Algunas personas ignorantes consideran que los actores llevan vidas fáciles (¿existe tal cosa?). Contemplan portadas donde aparecen ataviados con telas y joyas lujosas, y muestran envidia hacia ellos, o piensan que no se ha pagado un precio. Esas personas son ignorantes y una estadística: infravalorar o incluso despreciar una actividad o trabajo que uno nunca ha desempeñado.

Por cada actor que trabaja como tal, existen mil en el paro. Es un mundo cruel, caótico, caprichoso, veloz, con una competición salvaje. Plagado de paranoia, envidia, egos, y al tiempo inseguridad enfermiza. Impagos, explotación, acoso, abuso, violaciones encubiertas...

Tanto los actores como sus hijos son impunemente perseguidos por fotógrafos, que hacen guardia a la puerta de su casa 24 horas al día 365 días al año. El pistoletazo de salida es la apertura de la puerta principal de la casa del actor, momento en que proceden a tratar de capturar en imagen una parte íntima de su cuerpo o agredirles verbalmente para que la reacción fotografiada sea cobrada por un alto precio. La privacidad desaparece y acosadores emergen, así como una plétora de desconocidos que les roban el alma mediante fotografías y vídeos en su vida cotidiana, que toman y graban sin permiso como a los monos en el circo. Esa masa anónima con frecuencia les trata como si les conociese, con actitud invasiva, sin respeto, y exigiendo con agresividad una instantánea: estiman que haber desembolsado para contemplar su imagen en movimiento les otorga ese derecho.                                                                                                                                        

Drogas, acoso sexual e inestabilidad: cada papel puede ser el último, cada día llegan a las ciudades principales caras nuevas y jóvenes. El público es caprichoso y voluble. En el caso de las mujeres se suma la obsesión con la delgadez; ni la mente ni el cuerpo pueden funcionar correctamente pobremente alimentados. Y sin salud no hay felicidad. El desorden horario provoca problemas crónicos de sueño, y la existencia nómada, el vivir en caravanas, hoteles y aviones, cobra un alto precio a la salud mental y física, y a la vida personal.

Uno de cada mil actores puede ganarse la vida interpretando, el resto está condenado a la precariedad laboral y el fracaso. Aquellos

 

con fortuna, buena estrategia e inteligencia social (entrar en una habitación como candidato nº 400 y lograr que el director de reparto te mire, escuche, y recuerde) tienen una oportunidad, que si no saben gestionar puede destrozarles la vida: un mundo artificial, trampas y espejismos, una competencia consumida por la envidia y la desesperación dispuesta a cualquier cosa por quitarles el papel. Sus trapos sucios aireados porque se les considera propiedad pública, y sin recordar lo que se siente al dormir en su propia cama o estar cerca de sus seres queridos. Una existencia fría y desarraigada la del intérprete.

Algunas personas ignorantes consideran que los actores llevan vidas fáciles. Pocas veces los cimientos de una casa tienen algo en común con la fachada.