Abrir un buen libro es algo así como volver a casa después de un largo y fatigoso viaje. Los lectores de ficción tenemos dos buenos motivos de celebración para cerrar este 2021 que ya se acaba: el regreso, después de años de silencio, de dos autores extraordinarios: Susanna Clarke y Anthony Doerr. Pero antes de hablar de ellos y de sus respectivas novelas, quiero contarles una pequeña historia muy personal.

Hace ahora dos años cayeron, de forma simultánea, dos novelas, como surgidas de otra dimensión, en mis manos. Las leí tan ansioso como quien se bebe un vaso de limonada en una tarde de verano, después de haber caminado mucho tiempo bajo el sol. Y cambiaron mi forma de entender la literatura; es decir, que trastocaron por completo mi vida. O al menos esa es la sensación que sigo teniendo hoy y que solo el tiempo podrá confirmar o desmentir; porque El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2004) y El clamor de los bosques (The Overstory, 2018) son dos de las lecturas más intensas y emocionantes que he realizado jamás.

La primera novela, El Atlas de las Nubes, es una obra del autor británico David Mitchell, que explica así la forma en la que surge la novela: “No me quería repetir, eso no es bueno para un escritor. Quería ser omnívoro: en mi forma de vivir, de leer, de escribir. Quería hacer una secuencia de narraciones interrumpidas que nunca serían continuadas. Quería lo mejor de mis historias, así que me pregunté: ¿qué pasaría si interrumpiera las narraciones seis veces y después las retomara? Sentía curiosidad por ver cómo funcionaría eso”. La segunda, El clamor de los bosques, del norteamericano Richard Powers, ganó el Premio Pulitzer en 2019 y mantenía un esquema deudor del de Mitchell pero adaptado a una temática más concreta: la conservación de los bosques y sus infinitas variedades de árboles.

Las mencionadas obras de Mitchell y Powers, junto a la reciente Ciudad de las nubes de Anthony Doerr, son tres novelas teológicas o, por mejor decir, místicas, que tratan de resignificar el sentido de la condición humana y de la propia vida a través de la narración —a modo de cosmogonía o incluso de teodicea— episódica de las existencias de un puñado de hombres extraños. Su propuesta ficcional es un modelo entre popular y comercial, al tiempo que minoritario y metaliterario, de narración que propone, de manera creativa pero accesible para el gran público, una forma de contar historias interconectadas eficaz para comprender y comprimir toda la complejidad del siglo XXI a través de una gran novela. Pero en realidad nada de eso importa demasiado porque, como se puede leer en Ciudad de las nubes, solo hay que ponerse cómodo para recibir una acumulación voluptuosa de narraciones: “Desconocido, quienquiera que seas, abre esto y maravíllate”.

Se trata de un tipo de escritura estrictamente posmoderna que encaja dentro del marco que Alan Moore delimitaba, a modo de consejo, para los escritores del futuro: “Trata la escritura como si fuera un dios. Trata la escritura como si fuera una inmensa y poderosa deidad de la que tienes un pedazo a cambio del cual tienes que hacer tu mejor trabajo porque nada, salvo tu mejor trabajo, sería suficiente. Para mí, el verdadero escritor es alguien que una vez identifica una técnica que usa, la abandona para poder continuar en pos de una forma distinta. Los grandes escritores son aquellos que una vez que encontraron el éxito trataron de hacer algo completamente distinto. Esa es la única forma de mantenerte vivo como escritor: seguir en movimiento, seguir progresando. Detenerse, en mi opinión, es la muerte de la creatividad. Decidir que estás satisfecho con lo que estás haciendo: ahí es cuando probablemente estás acabado como  escritor. Mantener el hambre, ser consciente de que hay territorios inexplorados delante de tí que ningún otro escritor ha conocido antes y que tú podrías descubrir. A los escritores yo les diría: asegúrate de que estás a la altura, recuerda la gloriosa y noble tradición llena de hombres y mujeres que lograron algo así antes: porque esa es la compañía que aspiras a tener”.

Volvamos, por un momento, a Susanna Clarke y Anthony Doerr. Antes mencionamos la prolongada inactividad de ambos después de haber alcanzado, respectivamente, el éxito. Clarke se alzó con, entre otros, el Premio Hugo y el Premio Locus con su novela fantástica Jonathan Strange y el señor Norrell (2004); mientras que Doerr se alzó con el Premio Pulitzer por su novela histórica La luz que no puedes ver (2015). Siete años separan a Doerr de su última novela, Ciudad de las nubes (2021), que es candidata al National Book Award de este año; mientras que Clarke llevaba diecisiete años sin escribir una obra larga hasta la reciente publicación de Piranesi (2021), novela por la que ya ha recibido el Women's Prize for Fiction. Sin duda alguna, pocos libros más esperados han aparecido en España durante este año que ya toca a su fin.

Ciudad de las nubes, de Anthony Doerr, es una de las mejores novelas del año: no caben las dudas al respecto. Además de la primera gran ficción que aborda la pandemia —varios personajes aparecen confinados— y sus consecuencias sociales de una forma no mimética pero sí llena de imaginación deslumbrante. En el interior del libro encontramos distintos tiempos históricos y espacios geográficos enhebrados por un mismo hilo conductor y cuyo eje vertebrador es un libro (inventado) que aúna la memoria del pasado con una más que interesante previsión de futuro —sólo por la especulación se puede hablar con amplitud de miras de esa entelequia a la que denominamos “presente” y en la que vivimos de forma continua—; porque Doerr hereda el interés por el ecologismo de Powers y una estructura calcada a la de Mitchell para hacer una novela más aproximada al best-seller, dada su agilidad lectora, aunque no por ello menos intensa ni ambiciosa que El atlas de las nubes o que El clamor de los bosques.

Ciudad de las nubes es, por encima de todo, un homenaje a esa eterna utopía inalcanzable que nos ofrecen los grandes libros: todo un “himno a los libros, construido sobre los cimientos de muchos otros libros”, en palabras de su autor. Recibir historias nos salva de la realidad y nos ayuda a entender mejor nuestro yo interior y nuestras emociones más íntimas al tiempo que el mundo en el que vivimos inmersos; contarlas a otros, en cambio, supone el mayor acto de amor que se puede realizar por alguien: no en vano, Ciudad de las nubes se cierra con la tierna imagen de una anciana leyendo un libro a un niño. Como se puede leer dentro de la novela, ”yo sé por qué te leían esas bibliotecarias las viejas historias. Porque si se cuentan lo bastante bien, durante el rato que dura la historia uno consigue burlar la realidad”. Que no es poco.

Ciudad de las nubes de Anthony Doerr es un libro que se adapta bien a aquello que el escritor británico y autor de El mago (The Magus, 1965), John Fowles, decía sobre la escritura: “Encuentro una clara analogía entre los árboles, el bosque, y la prosa de ficción. Todas las novelas son también, de alguna manera, un ejercicio consciente de búsqueda de libertad”. Una nave espacial que viaja hacia la colonización de una nueva Tierra; un atentado frustrado en una biblioteca pública de un pequeño pueblo; un ecologista atormentado que habla con un búho imaginario; un huérfano solitario y reprimido que va a la guerra para volver amando la literatura griega; una chica que se cree al borde del Apocalipsis y que es asediada en Constantinopla en 1453; un chico desfigurado y misterioso que asedia Constantinopla en 1453; un libro compuesto de fragmentos ilegibles, proveniente de la Antigua Grecia, pero que cambia de manera radical (metanoia) cada vida que toca… Todas esas historias se dan la mano en Ciudad de las Nubes porque la realidad humana más profunda, como escribía David Mitchell en El atlas de las nubes y más tarde han repetido Andrés Ibáñez o Salman Rushdie, es que “todo está conectado”. Esa es la enorme relectura del pasado para mejor resignificar el presente y así poder anticipar el futuro que realiza la gran ficción posmoderna. Porque leer siempre es soñar misterios de amor.