La simbología de la cometa en el aire.  Cuando Amir trata de rememorar un recuerdo feliz, le viene a la mente la imagen de Hassan y él jugando con las cometas. Pura dicha. Al principio, dicha actividad es sinónimo de libertad e inocencia; sin embargo, con el tiempo se convierte en símbolo de traición, cuando no lo salva de las inmundas zarpas de Assef. Cometas en el cielo, o cómo el ídem, puede derrumbarse en segundos.

La culpa, disipándose

Los soviéticos invaden la patria. 1979. Abandono del cálido y reconocible hogar. La vida, fragorosa, como un tren. No queda otra que gatear a bordo. La saludable visión liberal de Baba, incompatible con los nuevos aires políticos. USA tampoco gusta. Pero los talibanes, todavía menos. El amor, tal vez, redentor. Mi corazón saltaba al pensar en ella. Soraya Taheri. Mi princesa encontrada en un mercadillo, elucubra. Su princesa, auxiliándole a aliviar su alma menoscabada. Mientras tanto, indeclinable acumulación de culpas.

La culpa carcomiendo. Una dudosa, óbito materno. Otra real, traición al amigo. Pecar por omisión. Desde la violación, infinito peor trato hacia Hassan. Y hacia sí mismo. Insólitos, seguramente fecundos, mecanismos psicológicos de compensación de la culpa. El paraíso infantil, dinamitado. Reventado. Un monstruo, así se ve. En vigilia y en sueño. Cuenta en la novela que " vi cómo violaban a Hassan —le dije a la nada. Pero nadie se despertó, y, durante el silencio que siguió, comprendí la naturaleza de mi nueva maldición: debería vivir con aquella culpa. Pensé en el sueño de Hassan, aquel en el que los dos nadábamos en el lago. En el lago había un monstruo. Había agarrado a Hassan por los tobillos y lo había arrastrado hasta el fondo tenebroso. Y ese monstruo era yo”. Un monstruo feo e irredimible.

Pero los monstruos, a veces, sanan. Retorno (fordiano) al hogar. Ulises, regresando a Ítaca. Procurando adoptar al retoño de Hassan. Los nuevos y totalitarios redentores, los talibanes, jorobando la vida al personal con sus repugnantes leyes y disposiciones. La culpa, de nuevo, como púas espinosas, se llega a leer. Estas púas acechando y acosando vez tras vez.  Buscar al niño huérfano cauteriza sus hondas heridas. Restitución, en definitiva. Retribución, más certero que redención. Adoptar como forma de recuperar un paraíso perdido. La esperanza, asevera Hosseini en su novela, crecía en mi corazón como la nieve que se apila sobre un muro, copo tras copo. La esperanza de la curación. Sí, la esperanza es una cosa muy curiosa. Paz del espíritu, por fin. Pero ¿A qué precio? La esperanza, cual pincelada de color sobre el lienzo gris y árido en que se habían convertido las vidas de todos los protagonistas de la obra. Touchè.

Culpa y muerte

La paternidad, en tierras yanquis, nos ofrece otra etapa del perdón. El vuelo de una cometa, otra vez, nos da la clave. Retorno a la infancia, al paraíso perdido, a la pureza ida. La cometa, causante de la culpa, llave de la curación. Culpa, totalmente (???) depurada con el retorno a Kabul y el cuidado de quien finalmente es su sobrino. Y, por desgracia, agónico ritornello, Amir aclara que “me convertí en lo que hoy soy a los doce años. Era un frío y encapotado día de invierno de 1975. Recuerdo el momento exacto: estaba agazapado detrás de una pared de adobe desmoronada, observando a hurtadillas el callejón próximo al riachuelo helado. De eso hace muchos años, pero con el tiempo he descubierto que lo que dicen del pasado, que es posible enterrarlo, no es cierto. Porque el pasado se abre paso a zarpazos”.

Aunque Amir consiguió liberarse del peso más pesado que arrastraba, no es posible tachar todo lo que nos gustaría que no hubiese ocurrido. Y debemos sobrellevar la carga de nuestros yerros y su respectiva culpa el resto de nuestra vida hasta que abandonemos la mortaja de nuestra carne mortal.