Mario Cuenca Sandoval escribe al inicio de su novela Los hemisferios: “Hablaban de cine. Siempre. El cine era la enfermedad del siglo, como la melancolía había sido el mal del siglo anterior”. Para el auténtico cinéfilo, resulta imposible no envidiar la cita: ¿Es acaso ”el cine la enfermedad del siglo XX”? ¿Cómo nos deja esa perspectiva en cuanto que habitantes de otro tiempo posterior? Pensemos en que ningún siglo ha estado tan cargado de tropelías perpetradas por el propio hombre y que, en medio de esa vorágine de horror moralmente lacerante y exterminador en el sentido literal del término, el cine ha sido el gran regalo gracias al cual la vida de muchos ha seguido teniendo sentido. La pregunta es, ¿seguirá siéndolo?

Cuando en 1927 se estrenó la primera película sonora, El Cantor de Jazz, muchos quisieron creer que la perfección creada por el cine silente y rastreable en cintas como Amanecer (1927) de Murnau, del mismo año, llegaba a su fin. Así, Rodolfo Valentino e incluso Charles Chaplin —que más tarde volvería a la dirección y a la actuación e incluso sería compositor de sus propias bandas sonoras— se negaron durante no pocos años a seguir haciendo cine. Precisamente la citada película El Cantor de Jazz trata sobre un artista negro pero está protagonizada por Al Jolson, un actor blanco pintado con betún para la ocasión. Small Axe (2020) —¿una serie de cinco episodios o una película con cinco historias independientes?—, uno de los mayores proyectos cinematográficos de los últimos años, sería impensable sin su música, y su tema central no es otro que el del racismo.

Hace apenas unos años pudimos ver en cine un gran ejemplo de la especial relación que el cine y la música tienen cuando se trabaja con la intención de fusionarlos en la película Cold War (2018) de Pawel Pawlikoswki. Porque, frente a los primeros títulos sonoros que usaban la nueva técnica como novedad formal sin más implicaciones artísticas, el cine se dio cuenta muy pronto de las posibilidades del sonoro dentro de dicho arte; uno de los grandes ejemplos de todos los tiempos, en este sentido, es La conversación (1974) de Francis Ford Coppola. Small Axe —el título proviene de una canción de Bob Marley—, es una serie de cinco películas breves dirigidas por Steve McQueen (Shame, 12 años de esclavitud) y producida por la BBC que trata sobre la comunidad de inmigrantes jamaicanos en las décadas de los 60, los 70 y los 80. Cada historia es completamente diferente a las demás pero la homogeneidad del producto es evidente, como demuestra la presencia detrás de las cámaras de uno de los grandes directores de nuestro tiempo: alguien que sabe ser a un tiempo clásico y moderno.

Las cinco historias de Small Axe nos aproximan a cinco formas distintas de entender una realidad cultural afrocaribeña que trata de abrirse paso en un ambiente hostil de supremacismo blanco británico. Así, El Mangrove cuenta la lucha de una pequeña comunidad popular de personas unidas que solo quieren abrir un local donde poner su música y comer su comida pero que sufren el acoso constante del cuerpo (racista) de policía hasta que se produce un juicio a la altura, dentro del género judicial, de grandes títulos como Veredicto Final (1982). Lovers Rock es una cinta casi experimental que cuenta una fiesta casera —única opción posible para los jóvenes jamaicanos cuando no podían entrar en las discotecas— que es pura danza en un canto desenfrenado y bello a la juventud y a la vida. Rojo, blanco y azul cuenta la historia de un joven (John Boyega) que quiere ser policía —frente a la oposición de su padre, que encuentra en dicho cuerpo a su principal agresor— y que, una vez en el cuerpo, debe abrirse paso al más puro estilo Serpico (1974), entre unos compañeros mayormente racistas y corruptos. Alex Weatle cuenta la historia real del personaje del mismo nombre —que ha ejercido de asesor y guionista en la serie—, un joven a la busca de su identidad que se inicia como DJ en el mundo de la música para, tras pasar una temporada en la cárcel como resultado de las protestas que tuvieron lugar en Brixton en 1981, encontrar en la literatura su verdadera vocación existencial. El último episodio, Education, es el más demoledor y emotivo de todos, dado que cuenta la historia de un niño negro al que los funcionarios del sistema educativo con los que se cruza quieren llevar a un centro de estudiantes con discapacidad solo porque es negro.

Como ya hiciera, por ejemplo, Scorsese con la cultura italoamericana de los años 50 en Nueva York, McQueen consigue trasladarnos de lleno a la cultura jamaicana y, a través de sus costumbres, de su forma de vestir, de sus giros del lenguaje y, sobre todo, de su música, consiguiendo con ello que el espectador ame por completo ese mundo maravilloso y ya perdido. En ese sentido, el capítulo más vanguardista en lo formal y más vívido para el espectador, Lovers Rock, recuerda a títulos como American Graffiti (1973) o Dazed and Confused (1993), en cuanto que, como la propia juventud que retratan las tres obras, no va a ninguna parte ni persigue más fin que el de retroalimentarse para crecer; las suyas son historias que, a imitación de la existencia, simplemente se dejan ir con la ligereza y la frescura de la mejor canción pop, del más estimulante ritmo de reggae. Cuando en Small Axe suenan How can you mend a Broken Heart de Al Green o Tin Soldier de los Small Faces uno solo quiere aplaudir por la excelente selección musical, tan importante en este caso como la composición del más sofisticado de los planos.

El poder inefable de la música aúna las cinco obras maestras —sin variantes, cada una en su esencia— que componen Small Axe y que, ante todo, son todo un privilegio visual por el estilo neoclásico de Steve McQueen, un director que sabe innovar con la cámara bien fijada en el suelo —siempre y cuando no nos quiera llevar en volandas a la danza de una fiesta— y lejos de todo delirio “de autor”. Como dijera David Foster Wallace en el transcurso de una entrevista, “El proyecto que merece la pena intentar es hacer cosas que tengan algo de la riqueza y el desafío y la dificultad emocional e intelectual de la vanguardia literaria, algo que haga que el lector afronte cosas en lugar de ignorarlas, pero hacerlo de tal modo que también sea agradable de leer”. Las historias narradas en Small Axe son trayectorias humanas, demasiado humanas, y tan verosímiles como pueda serlo toda lucha por la dignidad y por la libertad. Cinco capítulos que retratan una gran variedad de personas que defienden unos valores comunes, una cultura propia y una misma batalla por poner fin a cualquier forma de discriminación. Steve McQueen ha sabido revivir el cine político surgido en los años 70 —aclaración: el cine y la literatura con vocación “social ” y política han sido sustituidos por el neopuritanismo de lo políticamente correcto: su opuesto en cuanto que totalitario por definición—, sin desmerecer un ápice a las grandes obras de Sidney Lumet, Costa-Gavras, Ken Loach o de Oliver Stone.

El canto entonado al unísono en torno a una misma música tiene una evidente capacidad religiosa para aunar y restañar lo que ninguna tiranía más o menos explícita podrá demoler jamás: la necesidad de vivir como hombres —en el sentido pleno de la palabra—, y no como bestias. Aunque yo mismo he dado muchas veces al cine por muerto en los últimos años —siendo éste un arte del siglo XX y estando nosotros, sobre todo a partir de la pandemia de Coronavirus, irremisiblemente inmersos en el siglo XXI—, Steve McQueen me ha demostrado mi error con una obra de arte que ha renovado mi vapuleada fe en el arte cinematográfico por venir. Un milagro llamado Small Axe ha demostrado que esa bendita enfermedad a la que llamamos cine seguirá suministrando droga (de la buena) en forma de maximización artística para mejor aguantar la vida y para acallar la ansiedad eficazmente en esos momentos en los que uno tiene ganas de dejar de luchar por la realidad. Porque todo es igual y porque nada es ya lo mismo, seguimos enfermos de cine.