Carl Sagan, uno de los escasos ejemplos de híbrido entre místico y científico, decía aquello tan poético de que “solo somos polvo de estrellas”; un pensamiento que puede reconfortar o abrumar de manera caprichosa si justo atraviesa la mente cuando uno está mirando la bóveda celeste al tiempo que envuelto, por completo, en la más profunda de las oscuridades. La ambigüedad de la verdad, como la propia ambigüedad de la vida, admite por igual una doble lectura que conduce al horror y al consuelo a partes iguales; o al menos así me ocurre a mí. La belleza será siempre el puente eterno y de una imponente solidez construido sobre ese profundo abismo.

La excavación (The Dig, 2021), es una de esas películas condenadas a pasar desapercibidas, a pesar de su grandeza, frente a otras películas que en mi opinión son menores y que sin embargo generan mucho más ruido mediático y atención crítica. En parte es normal que así sea: el cine que me interesa es aquel que habla del sentimiento y del sentido, de la condición humana, y de todas esas cosas que parecen importar cada vez menos en un mundo donde la alienación va sustituyendo, de manera imperceptible, a los hombres por máquinas y a los afectos por etiquetas perfectamente cuantificables de la identidad. Los cánones del cine actual, por el contrario, parecen arrastrar a la crítica cinematográfica por otros lares bien distintos: la ideología, la taquilla, las sagas, los efectos especiales, las cuotas, el “frikismo”, el psicologismo.

Todas las formas de vida conformar, en el fondo, una única unidad que aspira y expira en el mismo instante eterno que dura lo que el universo: desde su nacimiento hasta su imprevisible consumición. Porque en el acto de enterrar, como en el de desenterrar, el tiempo se detiene y queda dilatado. El sentido de la arqueología, entonces, no se encuentra tanto en el pasado, ni siquiera en el presente, sino que mira directamente hacia el futuro encarnado en esos jóvenes que vendrán y que, gracias a ese trabajo de prospección realizado sobre las ruinas de otro tiempo, podrán saber de dónde vienen y quiénes son en realidad. Todas las historias son idénticas entre sí porque están destinadas a repetirse como lo hacemos los hombres sobre la tierra: como las hojas que brotan en la primavera y se desprenden en el otoño. Solo que cada vez que las contamos, esas historias adquieren una serie de particularidades que convierten a cada relato en un elemento tan particular e irrepetible como lo es toda vida humana. La excavación cuenta una historia situada en un tiempo muy concreto pero con una clara vocación de resultar universal.

El tema principal de La excavación es el paso del tiempo. Pero también trata sobre la juventud y sobre la belleza, sobre el pasado y sobre la enfermedad, sobre el fracaso y sobre el olvido, sobre el amor y sobre la muerte. Se trata de una película protagonizada por Ralph Fiennes y Carey Mulligan que cuenta la historia real de unos restos arqueológicos hallados en una Inglaterra al borde de la IIGM. El argumento es sencillo y viene a ser el último ejemplo de una de esas fascinantes historias reales que el cine rescata de la Historia. Su visionado se puede complementar bien con el de El instante más oscuro (Darkest Hour, 2017), el biopic de Winston Churchill, porque ambas cuentan, de formas muy distintas, el mismo momento histórico en que Gran Bretaña entró en la mayor guerra jamás acontecida. Ante la proximidad del conflicto bélico al que están abocados, los protagonistas de La excavación deciden refugiarse en la belleza de un pasado ignoto: algo con lo que cualquier amante del arte puede empatizar sin ninguna dificultad porque de esa forma el ideal artístico da sentido a lo que carece de él.

La belleza contemplativa de La excavación puede llevarnos a evocar el cine de Terrence Malick en algunos planos; sin embargo, el aroma de la película es mucho más clásico que poético: se trata de un cine que quiere agrupar todos los grandes temas en una historia sencilla y verdadera, contada con ese estilo comedido e impecable, como un reloj bien engrasado, que es característico del cine inglés de las últimas décadas. Por eso, con más razón que el nombre de Malick, sería de mayor precisión invocar el de John Ford y su melancólica mirada sobre la existencia humana.

En la mujer enferma de gravedad que decide consagrar sus últimos días a realizar una excavación para salvar el patrimonio del pasado pensando en las futuras generaciones está el secreto de la trascendencia. ¿A qué llamamos trascender? A cualquier acto que nos sobreviva como esa persona que regala un libro a alguien poco acostumbrado a leer y que, gracias a esa lectura, queda enfermo para siempre de literatura de forma que mucho tiempo después, sus hijos y puede que hasta sus nietos sigan esa vieja y maravillosa costumbre de hablar con los muertos a través de las páginas de un libro. De esa forma tan estúpida como inconsciente es como realmente vencemos a la muerte.

En eso consiste dejar de ser un niño: en aprender que todo lo que te rodea incluido, por supuesto, tu propio ser, va a desaparecer un día; pero que aun así hay que seguir viviendo con la esperanza, seguramente vana y estéril, de que algo, una mínima parte de todo ese mundo de ayer, quedará a salvo de forma milagrosa para que los hombres de dentro de miles de años puedan descubrirlo y así poder comprender también que todo se repite, que todo está condenado a desaparecer, pero que a pesar del dolor y del sinsentido, vivir es algo bello. La narradora de Valor de ley (True Grit, 2010) cerraba la película con las siguientes palabras: “Time just gets away from us” (“El tiempo simplemente se aleja de nosotros”). La excavación (The dig, 2021) es una de esas películas sembradas de lirismo en las que el tiempo aparece en constante suspensión.