Vanitas Vanitatis: ¿A quién le importan los premios? Probablemente a nadie. Y está bien que sea así. Al fin y a la postre, nunca aciertan ni consiguen crear consenso de ningún tipo. Sirven mejor para encrespar al público que para congregar el aplauso general. Detrás de cada usuario, es sabido, se encuentra un ranking que siempre es radicalmente opuesto a aquel que en último término resulta elegido. Y, a pesar de lo anterior, quizás sea eso lo que los haga realmente interesantes. Que resultan divertidos, injustos y polémicos: de eso se trata. El espectáculo acerca del espectáculo: un ejercicio metarreflexivo vestido de afán por otorgar reconocimiento. Hablar, especular, hacer quinielas, discutir con otros, cagarse en todo. En Albacete como en Arkansas: a la torera y sin despeinarse. Porque no se lo han dado a quién querías que se lo dieran. Pues eso.

Hablemos, sin más dilación, de los galardones: antes de que los sindicalistas lleven sus discrepancias al Congreso. No hace ni una semana que se confirmaron las nominaciones a los Premios de la Academia, con varias candidaturas para España: Mejor Actriz para Penélope Cruz; Mejor Actor para Javier Bardem; Mejor Banda Sonora para Alberto Iglesias; y Mejor Cortometraje de Animación para Alberto Mielgo. Se trata de un año especial: después de dos nefastas ediciones marcadas por la pandemia, ha vuelto la pasión cinéfila a los Premios Óscar. Y tras la súbita y bochornosa desaparición mediática de los Globos de Oro, histórica antesala de los galardones otorgados por la Academia, a los críticos parece que se nos ha roto la brújula y ahora nos toca navegar a ciegas. ¿Quién ganará, nos toca preguntarnos? Sin un ensayo general de la ceremonia será más difícil saberlo.

Se cumplen ahora 50 años, esto es, medio siglo, de una de las mejores películas de todos los tiempos: El Padrino (1972). Tanto la primera parte como la segunda entrega de la trilogía dirigida por Francis Ford Coppola, escrita por Mario Puzo y protagonizada por Al Pacino, ganaron el galardón a mejor película, cambiando, con ello, la forma de entender el cine en Hollywood. Sin duda, se trata de otra razón más para considerar especial a la edición número 94.

Pero si hay un apellido que destaque en la lista de nominados es el que protagoniza una de las filmografías más inolvidables de la historia del séptimo arte. Ningún director había sido nominado al premio a mejor dirección a lo largo de seis décadas distintas hasta que llegó ese genio del plano-secuencia inadvertido y de la coreografía actoral perfectamente milimetrada llamado Steven Spielberg. Sin duda se trata de uno de los grandes nombres de la evolución de Hollywood, que participó de manera eminente en la destrucción del “cine de autor” para traer a cambio un “cine mainstream” manteniendo un ritmo de trabajo incansable, un nivel de calidad excelente y, curiosamente, un sello de autor inconfundible. El gran Stanley Kubrick, no lo olvidemos, le consideraba su más digno heredero. Y en esta ocasión puede ganar el Premio a Mejor Película con un remake por primera vez: su particular versión de la multipremiada West Side Story. Veremos.

Como novedad, es posible que Jane Campion, a la sazón directora de El Poder del perro, puede ser la primer mujer en ganar un Oscar a mejor película y una Palma de Oro (según la BBC, El piano es la mejor película jamás dirigida por una mujer). Se trataría de la segunda estatuilla a una mujer después de Kathryn Bigelow y de la séptima nominada. Pero lo importante, más allá de la política feminista y la propaganda woke, es que tanto el trabajo en la dirección de En tierra hostil (2008) entonces, como ahora en El poder del perro, es impecable. Aunque el cine de Campion resulte más “femenino” que las cintas llenas de testosterona y metralla de Bigelow: un rasgo diferenciador que sí merece la pena ser comentado en detalle. Otra vez será.

En cuanto a los actores, resultan lacerantes las ausencias y, en algunos casos, también las presencias de ciertos nombres. Will Smith es candidato con uno de esos papeles perfectamente diseñados para encandilar al académico estándar; seguramente los dos actores que más se merecen el premio sean, en esta ocasión, Benedict Cumberbatch y Kristen Stewart. Difícilmente podemos encontrar rivales dado su extraordinario nivel de interpretación, sobre todo si tenemos en cuenta las incomprensibles ausencias de Jodie Corner o de Jake Gyllenhaal. Tampoco están los jóvenes actores Cooper Hoffman y Alana Haim, que merecían introducir sangre fresca en unas nominaciones excesivamente canónicas y “correctas”.

Sigamos con las quejas, que para eso estamos aquí. La ausencia de Lady Gaga resulta especialmente dolorosa: pareciera que el nombre público de la actriz jugara más en contra que a favor de su interpretación como Patrizia Reggiani. Ben Affleck debería estar nominado por la mejor actuación de su carrera en Tender Bar. Y, ya que estamos con las ausencias, llama la atención el desprecio al excelente trabajo de Pablo Larraín en la dirección; o a Titane, ganadora de la Palma de Oro en el último festival de Cannes, que ha sido ninguneada de manera evidente; e incluso a El contador de cartas, seguramente una de las mejores películas del cine reciente. Sin embargo, sí que está Dune, aunque muchos se han quejado por la ausencia de Dennis Villeneuve en la dirección; por mi parte, creo que es la peor película de su carrera hasta la fecha y que ha sido nominada para representar al tipo de cine que mueve al público a las salas: la sombra de Netflix sigue siendo muy alargada y en la Academia asusta su poder al punto de que, desde hace años, se le niega sistemáticamente el premio a pesar de haber producido varias cintas que lo merecían. Quizás este año lo inevitable acabe sucediendo: esperemos que, pase lo que pase, no sea con la mediocre No mires arriba. Por favor.

Otra alternativa para los premios a la mejor actuación es la compuesta por dos de los actores más interesantes descubiertos (al menos por quien esto escribe) en la última década: Jessica Chastain y Andrew Garfield. A Chastain la conocimos sobre todo a través de dos actuaciones brillantes: El árbol de la vida (2011) y La noche más oscura (2012); mientras que Garfield se consagró en un mismo año con dos trabajos inolvidables: Silencio (2016) y Hasta el último hombre (2016). Quizás haya llegado el momento de reconocer en forma de premios su gigantesco talento, a pesar de la juventud de ambos. De entre los secundarios nominados hay que lamentar la ausencia de Ciarán Hinds; mientras que, por contra, cabe celebrar la presencia de dos actores extraordinarios que normalmente pasan desapercibidos y que curiosamente, co-protagonizaron en 2019 una película juntos (Estoy pensando en dejarlo): Jesse Plemons y Jessie Buckley. Ambos tienen esa capacidad tan valiosa en un secundario de mejorar notablemente cada escena en la que aparecen.

En cuanto al trabajo de Kenneth Brannagh en Belfast, creo que el riesgo que entrañan dos escenas de la película merecen, de por sí, el galardón a la mejor dirección: el homenaje a Sólo ante el peligro (1952) en la escena clave de la película y esa lágrima en color que queda enmarcada en unas gafas de blanco y negro mientras la familia protagonista mira en el cine las imágenes de Chitty Chitty Bang Bang (1968). Dos momentos especialmente emocionantes y difíciles de ejecutar de la película más adorable de todas las nominadas este año.

En resumen, se puede decir que ha sido un muy buen año de cine. El mejor que recuerdo en mucho tiempo; sobre todo si tenemos el ínfimo rasero que ha marcado las últimas ediciones. Esperemos que sea el síntoma de una nueva época, aunque tampoco hay razones para echar las campanas al vuelo. Solo voy a añadir una nota muy personal: mi deseo de que ojalá y ganen Licorice Pizza y Fue la mano de Dios, respectivamente, los Premios a Mejor Película y a Mejor Película de Habla No Inglesa, porque en tal caso, la Academia podría reconocer de un plumazo el valor indiscutible de las dos cintas más nostálgicas y personales de los que probablemente sean los dos mayores directores vivos (con permiso de Scorsese) en sus respectivos continentes: Paul Thomas Anderson y Paolo Sorrentino. Que se dice pronto.

En cuanto a los Premios Goya, que han tenido lugar en Valencia tan sólo unas horas después de que aparecieran las nominaciones a los Óscar, hay que recordar la coincidencia con el aniversario de Luis García Berlanga, uno de nuestros mayores realizadores, así como el merecido premio honorífico concedido a José Sacristán, uno de los grandes nombres del cine español de todos los tiempos, y a Cate Blanchett, una de las mejores actrices del mundo. El Buen Patrón de León de Aranoa y Maixabel de Icíar Bollaín se reparten la mayor parte de nominaciones como se repartirán, de manera equilibrada, los premios: Mejor Película para uno; Mejor Dirección para otro; y así todo. La primera fue elegida por la Academia para representar a España en los Óscar, aunque finalmente no fuera seleccionada; mientras que la segunda pretende ser algo así como el equivalente cinematográfico de lo que Patria de Fernando Aramburu ha representado para la literatura española.

El estrepitoso fracaso de un Pedro Almodóvar especialmente capacitado para la publicidad (Boyero dixit) y que ha pretendido juntar en una sola e imaginativa película dos temas tan candentes e inconexos como la “memoria histórica” y “las manadas de violadores”, ha obtenido su pequeña venganza en la nominación a los Óscar de Alberto Iglesias a Mejor Banda Sonora, que contrasta con su ausencia en los Goya. Pequeñas miserias de un gran ego. Penélope Cruz, como se ha dicho, sí que ha obtenido una nominación a los Oscar; lo mismo que su marido, Javier Bardem, aunque en el caso del segundo haya sido por su  trabajo en una película norteamericana: la tediosa cinta Ser los ricardo del sobrevalorado Aaron Sorkin.

Lo peor de los Goya, sin embargo, ha sido la ausencia de nominaciones a algunos de los directores españoles más interesantes del momento: Daniel Monzón, Rodrigo Cortés, Paco Plaza y Enrique Urbizu. Ni ellos ni sus respectivas películas han recibido la atención merecida. Lo que contrasta con el apoyo y el respaldo que su talento ha recibido de importantes productoras de nivel internacional como lo son Netflix, Prime Video y Movistar. Ocurrió lo mismo hace no tanto tiempo con El crack cero y su director, José Luis Garci, que forma parte de lo más granado del cine en español.

El número de espectadores en las películas seleccionadas por la Academia es bajo, casi nulo; a cambio, la cantidad de ideología es alta, del todo avasalladora. Al tiempo, en las categorías de actores encontramos los mismos nombres de siempre: lo que evidencia el “tapón” existente en el cine español (juicio extensible a muchos otros ámbitos, como la literatura), que dificulta la entrada de nuevos talentos dentro de las categorías principales. El mundo del cine, en España, es cosa de unos pocos: detrás de tanta palabra melosa, de tanto agotador agradecimiento y de tanta lágrima actoral, en realidad hay cálculos empresariales perfectamente estudiados. Aunque los sujetos progresistas nos digan cada dos por tres que son anticapitalistas. Como esa mentira de Goebbels repetida mil veces, que acababa convertida en verdad. Ni siquiera.