Llevo demasiado tiempo manteniendo la misma conversación con mis amigos: añoramos cierto tipo de cine que se hacía en los años 90 y que hoy parece haber desaparecido. Películas emotivas, sin resultar gazmoñas, realizadas con maestría. El cine de Clint Eastwood que arrasaba en la Academia de aquella década con películas que aún hoy le alegran la tarde a cualquiera, sin la necesidad de caer en el énfasis, en la manipulación o en la simpleza. Vicios comunes en quien confunde sentimiento con sentimentalismo.

Varias de esas películas habían sido dirigidas por un mismo realizador que también destacaba como actor: Kenneth Branagh. Un hombre que a fuerza de talento y tesón ha sabido ligar su nombre, al menos en lo que a cine se refiere, al de un genio universal: William Shakespeare. Pero que en los últimos años había extraviado su carrera en la dirección con proyectos imperdonables aunque a buen seguro lucrativos tales como Thor (2011), Cenicienta (2015) o Jack Ryan (2014). Con Belfast (2021), sin embargo, ha conseguido recrear aquello por lo que muchos llevábamos años implorando al demiurgo del cinematógrafo: una película diga de las mejores obras de los años 90.

En Belfast (2021) se cuentan muchas cosas, todas aparentemente simples pero cargadas de hondura. La historia de una familia en la que, como ocurría hasta hace no mucho en los países “desarrollados”, conviven tres generaciones bajo un mismo techo. En un barrio dividido por el conflicto y amenazado tanto por el fanatismo religioso de protestantes contra católicos como por las leyes tribales impuestas por los mafiosos locales. Donde late algo que quizás pase desapercibido a muchos, por no saber siquiera qué es o en qué consiste, pero que en la película está perfectamente retratado: el funcionamiento de una pequeña comunidad donde todos sus integrantes cuidan los unos de los otros como buenos hermanos. Sin embargo, esto no es un ensayo y en la película hay otras muchas maravillas con las que el espectador se puede asombrar.

Siguiendo una ola de nostalgia heredera de Cinema Paradiso (1988) y con una sensibilidad neorrealista heredera de El ladrón de bicicletas (1948), el ejercicio memorialístico de Brannagh a través de la historia de un niño brillantemente interpretado por el debutante Jude Hill, gracias a cuya mirada descubrimos la historia de amor de sus padres (Caitriona Balfe y Jamie Dornan) y abuelos (Judi Dench y Ciarán Hinds), los problemas económicos de una clase social, la división moral de una sociedad y los grandes temas de toda vida como el primer amor, el paso del tiempo o la muerte de un ser querido: todo ello contado con un humor tierno e irónico y cuyo resultado final hace recordar el empeño de otros directores en el cine reciente: Cuarón, Sorrentino, Almodóvar y tantos otros.

Brannagh hace con la cámara lo que Daniel Mendelsohn, Karl Ove Knausgård o Emmanuel Carrère, por destacar algunos nombres, con la palabra: desnudarse para convertir lo vivido en arte, volviendo así el recuerdo imperecedero. Sin que el yo ensucie apenas nada: limpiamente. Con homenajes constantes y deliciosos al cine como vía de escape al tiempo que forma de trascender la realidad. Aprovechando un género ficcional que parece conectar fácilmente con el lector y que goza de una salud inmejorable según la crítica: la autoficción.

Todo funciona en la película de Kenneth Branagh: empezando por el uso del blanco y negro, la sabiduría con la que la cámara orienta la mirada y, por supuesto, la maravillosa banda sonora a cargo del gran Van Morrison. Sería digno de mención que en los Premios Óscar de este año ganara Kenneth Brannagh el galardón a “mejor película” con Belfast (2021) mientras que Paolo Sorrentino se llevara la estatuilla a “mejor película de habla no inglesa” por su trabajo en Fue la mano de Dios (2021). Si ya encima le reconocieran el más brillante trabajo de su carrera hasta el momento a Ben Affleck en otra hermosa historia —aunque menor— sobre el crecimiento y el aprendizaje en The Tender Bar (2021), se terminaría de cerrar el círculo que implica volver a reconocer con premios un tipo de películas por las que ya no se apuesta, en beneficio de productos más “modernos” como Parásitos (2019), “políticamente correctos” como Nomadland (2020) o directamente “estratégicos” como lo fuera la estatuilla concedida a Moonlight (2016).

Lo universal es lo concreto sin fronteras. Quien dijo eso sintetizó todo lo que sabemos acerca del mundo. Tenemos por familiar y hasta aborrecemos lo real cuando su riqueza supera, a cada instante, la del mayor de los deseos que nos pueda ser concebido y por el que diariamente perdemos el sueño. Como en el arte del bodegón, el detalle contiene la totalidad y rebasa su significado. Abracen, sin más dilación, su “Belfast” particular: ese pequeño e imperfecto fragmento de Paraíso en el que nos ha sido concedido vivir y del que ningún Shangri-La imaginable, salvo el cine o la muerte, nos podrá librar. Y no dejen de ver Belfast (2021) de Kenneth Brannagh.