019) o el de Phoenix-Seymour Hoffman en The Master (2011). Todo lo que no nos dice la inteligente cámara con la que Durkin nos muestra exactamente qué mirar en cada momento, la música incómoda de Richard Reed Perry o la fotografía al contraluz de Mátyás Erdély, está en los matices del rostro de alguno de estos dos monstruos de la interpretación.

Lo que el poder puede hacer con un matrimonio, con el amor, resulta mucho más terrorífico que la criatura más abominable que cualquier película de terror pueda diseñar. Esa es la lección de The Nest, además, claro está, de la otra: una impresionante lección de cine que ofrece el propio Sean Durkin. Su guión, que parece no estar contando nada durante buena parte de la película pero que rebosa contenido, sabe rellenar todos esos huecos nada más que con imagen y talento, de forma que cuando todos los personajes sean llevados al límite en el mismo punto de la película, hacia el final de su metraje, la tensión haya traspasado el umbral de la pantalla. Solo puedo esperar que esta vez Sean Durkin no vuelva a dejarnos tanto tiempo sin realizar una de esas películas tan infrecuentes como valiosas en las que al espectador le da pena tener que parpadear.