José Papparelli, colaborador de El Correo de España, nació en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. De origen y cultura italiana, lleva en su corazón a España, su patria de adopción, donde vive y formó su familia. Estudió Ciencias de la Comunicación y Gestión Cultural. Ha desempeñado su actividad profesional en medios gráficos especializados en música, cine y critica cultural.

En Argentina ha sido coordinador del Programa Cultural del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires; guionista y realizador para el Instituto Histórico de la Ciudad; productor y conductor de radio en distintas FM y TV locales, además de editor de distintas publicaciones desde el año 1981.

En España es socio fundador y Director de Comunicación de la Asociación Cultural Victorial Hispánico. Escribe en la revista “Cineficción”, columnista de opinión en “El Correo de España” y colabora con el programa “En La Boca Del Lobo” de Radio Ya. Especialista en música, cultura popular y cine. Amante de la Historia, los Mitos y el Realismo Fantástico.

En esta entrevista reflexiona sobre la película Blade Runner y sus implicaciones filosóficas.

Blade Runner, una película que no deja indiferente, pues tiene el acierto de crear una atmósfera mágica...

Con Blade Runner estamos, sin duda alguna, ante uno de los grandes films de la historia del cine. Y no me refiero en cuanto a taquilla recaudada, popularidad o premios conseguidos sino a su factura como obra cinematográfica y a su impacto cultural a través del tiempo. Acerca de Blade Runner se podía hablar y discutir ad aeternum. Se han escrito ensayos y hecho documentales, es materia de discusión filosófica, ética, antropológica, tecnológica… Curiosamente la película en su momento no consiguió el público ni el reconocimiento crítico esperado, sino que su notoriedad fue evolucionando y madurando como los buenos vinos. En 1982, Ridley Scott venía de realizar nada menos que Alien el octavo pasajero y muchos pensaron que Blade Runner, al ser una película de ciencia ficción, tendría algo que ver con ella, pero no fue así. Blade Runner es una obra única y personal de un auténtico genio del cine y podemos afirmar que marcó un hito en la evolución del género. Imposible quedar indiferente ante el film por diversos motivos. En su momento se la amaba o se la odiaba, pero no dejó indiferente a nadie. Hoy tal vez la cosa ha cambiado con el paso del tiempo y conseguimos ver matices y cuestiones que antes no veíamos. Cuando sucede algo así y ahora estamos hablando acerca de ello es por un motivo. Ya es un clásico y los clásicos perduran en el tiempo.

Incluso ha generado sentimientos contrapuestos…

Así es. Sentimientos contrapuestos en muchos sentidos. Cuando vi por primera vez Blade Runner en el cine a principios de los 80s reconozco que no me gustó. En realidad, no era lo que esperaba ver. Por entonces dejaba la adolescencia y consumía contenidos de ciencia ficción como los films producidos en los 50s, 60s y 70s, series como Star Trek y la aventura space opera de Star Wars. La aparición de Blade Runner fue otra cosa completamente diferente. No era lo que esperaba en una película de ciencia ficción. Me aburrió, me perdí en su trama. Sí, era ciencia ficción, sucedía en el futuro, se hablaba de viajes espaciales a colonias de otros mundos, aunque no aparecía explícitamente, iba más de detectives y policías que otra cosa. No era para mí en ese momento, soy sincero. Eso sí, visualmente me impactó, entró por los ojos esa estética rompedora, oscura y decadente, mezcla de tecnología futurista, clasicismo, art-decó y neón, muy cercana estéticamente al estilo de la revista Metal Hurlant o Heavy Metal, con esos guiños estilísticos a Moebius o Bilal. Eso fue lo que me gustó de la película, tal vez la superficie, lo que se veía, pero no su profundidad, no había conseguido llegar a ella. No olvidemos tampoco que ver a Han Solo haciendo de Deckard era raro cuanto menos. Me fui reconciliando con Blade Runner poco después, en la época del VHS que me permitió verla una y otra vez y descubrirla definitivamente.

Eso en cuanto a lo puramente cinematográfico, pero Blade Runner no se queda solo en eso, los sentimientos también se contraponen respecto a su historia, su relato, su intencionalidad, su fondo filosófico y de advertencia ante el destino de la humanidad tan afín al género. No olvidemos que estamos ante una propuesta artística cinematográfica que adaptó libremente la novela corta de Philip Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Las diferencias entre el relato y la película son muy significativas. El film de Ridley Scott es una obra totalmente novedosa y original, empezando por su título que nunca es mencionado por Dick y que está tomado de un libro de William S. Burroughs, el referente de la llamada Generación Beat. Hay infinitos cruces en toda la propuesta. En ello tuvieron que ver los guionistas Hampton Fancher y David Peoples, el diseñador Syd Mead y por supuesto Ridley Scott sentando las bases de lo que se daría en llamar ciberpunk como subgénero. Tal es así, que cuando William Gibson vio la película estaba trabajando en su novela Neuromancer y al ver los escenarios y el ambiente dijo que eso era exactamente lo que tenía en su cabeza y ahí lo tenía, delante de sus ojos en una pantalla de cine.

Blade Runner nos muestra una serie de dilemas de hondo contenido ético y humano. Ahí tenemos al hombre y la inteligencia artificial que lo complementa en una sociedad tecnológicamente avanzada pero caótica y decadente. En el universo Blade Runner no vemos explícitamente el poder político que ordena esa sociedad, pero sí el que de alguna manera la regula y controla: la Tyrell Corporation. Su lema es “Mas humanos que los humanos”. Fabrica los llamados replicantes, seres virtualmente idénticos al hombre, pero superiores en fuerza y agilidad utilizados en tareas peligrosas. Hay algo que los diferencia de los simples robots o androides típicos de la ciencia ficción. Los replicantes son igual de inteligentes que los ingenieros genéticos o “diseñadores” que los crearon y pueden conseguir desarrollar emociones humanas. Ante esta posibilidad tienen un dispositivo genético de “seguridad” que consiste que pasado cuatro años mueran. Un grupo de replicantes del tipo Nexus 6 se rebela y por ello son proscriptos y condenados a la pena de muerte. A darles caza y ejecutarlos o “retirarlos” eufemísticamente, se dedican los policías llamados Blade Runners.

Hasta aquí argumentalmente una historia de juego del gato y ratón cercano al relato detectivesco del cine negro. Lo valioso y rico en Blade Runner está en las preguntas abiertas acerca de la ingeniería social y genética, la inteligencia, los sentimientos, la manipulación y el implante de falsos recuerdos y memoria en organismos artificiales cuasi humanos. Las cuestiones acerca de la libertad, la ética y los fines del ser humano en una sociedad distópica están presentes. Ahí radica su importancia más allá de lo estético donde incluso se puede encontrar belleza en esas imágenes inquietantes, a pesar de que no deseamos que se hagan nunca realidad. De ahí también los sentimientos contrapuestos.

Salvando las distancias, Blade Runner siempre me recuerda un poco a la obra del Bosco y esas imágenes de pesadilla que nos enseña por ejemplo en El Jardín de las Delicias. Su genio artístico consiguió plasmar el horror en arte y eso despierta en el observador un “goce” que opera con un fin moralizante. La fealdad y su malvado reflejo, en manos maestras se convierte en arte y consigue alertarnos y darnos una lección. Algo parecido también encuentro en Goya. Scott creo que también apunta a ello con Blade Runner.

Antes se hablaba mucho de inteligencia artificial, hoy se habla de transhumanismo…

La llamada inteligencia artificial está conectada con esto que se dio en llamar transhumanismo ya que no deja de ser algo antinatural. La inteligencia es humana, no artificial. Cuando comenzamos a manipular la naturaleza con un fin prometeico estamos violando la ley y el orden natural intentando ocupar el papel divino. Esto aparentemente tan moderno no deja de ser algo tan antiguo como el pecado original. Ahí está el origen de ese querer ser como Dios y sabemos de dónde viene, hacia donde va y cuál es su fin.

El llamado transhumanismo, lamentablemente tan de moda actualmente, busca una alteración de la naturaleza del ser humano, alargar su existencia incluso hasta la inmortalidad y guiar artificialmente el proceso evolutivo del género humano mediante la tecnología. Busca liberarse de Dios y la naturaleza creyendo tener las herramientas materiales para hacerlo. Es ingeniería antropológica y social pura y dura que considera al ser humano como algo meramente biológico sin trascendencia metafísica. Estos “diseñadores genéticos” transhumanistas, como los de Blade Runner, buscan crear una nueva estirpe humana, posthumana, que esté más allá del dolor, la vejez y la muerte, una estirpe de “dioses” hechos a sí mismos. Si observamos bien esta peligrosa corriente científica, filosófica, cultural, esta nueva religión atea, es tan antigua como la promesa hecha por la serpiente en el Paraíso a Adán y Eva. Nada nuevo bajo el sol ¿Cuál es el límite? ¿Existe o no? ¿Es lícito y ético? Estos interrogantes también los podemos encontrar en la obra de Scott hace casi cuarenta años atrás. De ahí que hoy sigamos hablando de ello.

Resultan también curiosas las referencias de corte religioso en Blade Runner. Vemos por ejemplo que el espectáculo de la replicante Zhora (Joanna Cassidy) es promocionado como Salomé y la serpiente, invitando a verla “gozar con la serpiente que una vez corrompió al hombre”. El señor Tyrell (Joe Turkel) es el “creador” y el replicante Roy Batty (Rutger Hauer) cuando se encuentra con él le dice “Quiero más vida, padre”. Tyrell es el padre creador y le dice a Roy “Eres el hijo pródigo”. En esta escena clave hay un momento de intenso dramatismo cuando Roy en una actitud que parece de confesión y arrepentimiento ante Tyrell dice: “He hecho cosas malas” y su creador le responde: “Y también extraordinarias. Goza de tú tiempo”. Roy responde: “No haré nada por lo que el dios de la biomecánica me impida la entrada en su cielo”. El replicante lo besa y lo mata. También vemos el clavo en la palma de Roy en el combate final con Deckard (Harrison Ford) y las referencias directas al cielo y el infierno además de la bellísima imagen de la paloma blanca que se libera con la muerte de Roy. Todos estos elementos no son solo recursos semánticos cinematográficos sino huellas narrativas que conectan con un trasfondo metafísico.

Solo en la ficción un robot puede tener sentimientos…

Si, afortunadamente. Las emociones, los estados de ánimo, los sentimientos, solo forman parte de la dinámica cerebral del ser humano. El pensamiento y la razón son solo patrimonio humano. En la ficción siempre se buscó trasladar estas características humanas a lo inanimado, a las máquinas. Sin embargo, el termino robot, hoy estandarizado y reconocido es bastante reciente. El checo Karel Capek, autor de una obra teatral de 1924 llamada R.U.R (Rossum´s Universal Robots) empleó en su idioma la palabra robota que hacía referencia a alguien mecánico que, hacia un trabajo duro y forzado, un “trabajador”. Un traductor ingles no se atrevió a traducirlo del checo ya que “trabajador” o “worker” no encajaba bien con la idea del artefacto mecánico que cumplía esa función y lo dejo en robot, estandarizándose así en todas las lenguas. En 1950 Isaac Asimov recopiló una serie de sus relatos en el libro Yo robot y allí imaginó una tecnociencia especializada en robots creando la robótica y sus famosas Tres Leyes. Esta rama de la ingeniería nació primero en la ficción, pero la afición del hombre a crear artefactos que se asemejen a si mismo es muy antigua. Autómatas, juguetes mecánicos humanoides, androides llevan con nosotros tal vez casi dos mil años. El insuflarles vida en la ficción también.

En el fondo es porque el hombre no puede jugar a ser Dios y crear nuevos seres…

El hombre no debe jugar a ser Dios, no debe desafiar la ley natural porque implica su propia destrucción como tal. La búsqueda del bienestar, de la salud, de combatir el dolor y el sufrimiento, de prolongar incluso la vida es licito e incluso es parte de su propia naturaleza y no está reñido con la ley de Dios. El hombre tiene libertad y capacidad suficiente para la búsqueda de ello mediante la ciencia y esto no va contra la moral, la ética, la religión y lo trascendente. El problema está en los medios que se utilicen para estos fines y que si van contra la naturaleza acabamos en la deshumanización. Esto también forma parte de los temas de la ciencia ficción: la creación de vida artificial y de nuevos seres por parte del hombre mediante la ciencia puramente materialista han sido y son una constante del género.

Esto se ve en el mito de Frankenstein, aunque no deja de ser ficción…

Efectivamente, pero no deja de ser ficción de momento. Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley es un claro ejemplo de ello. En la novela, el dialogo mantenido entre criatura y creador plantea estas cuestiones ya a principios de siglo XIX. El prometeísmo, soberbio y desafiante de la naturaleza y lo divino, es el puro antropocentrismo que se manifiesta abiertamente a partir de la Ilustración. Como vemos, estas cuestiones vienen de lejos y la ficción actúa muchas veces como una reflexión. Tyrell es el Doctor Frankenstein y el replicantes “su obra de arte” como el mismo lo define.

Si a este drama filosófico le agregamos una sociedad que recuerda no solo en su estética sino en su fondo social a la magnífica Metropolis de Fritz Lang, arriba los que mandan y abajo los que sobreviven, más una subtrama del mejor film noir, y todo ello dirigido por Ridley Scott, nos encontramos ante una obra maestra. Por ahora ficción, pero cuidado que el hombre va camino en esa dirección prometeica como ya hemos visto.

De momento, por qué las aberraciones del hombre parecen no tener fondo…

Lamentablemente no tengo la respuesta. Advertencias ya nos sobran. Va siendo hora de tomarlas en cuenta y que no perdamos la condición humana en una sociedad distópica que parece cada vez más real. Pero esa discusión da para mucho y va más allá de Blade Runner.