No comparto esa visión nostálgica y suspirante del cine que tienen mis “hermanos mayores” nacidos en la década de los 80. Por eso Los Goonies, película de 1985 que todos asocian con el nombre de Richard Donner, me dice más bien poco. Sí que me resulta molesto que una de las carreras más brillantes y con más escuela de la historia de Hollywood —como lo leen— se vea empañada por esa misma nostalgia suspirante que todo lo eclipsa. No, Richard Donner, fallecido con 91 años, merece mucho más que eso: era SuperDonner.

Director de numerosas series durante más de una década como La dimensión desconocida o Superagente 86, se especializó en la televisión mucho antes de que esta gozara del prestigio, de la aprobación de la crítica y del público fiel con el que cuenta ahora. Prácticamente debutó en el cine con el éxito comercial de La profecía, que iba a ser una película de serie B en la estela de El exorcista y resultó una obra maestra del género de terror muy influyente en títulos posteriores. Porque Donner era un especialista casi sin parangón a la hora de triunfar en todos los géneros, en la estela de directores clásicos como Jacques Tourneur o incluso Raoul Walsh, por citar sólo dos nombres. Revolucionó todos los géneros que tocó sin excepción. Su siguiente película, Superman, ha sido y sigue siendo el modelo sobre el que funcionan todas las historias modernas de superhéroes: quién no lo reconozca es un embustero. Y también resultó un éxito de taquilla, aunque eso no evitaría su despido durante el rodaje de la segunda parte de la misma por diferencias con los productores, y cuya “versión del director” no pudimos ver hasta el año 2006. Sin embargo, contaría con un heredero de categoría, Bryan Singer, que, sin llegar a alcanzar el maestro, realizaría trabajos de categoría en nuevas versiones de Superman o en la saga de X-Men, producida por Donner. Más tarde, Donner realizaría Lady Halcón o la citada Los Goonies, hasta realizar otra película “de género” perfecta: Arma Letal, primera de una saga impecable —hasta cuatro películas, todas de alto nivel y dirigidas por Donner— de obras maestras del cine de acción. Después vendría Los fantasmas atacan al jefe, la más original adaptación de Un cuento de Navidad de Dickens, que incluía una sorprendente mezcla de humor y terror. También realizaría una excelente comedia disfrazada de western con Maverick, película tristemente infravalorada; una mezcla de géneros en Conspiración; o una balada crepuscular al género en el que se especializó, las buddy-movies, en 16 Calles. Su mejor heredero y más fiel admirador es, en ese sentido, el guionista y director Shane Black.

Donner era un director de encargo muy versátil, siempre verosímil y todo un prodigio técnico. Como no tenía ningún problema de ego, no necesitaba dejar su impronta en cada escena ni usaba un plano de más para lucirse. Era un narrador nato que sabía añadir humor a todo lo que contaba, que sabía transmitir una emoción intensa al espectador con su trabajo y que, en el fondo, era un romántico que bajo distintos géneros narraba siempre una bella historia de amor. Pero ante todo era, como actor fracasado, un gran director de actores que trabajó con Mel Gibson, Gregory Peck, Bruce Willis, Bill Murray, David Warner, Danny Glover, Gene Hackman o Christopher Reeves. Los grandes suelen caracterizarse por tener muchos problemas con todo el mundo y por ganar pocos premios. Ningún premio Óscar le fue concedido a Donner. Tampoco ninguna Palma de Oro, y supongo que solo la idea repugnará a muchos pedantes de los que reparten carnets de cinefilia. Ha querido la Providencia que coincida la muerte de Donner con la reapertura del Festival de Cannes dos años después de su última edición, por culpa de la pandemia. Vuelve Cannes con su esnobismo habitual: Spike Lee es el presidente del jurado y Leo Carax lo inaugurará con una película que apesta a manierismo vacuo. Todo lo contrario que Donner, cuyo cine era puro oficio, entretenimiento sin zarandajas y más una cuestión de técnica y de trabajo que de musas risueñas. Los grandes siempre han estado más allá de ningún miserable premio.