Una de las películas que más me marcó cuando estaba descubriendo la posmodernidad y apenas contaba con 18 años fue Orígenes (I Origins, 2014): un film que venía destacado por la crítica con la dudosa marca del llamado “cine independiente” y cuyo argumento, aparentemente plano pero lleno de recovecos fértiles para la reflexión, versaba sobre un científico en su empeño por negar cualquier rastro de trascendencia del horizonte humano, a quien las casualidades (¿o quizás eran causalidades?) de la vida le arrastraban, como en un caso más de metanoia bíblica, a un viaje interior iniciático y a una búsqueda exterior casi desesperada por encontrar unos ojos idénticos a los de la mujer muerta a la que tiempo atrás amó y que, naturalmente, perdió de manera trágica.

 

Recuerdo ver aquella película, emocionado, el día de mi 18 cumpleaños, tras haberla descubierto por recomendación del periodista Iker Jiménez en su videoblog. Más allá de los motivos personales, que obviaré, por los que el film representa un jalón importante en lo relativo a mi particular “educación sentimental”, hay en esta película una reflexión muy interesante sobre la relación de ciencia y esperanza, que marca el camino a seguir para buena parte de la ficción con vocación trascendente del siglo XXI. Además, una de las escenas finales, acompañada con la música que Radiohead compuso para la ocasión con su tema “Motion Picture Soundtrack”, supone uno de los golpes emocionales más fuertes que he recibido ante una pantalla.

 

Mike Cahill prometía ser uno de los directores jóvenes más importantes de los últimos años. Como Ari Aster o Robert Eggers pero sin el apoyo de una productora tan relevante dentro de las propuestas alternativas de cine como lo es A24, Cahill fue capaz de dejar dos películas que muestran una voz propia original y muy expresiva; me estoy refiriendo a  Otra Tierra de 2011 y a la citada Orígenes de 2014. Tras una temporada entregado al formato de la ficción televisiva, el director estadounidense ha regresado a la pantalla grande con Felicidad (Bliss, 2021), una ficción cuyo interesante planteamiento resulta, finalmente, fallido.

 

Protagonizada por una dupla conformada por Owen Wilson y Salma Hayek, carente por completo de toda química en pantalla, la película narra la historia de un moderno Walter Mitty, llamado Greg, cuya realidad se desmorona al tiempo de ser despedido y asesinar accidentalmente a su jefe. De esa perspectiva oscura y melodramática llegará, como enviada desde otra realidad, una mujer misteriosa que parece conocerle. Dos realidades contrapuestas se enfrentaran a partir de entonces: la del ejecutivo que sale de la caverna platónica para descubrir que todo su mundo está compuesto de sombras y la del vagabundo drogadicto que ha abandonado a su familia tras perder su empleo. Por supuesto, en ambos casos se trata de la misma historia narrada de dos formas disímiles y excluyentes condenadas a colisionar entre sí hasta terminar de confluir en una sola. Y aunque la propuesta es arriesgada, original y bastante atractiva, el resultado final es poco menos que desastroso, aunque uno acabe por ver la película al completo aunque sea sólo para ver como es el planteamiento que, en esta ocasión, realiza Cahill sobre ese “otro lado” que, de una u otra manera, siempre ha estado presente en su cine.

Las dos últimas películas de Tarkovsky representan un sacrificio: Andrei Gorchakov (Oleg Yankovsky) en Nostalgia (1983) y Alexander (Erland Josephson) en Sacrificio (1986) deben, respectivamente, salvar el mundo: a través de un recorrido por una piscina sosteniendo una vela encendida, el primero, y manteniendo relaciones sexuales con una bruja, el segundo. Sin embargo, es en Stalker donde el director ruso supo crear sus imágenes más inolvidables y, lo que es mucho más importante, marcar un hito en la historia del audiovisual, creando el espacio más emblemático de la ficción posmoderna con hambre de trascendencia: La Zona. Un lugar mágico que es consecuencia del peligro que lleva aparejada la técnica que mueve el mundo moderno. Es decir, lo que Kenzaburo Oé llama, en su novela Salto Mortal, “el lado de allá”, o que Ángel Faretta, citando a Alfred Kubin, denomina “el otro lado”.

La Zona es un lugar misterioso, de origen poco claro, pero que el hombre no ha podido controlar. Como ocurre con el subconsciente, sabemos que está ahí y que sus imágenes nos trastornan tanto como su mera existencia, pero lo único que podemos hacer es desistir de introducirnos en su interior y optar, a cambio, por vallarlo. Solo que se rumorea que en el epicentro de La Zona existe un lugar que contiene el secreto de todo y que puede conceder al hombre que consigue acceder hasta allí el deseo que más anhele. En compañía de un Stalker (Aleksandr Kaydanovskiy) ejerciendo de guía, el Profesor (Nikolay Grinko) y el Escritor (Anatoliy Solonitsyn), dos figuras alegóricas de las principales corrientes intelectuales de nuestro tiempo, se introducen en La Zona en un viaje iniciático y mistérico que también realizará el propio espectador.

El Stalker, a diferencia de sus dos compañeros de viaje, carece de instrucción, de ideología o de doctrina: es, sencillamente, un hombre que ha sufrido mucho más que ellos y que, ante todo, necesita sobrevivir siendo fiel a su fe y a un talento especial que posee y que ni él mismo termina muy bien de comprender. Se introduce en La Zona porque conoce sus extrañas leyes, a cambio de un dinero que necesita para mantener a su mujer y, sobre todo, a una hija tan excepcional como enferma que parece haber heredado ciertos dones de su estrecho contacto con La Zona. De alguna forma, Escritor y Profesor no están preparados, como la mayoría de hombres modernos, para entrar en La Zona porque no mantienen esa capacidad de asombro ante lo nuevo, de volver a una “primera mirada” inmaculada —como la de Harvey Keitel en la escena final de la película de Theo Angelopoulos, La mirada de Ulises (1995)—, que es característica de los niños.

¿Qué es ese “otro lado” que en la película de Tarkovsky conocemos bajo el nombre de La Zona? Un estado de la mente, un lugar más allá de la percepción del tiempo y del espacio, el lugar donde se funden todos nuestros sueños, imágenes mentales y ficciones, el sitio al que nos marchamos en el momento de dormir, lo que hay después de la muerte, lo que existe antes del nacimiento, la residencia de Dios esperando la vuelta de su Señor, el absoluto, el propio Ser Único al que llamamos Dios. Quizás el otro lado sea todo eso o no sea nada de eso; pero en cualquier caso los libros, las películas y las series están llenos de lugares así porque leer siempre es soñar misterios de amor.

La ficción posmoderna es especialmente fecunda en la representación de ese lado de allá. Allí desciende, tras penetrar en el laberinto donde deberá matar al Minotauro, Rust Cohle (Matthew McConaughey) en la primera temporada de True Detective; también lo hace Kevin Garvey (Justin Theroux) en The Leftovers mientras suena la música de Verdi; el agente Dale Cooper (Kyle MacLachlan) al penetrar en la habitación roja de Twin Peaks; otro Cooper, interpretado de nuevo por Matthew McConaughey en Interstellar, para comunicarse con su hija en el pasado; los personajes de Cómo ser John Malkovich al penetrar en el interior de la cabeza del célebre actor; también Prairie Johnson (Brit Marling) en The OA tras cada una de sus “experiencias cercanas a la muerte”; y, por último y quizás más importante, Elliot Anderson (Rami Malek), al profundizar en el interior de su propia psique de manera muy física en Mr.Robot.

Los ejemplos, por supuesto, son muchos más; también en literatura: la isla de Brilla, mar del Edén; la casa con el solenoide de la novela homónima escrita por Cartarescu; la partitura que une todas las historias de El atlas de las nubes; el barco velero, de nombre El Colmillo Blanco, que esconde tantos misterios en Vicio Propio; o el mundo alternativo al año significativo año de 1984 que da título a la novela japonesa 1Q84; el viejo manuscrito que vertebra, a través de distintas épocas y lugares, Ciudad de las nubes; o la película de más de tres meses de duración creada por Ingo Cutbirth y descubierta por B. Rosenberger Rosenberg en Mundo Hormiga; de nuevo, los ejemplos son muchos más.

El otro lado es el país de los niños. Vayamos con la infancia: es Narnia; es Hogwarts; es la Comarca; es Donde viven los monstruos; el lugar al otro lado del espejo de Alicia en el País de las Maravillas o aquello que encontramos al traspasar el muro de Stardust  y que permite entrar en Stormhold: dos lugares, estos, tan sumamente mágicos que, en realidad, también están aquí. Desde siempre. Es Ítaca y es el Edén: paraísos más o menos reales de los que fuimos expulsados, como de la propia infancia, y hacia los que siempre estamos de vuelta. Un hogar invisible, de esos que le resultaban esenciales al Principito de Saint-Exupéry.

 

Es una lástima que Cahill fracase en su último intento hasta la fecha por mostrar ese mundo invisible y mágico, sobre todo si tomamos en cuenta los dos intentos destacables que suponen sus películas anteriores (Otra Tierra en 2011; y Orígenes en 2014) a la hora de trazar ese “otro lado” que resulta esencial en buena parte de la ficción posmoderna de nuestro tiempo. Sin embargo, no debemos caer en la tentación que supone pensar que ya se ha dicho todo de algo que, precisamente, se caracteriza por ser tan inabarcable e incognoscible como inefable. Conocer, como afirmaba Platón a través del concepto de anagnórisis, siempre es recordar; un aserto, ese, que era válido en el siglo V a.C. y que lo seguirá siendo en el inminente año de 2022 porque es connatural al ser humano y a su aproximación a la realidad.