El estreno de una película sobre el Holomodor (exterminio por hambre en ucraniano) es una buena noticia, más aún cuando el genocidio que trata sigue siendo cuestionado. Por ejemplo, el pasado lunes el embajador ruso en Polonia, Sergey Andreyev, afirmaba en una entrevista: “El Holomodor fue una gran tragedia debido a los errores de la política de colectivización y a condiciones climáticas muy desfavorables. Pero no hay razones para atribuir el hambre a los esfuerzos deliberados de Stalin para exterminar a los ucranianos”. Opiniones como esta hacen muy necesaria una película como “Mr. Jones”, que relata la historia de un periodista gales, Gareth Jones, que viajó a Ucrania y fue el primero en revelar al mundo el horror de lo que allí estaba pasando. Desgraciadamente, como suele pasar cuando nuestro cine “progre” hace una película histórica, la película de Agnieszka Holland ha resultado ser decepcionante.

  

En primer lugar, y como respuesta al embajador, es cierto que la desastrosa colectivización y las exportaciones de alimentos, en continuo aumento, causaron una hambruna en todas las regiones productoras de la Unión Soviética en el invierno de 1932. Pero en otoño el gobierno comunista aún podría haber evitado la hambruna mediante la redistribución de recursos, la importación de alimentos o, como ya hizo en la hambruna sufrida en 1921, pedir ayuda internacional. No hicieron nada y el hambre causó la muerte de más de cinco millones de personas, cuatro millones solo en Ucrania (algunas fuentes arrojan cifras más elevadas). ¿A que se debió esa diferencia? Mientras que los comunistas levantaron la mano con la confiscación de alimentos en las regiones afectadas, la política respecto a Ucrania fue implacable; las confiscaciones se endurecieron, se crearon listas negras de pueblos y aldeas que no cumplían con el cupo del partido, se establecieron controles fronterizos para que la población no pudiera huir del hambre, etc. Además de estas medidas criminales, Stalin aprovechó la situación para sovietizar Ucrania. La policía secreta, el OGPU, inició una campaña de persecución contra la élite intelectual, la Iglesia y el funcionariado ucraniano. El partido comunista ucraniano no se libró de la purga y muchos terminaron en el gulag o ejecutados. Algunos, como Mikola Skrípnik, uno de sus dirigentes más conocidos, se suicidaron. Stalin no solo permitió la muerte de millones de ucranianos, también buscó la destrucción de todo rastro de nacionalismo y cultura ucraniana. En enero de1934, en el llamado Congreso de los Vencedores, Stalin aún insistía en el peligro que representaba esa idea: “En algunas repúblicas de la Unión Soviética, sobre todo en Ucrania, la amenaza principal es ahora el nacionalismo ucraniano que se alía con los intervencionistas imperialistas”. La película no explica en ningún momento esta motivación de Stalin, salvo el hecho de que el dinero de la URSS era el grano, y hay escenas confusas en las que por un lado se confiscan alimentos y por otro se reparte pan. No existe un crimen sin un motivo para cometerlo, y de este modo la película hace un flaco favor a la historia del Holomodor.

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Respecto a Gareth Jones, la historia relatada en la película tiene poco parecido con la realidad. Es normal que en una película se dramaticen ciertos hechos, como que el periodista pase hambre para mostrar el horror de lo sucedido, pero la historia llega a ser delirante. En la película Jones sale a duras penas de la Unión Soviética y una vez en Inglaterra da charlas para contar lo que le ha sucedido, con la escasa repercusión que uno puede imaginar. No obstante, Walter Duranty, periodista del New York Times en Moscú y colaborador de los soviéticos, utiliza su influencia para tacharle de mentiroso y sensacionalista. El protagonista acaba en un periódico de poca monta, pero el destino le ofrece la oportunidad de ofrecer su historia a un poderoso editor y el mundo conoce al fin la verdad. Un final buenista que roza el absurdo. Lo cierto es que nada más salir de la URSS, en marzo de 1933, Gareth Jones dio una rueda de prensa en Berlín para denunciar lo que había presenciado en Ucrania. Duranty y otros muchos le desprestigiaron y el mundo dio carpetazo a su historia.

 

Agnieszka Holland pertenece a esa élite cultural polaca progresista y mundialista que critica permanentemente la historia de su país. Hace unos días firmó una carta dirigida a la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyden, en la que acusa a Polonia de homofobia y de alejarse de la democracia. La carta era un alegato en defensa de los manifestantes violentos que intentaron impedir la detención del activista conocido como “Margot” (puedes encontrar más información sobre este caso aquí) y una petición de acciones inmediatas contra Polonia. La carta estaba firmada por otros “intelectuales”, entre ellos Pedro Almodóvar y Olga Tokarczuk (Premio Nobel de Literatura de 2018 y firme defensora de la Leyenda Negra antiespañola). Resulta difícil hacer un relato histórico coherente cuando se está tan condicionado por una agenda ideológica. El Holomodor, y tantos otros crímenes de la historia soviética, siguen necesitando libros, documentales y películas que hagan justicia.