Casi toda ficción es política, aunque no todos los creadores, y desde luego muy pocos espectadores, sean conscientes de ello. Buena parte de los supuestos intelectuales de nuestro tiempo viven fuera de la realidad: sus enemigos son el machismo, el racismo (o la xenofobia) y el fascismo de corte populista pero, por lo que se ve, no encienden la televisión para atender a la programación habitual, no van al cine para comprobar el estado actual del imaginario ni acuden a los periódicos para atender a la nómina de premiados de eso que pomposamente ha sido dado en llamarse “mundo de la cultura”. Muchos menos se rebajan a salir a la calle a hablar de los problemas que acucian al pobre ciudadano: el precio de la luz, las deudas, la incertidumbre; en su lugar, ellos siguen lanzando diatribas contra ese muñeco de paja imaginario que han inventado y que, a la luz de los acontecimientos, resulta muy rentable como negocio. No hay motivos, pues, por los que merezca la pena trastocarlo. ¿Verdad?

Amén de innecesariamente largas y cargantes, pretenciosas en exceso y cinematográficamente mediocres, No mires arriba (2021) y Ser los Ricardo (2021), son dos fiascos de fin de año que evidencian la visión maniquea y superficial de la realidad que manejan nuestros supuestos artistas de referencia. Adam McKay y Aaron Sorkin son, junto a George Clooney o David O. Russell y alguno más que me dejo en el tintero —traducción española: Almodóvar, Amenábar y Aranoa— en nombre de la paciencia del hipotético lector, dos niños mimados de Hollywood a los que se les consiente todo, que están acostumbrados a recibir una diligente y generosa financiación para sus proyectos, y que siempre gozan, en mayor o menor medida, del puntual y genuflexo beneplácito de la crítica. En sus manos recae esa entelequia llamada “conciencia nacional de un país” —traducción: el arte de dar sermones con forma de películas—, los Estados Unidos de América, cuyos productos culturales suelen ser más nuestros, por hablar mejor de nuestro imaginario, que el del más laureado cineasta patrio. El púlpito que acarrea consigo el cargo suele impregnar con un apolillado y enrarecido aroma a todo aquel que osa ostentarlo.

Hollywood parece estar obsesionado con contarnos una y otra vez lo estúpidos que somos todos los que no pensamos como en Hollywood quieren que lo hagamos. Don't Look Up (No mires arriba, 2021) es otro ejercicio más de esa condescendencia insoportable en la que su director, el citado Adam McKay, realiza un refrito de su propio y manido estilo: menos divertido, en esta ocasión, al tiempo de más moralista. Mal cambio. La película cuenta como unos “expertos” (ya podemos empezar a considerarles como unos modernos “caballeros andantes” siempre prestos a salvar a “las masas” y al populacho de su propia estupidez) descubren que el fin del mundo es inminente y comprueban, consternados, que la gente, lejos de permanecer aterida ante la abracadabrante perspectiva, está demasiado ocupada en ganar las próximas elecciones, en sacar provecho económico del asunto o, sencillamente, en pasar el rato mirando un reality show sobre famosos que se divorcian o compartiendo memes que hacen humor del propio fin del mundo, como para hacerles caso.

Hollywood parece estar obsesionado con contarnos una y otra vez como es su sufrida e ignorada historia de pequeño grupo defensor (algo así como la aldea de Astérix) de las esencias políticas que nadie más ha sabido percibir ni valorar: la libertad, la igualdad, los derechos civiles. Being the Ricardos (Ser los Ricardo, 2021), la última película escrita y dirigida por Aaron Sorkin, es un popurrí que se suma a la ola de películas pertenecientes a una suerte de “revisionismo histórico” donde hay que contar varios títulos recientes (e igualmente decepcionantes): Trumbo (2015), Ave César (2016) y Mank (2020) son solo algunos ejemplos. La película protagonizada por Nicole Kidman y Javier Bardem cuenta la historia de un matrimonio que protagoniza un popular show televisivo de los años 50 que hace humor a partir de la vida de una familia norteamericana. Si el original parodiado podía tener algo de gracia, la solemne crítica demócrata (y democrática) carece por completo de ella.

Por resumir lo que está a ojos de cualquiera: Mars Attacks! (1996) es mejor en la comedia y Dr Strangelove (1964) resulta mucho más creíble en cuanto que crítica cínica y apocalíptica de la sociedad que No mires arriba. La película protagonizada por Leonardo DiCaprio, Meryl Streep, Jennifer Lawrence o Cate Blanchett no añade nada a los títulos anteriores, resulta demasiado simplista en su retrato de la sociedad norteamericana y, a pesar de un punto de partida interesante y de unas intenciones satíricas evidentes, se desploma a la media hora de metraje para no volver a levantar cabeza en lo que resta de película, donde todo resulta errático y donde el intento de roman à clef (novela en clave) está hecho sin gracia ni talento. Los malos son los “negacionistas”, por supuesto, que no quieren “mirar arriba” a pesar de la evidencia científica (es decir, los votantes de Trump): suya es la culpa de que todos estemos abocados a la destrucción. Ya tienen su chivo expiatorio.

Con el pretexto de trazar un somero biopic de Lucille Ball, el director de Ser los Ricardo nos quiere hablar, a través de un feminismo de manual que es explícito hasta bordear con lo estomagante, de una mujer acusada de “roja” que es víctima, claro está, de una época machista donde el cine estaba puesto al servicio de la legitimación de los más aberrantes mecanismos sociales de dominación. Porque la televisión, como es sabido, era una mera “caja tonta” empleada malignamente por señores blancos heterosexuales para volver más idiotas a los espectadores; todo ello antes, eso sí, de que llegara Sorkin y nos absolviera a todos de nuestra infinita estulticia con El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) y The Newsroom (2012-14). A partir de entonces los ciudadanos norteamericanos (o aspirantes a serlo en futuras reencarnaciones) hemos aprendido a ser inteligentes, salvo, por supuesto, aquellos que todavía no han visto lo que Sorkin tenía que contarnos sobre la política (es decir, los votantes de Trump). Pues vale.

Adam McKay es uno de los grandes directores del cine reciente de ese género desprestigiado por la crítica que es la comedia. Dudo que películas como El reportero (2004), Pasado de vueltas (2006), Hermanos por pelotas (2008) o Los otros dos (2010) sean del gusto de aquellos “modernos” que consideran que películas —más deudoras de El Lobo de Wall Street (2013) de lo que se quiere reconocer— como La gran apuesta (2015), El vicio del poder (2018) o ahora No mires arriba (2021) son la quintaesencia del cine político. Cuanto más bondadosas han sido las críticas que ha recibido el cine de McKay, menos risa han producido sus películas: saquen sus propias conclusiones.

Aaron Sorkin es uno de los grandes guionistas de cine reciente dentro de ese género tan del gusto de los partidarios del cine “serio” que son las “películas basadas en hechos reales”. Excelentes trabajos en La guerra de Charlie Wilson (2007), La red social (2010) o Moneyball (2011) han estado acompañados por notables tropiezos de cuyo nombre no quiero acordarme; y lo mismo ha ocurrido con la labor de Sorkin tras las cámaras: El juicio de los siete de Chicago (2020) era bastante peor que el notable film El juego de Molly (2017); y ahora Ser los Ricardos inclina la balanza a favor del ego y en contra de la calidad cinematográfica.

Como le ha ocurrido recientemente a McKay, el papel social con el que se ha investido el propio Sorkin, contando con la connivencia casi absoluta de la crítica, ha resultado desastroso para el resultado final de sus últimos proyectos. Dicen los defensores de No mires arriba y de Ser los Ricardo que hay una crítica demoledora a la clase política y a la sociedad norteamericana en ambas películas; pero la supuesta crítica a “la élites”, realizada desde un esnobismo ideológico que no puede más que militar en el mismo bando de las propias “élites”, no resulta congruente ni veraz. Existe, además, otro rasgo común e imperdonable del todo en ambos films: un registro formal desmañado de la mano de un lenguaje visual plano y de una crítica social y política demasiado simple y estereotipada. Frente a la pretenciosidad y a la inconmensurable ambición de los dos directores, 2021 ha generado muy buen cine “de género” a lo largo del año. Me estoy refiriendo a sendos thrillers con más o menos dosis de noir y con una evidente crítica social que es menos explícita pero que tampoco estropea la narración final: Santos Criminales (2021), Años de sequía (2021), Culpable (2021) o El jugador de cartas (2021) son una prueba de ello. El cine “serio” y pretencioso sirve para ganar nominaciones y hasta importantes premios, sí, pero eso no significa que su análisis de la realidad sea más certero o que sea capaz de firmar la mejor y más perdurable cinta del año. Y si aún así quieren algo verdaderamente profundo de ficción crítica con el fenómeno conocido como “populismo”, les recomiendo leer a Charlie Kaufman o a Salman Rushdie: tanto en Mundo Hormiga como en La decadencia de Golden hay una crítica mordaz y radical a la sociedad norteamericana en general y a Donald Trump en particular.

McKay y Sorkin han cometido el error, tan común como demoledor para cualquier creador, de tomarse demasiado en serio a ellos mismos y al impacto social de sus obras; que no cometa la crítica cinematográfica el mismo error, aplaudiendo sus trabajos cuando son tan deficientes como en No mires arriba y en Ser los Ricardo. Está muy bien eso de querer aleccionar al prójimo sobre los males existentes en la sociedad a través de una película siempre y cuando uno no se olvide de lo más esencial, que es saber contar una buena historia con talento. El ego también es una cuestión política.