Cuatro jóvenes —dos chicos y dos chicas— juegan en el río bañados por la calidez del sol. Su piel brilla perlada de gotas de agua como esquirlas de hielo derretido mientras sus ojos incandescentes silban un deseo ávido y torpe.

Un hombre se despierta solo en un apartamento alargado y de amplios ventanales. La boca todavía arrastra el dulce sabor del sueño, que en realidad es un recuerdo lejano. Hace la maleta con brevedad y eficacia para marcharse deprisa. Su armario está lleno de chaquetas acolchadas y remachadas con el diseño del FBI. Es hora de regresar a esa tierra yerma e inconsútil de la que se marchó veinte años atrás, cuando una de esas dos chicas apareció ahogada en el río y aquellos que eran, sencillamente, amigos pronto se convirtieron en sospechosos.

Ahora que él es policía, debe descubrir por qué ese chico que le acompañaba en su juventud decidió, convertido ya en hombre y en padre de familia, matar a su mujer y a su hijo con una escopeta de caza. Sin más razón aparente que una repentina locura o una secreta pulsión asesina veinte años postergada. Por supuesto, nada es lo que parece, los detalles se empiezan a acumular abriendo horizontes insospechados y ambos sucesos aparentemente inconexos —la chica ahogada; el niño y la madre fusilados—, resultarán ser parte de un mismo drama. La vida.

Años de sequía (2021) es uno de los grandes thrillers de la década. Una película dura y seca por necesidad que quiebra los moldes del género para entrar de lleno en la tragedia clásica. El héroe que vuelve al hogar para (re)conocerse a sí mismo; la muerte de años atrás sin resolver que ha privado, como si de una maldición ancestral se tratara, de lluvia a las cosechas; el pueblo dividido, moralmente devastado y fragmentado en lo social que aún no ha terminado de enterrar a sus muertos como es debido; el sacrificio que exigirá quemarse (literalmente) las manos a un hombre que quiere ser justo a cambio de salvar el paisaje. Hay en los recurrentes planos aéreos de la Australia moderna más verdad sobre la vida rural del siglo XXI que en el periódico de cada mañana.

La película de Robert Connolly no tiene nada que envidiar a obras maestras recientes de la talla de Wind River (2017), Perdida (2014), Prisioneros (2013) o Mystic River (2003). Y no es que en los últimos años no se hayan filmado títulos noir de calidad para disfrutar en nuestras pantallas, sino que todas esas obras las hemos disfrutado en formato de series pero no en pantalla grande porque los grandes thrillers de los últimos años parecen ser patrimonio de las plataformas digitales. Por eso hay que celebrar la calidad de una cinta como Años de sequía acudiendo a verla al cine para mejor experimentar la catarsis en la sala a oscuras y en compañía de desconocidos.

A pesar de que su estreno comparte fecha con dos películas que han recibido críticas entusiastas y que son carne de premios como Spencer (2021) o Última noche en el Soho (2021), la cinta protagonizada por un inmenso Eric Bana, que no estaba tan bien desde Múnich (2005), es sin duda el título de la semana.

La película está basada en una novela negra de Jane Harper que en España ha sido publicada en ese grandioso sello, del que nunca he leído una mala novela, que es Salamandra Black. Se trata de una obra que parte de elementos genéricos típicos del noir para profundizar de manera descarnada en las emociones humanas más innatas. Y lo hace con la implacable maestría de otros grandes del género que también han sido adaptados al cine con gran fortuna: Dennis Lehane o Gillian Flynn. Parte de una estructura musical de alternancia narrativa que intercala flashbacks constantes del pasado dentro de la investigación que se está realizando en el presente. El motivo de esto no es tanto ampliar la investigación del crimen que vertebra la trama como realizar un certero y duro retrato de la Australia contemporánea.

Ningún género como el negro, hablemos en esto de literatura como de cine, para retratar las consecuencias del capitalismo en las vidas de los más desamparados al tiempo que para entrar con hondura —y, por qué no decirlo, también con una bravura desprovista de toda verdad biempensante— en los grandes temas de la condición humana. Era así en el momento de inventarse con Los asesinos (1927) de Hemingway, Cosecha roja (1929) de Hammett y Santuario (1931) de Faulkner; y todavía es así hoy en las obras de Richard Price, George Pelecanos, Don Winslow o del gran James Ellroy. Del crack del 29 a la pandemia del coronavirus. Años de sequía (2021), en ese sentido, es la última prueba hasta la fecha de ello.