Si yo fuera la Reina de Inglaterra, no estaría muy contenta con Spencer (2021). Ciertamente, no han tardado en escucharse las primeras quejas de la Corona británica. El retrato que hace Pablo Larraín, un director chileno que incorpora en su sello autoral dos etiquetas habitualmente contrapuestas como la de “esteta” y de “comprometido”, de la realeza y sus protocolos es terrible. Por realista y cruda. Al punto de que en muchos momentos la película, ambientada, por cierto, en época de Navidad, adquiere un verdadero tono de terror que nos haría pensar en esa mezcla de claustrofobia y de agorafobia que se dan en El resplandor (The shining, 1980).

El inicio de Spencer (2021), la última película de Pablo Larraín, protagonizada por Kristen Stewart, es deslumbrante. Sin necesidad de usar las palabras durante casi diez minutos, se presentan los protocolos de la realeza transmitidos de generación en generación y el extravío literal y metafórico de una Diana de Gales tan rebelde como enajenada: los dos bandos contrapuestos de la película. La música de Jonny Greenwood, el guion de Steven Knight y la fotografía de Claire Mathon son excelentes. Con materiales así es muy difícil que el producto final sea desechable, lo cual desecha un poco toda esa teoría del cine de autor En calidad de mayordomo jefe con un pasado en el servicio militar, Timothy Spall se pone a la altura, como suele ser habitual en su trabajo, de los grandes actores del cine inglés. Todos ellos —dirección, actriz principal, guión, fotografía, música, actor secundario— son carne de galardones en la próxima edición de los premios Óscar y Spencer tiene muchas papeletas de estar nominada a todo, incluido a mejor película. Sin embargo, dista mucho de cumplir todo cuanto se propone alcanzar y sus mayores defectos son una consecuencia de su propuesta radical.

Stanley Kubrick, Terrence Malick y Paul Thomas Anderson están entre las referencias directas del característico estilo visual de Pablo Larraín. La calidad técnica de Spencer —que está más allá de toda duda— está puesta al servicio de la unidad clásica aristotélica espacio-temporal para mejor engendrar una tragedia encarnada en la psicología de un personaje femenino sobre el que recae todo el peso de la historia y del trayecto de una nación ya resultó impecable en Jackie (2016), donde se narraba la descomposición del Imperio Kennedy y el desengaño del Sueño Americano a través de los ojos de una Jacqueline interpretada, con brillantez, por la siempre excelsa Natalie Portman. Y aunque el resultado final de Spencer (2021) no llega a tanto, vuelve a confirmar que Pablo Larraín es una de las mejores promesas del cine actual, capaz de crear un verdadero fresco histórico con sólo aproximarse a unas pocas horas en la vida de un personaje icónico de nuestro tiempo. La película, además, entra de lleno en el terreno de la conspiranoia —el asesinato planea durante toda la película, sea en forma de referencia a Ana Bolena, sea a través de miradas veladas de significado más que evidente— en torno a la muerte de Lady Di, de una forma sutil pero inapelable.

Tres días en la vida de Diana de Gales: eso nos cuenta Spencer. Se trata de sus últimas Navidades junto a su familia: la política y la que es fruto del amor. La Diana de Larraín es un personaje complejo y demasiado humano que oscila de manera constante entre el delirio, la irreverencia, la bulimia e incluso la autolesión. Todo ello en apenas unas horas de tour de force donde el espectador se deja guiar por el rostro de Kristen Stewart y la cámara de Larraín. La presión mediática y social sobre la espalda de un personaje que no se resigna a ser reducida a mera efigie plasmada en un billete por el que más tarde se sacrificarán, honrando a su juramento, los hombres en sus estúpidas guerras.

La cinta protagonizada por Kristen Stewart es una película de, en realidad, un solo personaje donde todo se juega a la carta de la capacidad expresiva de una actriz joven y talentosa que nunca ha estado tan bien —aunque no es ni mucho menos esa diosa de la interpretación llamada Natalie Portman— y que puede ganarlo todo este año si los astros finalmente se alinean. Sin embargo, el riesgo creativo que supone el propio planteamiento del film delimita, también, el nivel de alcance de una película que puede acercarse a la grandeza trágica y lírica de Antígona por momentos, sí, pero que resulta excesivamente larga y sobrecargada, y que, por desgracia, a veces también se acerca a la oquedad visual de un anuncio de colonia para la televisión.

Spencer consigue alejarse del biopic de manual y resulta plenamente reconocible como cinta de un autor con un estilo propio. Aún así, la sombra de éxitos recientes como The Crown (2016-actualidad), Downton Abbey (2010-2015) o la oscarizada película El discurso del rey (2010), son demasiado alargadas; e incluso una película eficaz aunque no brillante como La reina (The Queen, 2006) resulta mucho más ambiciosa a la hora de plasmar el mapa completo y complejo de lo que supuso el personaje de Diana de Gales para la corona inglesa y la sociedad británica, con un resultado bastante más notable. Si bien el lejano fiasco de Diana (2013), que casi acaba con la carrera de la brillante Naomi Watts, está muy lejos de Spencer, el resultado no es ni mucho menos redondo y queda a distancia de otras películas de Larraín como la mencionada Jackie (2016), seguramente su propuesta más cercana.

Aunque tanto Jackie como Spencer son películas que retratan con verosimilitud la forma en que las mujeres modernas encaran el poder y se encarnan en la tragedia de la historia contemporánea, quiero hacer notar antes de cerrar esta reseña la que, quizás, sea la mayor flaqueza de Larraín como director de cine: un vicio al que es muy proclive y que hoy llamaríamos, sencillamente, populismo. Para la película que nos ocupa, tenemos que referirnos a ese inverosímil giro de una “niña bien”, muy pija ella y sobrecargada por doquier de gestos que, sin embargo, quiere —o así se nos cuenta—, irse a comer al KFC con sus hijos. Si a este detalle estúpido le añadimos más de cinco minutos de escenas de danza de Kristen Stewart con diferentes modelitos obtenemos ese vicio tan frecuente en los habitualmente considerados por la crítica —y comúnmente autodenominados por su propio ego— como “autores” del cine moderno: esa tara tan perniciosa que consiste en tomarse demasiado en serio a sí mismos frente al resultado final, que puede llegar a resultar extenuante, de sus películas.