Leo Messi, sobrevalorado producto de marketing. Por Luys Coleto

Buen pelotero, por momentos muy bueno. De todas formas, la insufrible chincheta, jugador cuyos méritos fueron brutalmente exagerados. Sin más. Producto propagandístico al estilo sociata&indepe, pantumaca style, durante las últimas dos décadas.  “El mejor jugador de la historia", repetía cansino el mantra de la infoxicación. Y la basca, cual ovejitas, coreando. Por tierra, mar y aire. Voy a ignorar la comparación con otros titanes. Pelé, Di Stefano, Cruyff, Beckenbauer o Puskas. Superiores a él. Incluso  inferiores a este olimpo antes citado, estimo a Ronaldinho, Zidane, Platini o Cristiano Ronaldo,  algo mejores que la Pulga.

Comparaciones imposibles

Pero mi momento de descojone roza el infinito cuando le comparan con su compatriota, Diego Armando Maradona. Él sí, el mejor. El tapón, mucho ruido y menos nueces de las declamadas. Leo Messi, a años luz. Para poder colocar a un futbolista en la misma oración que Diego ese jugador ha de demostrar lo prácticamente indemostrable. Yo soy el primero que ansía ver florecer a un nuevo Maradona. Pero aún no lo he visto. Y ni creo que emerja. También me gustaría creer en Dios, pero tampoco lo he visto.

Messi es peor que al Barrilete Cósmico. Punto pelota. Muy inferior a El Diez. Lionel no es ni de lejos tan completo técnicamente como para desplegar todas las funciones que poliédricamente realizaba su compatriota. Un ejemplo sencillo de comprender. Pedirle que tire las faltas con el mismo ponzoñoso riesgo con que lo hacía Diego. Messi no puede hacerlo, hay cosas que El Pibe podía hacer y él no. Y no hay nada de malo en ello. El asunto, y nadie lo pilla del todo, es nadie puede hacer todo lo que hacía Maradona. Lo que Diego concibió sobre un césped jamás lo volveremos a ver.

Nadie como Diego

Lo que Maradona encarna y simboliza en la historia del fútbol y que, aun con el beneficio de la duda, es bastante improbable - imposible de toda imposibilidad- que Messi lo llegue a representar algún día. Diego no pudo deleitarse jamás de la prerrogativa de jugar en magníficos equipos (también sobrevalorados, son las cosas del desagradable e inane guardiolismo que meaba colonia). Lo que hizo en Nápoles solo lo puede hacer el más grande. Incluso, lectores de ECDE, rememoren el Mundial de Italia, 1990, cuando El Pelusa se asemejaba a un desubicado arqueólogo rodeado de decrépitas y ruinosas momias. Y, sin embargo, entre el gran Caniggia y él se las ingeniaron para embutir a la desahuciada y despojada escuadra sudamericana en la final contra Alemania.

Imagino a Diego rodeado de Iniesta de mi vida y El Jardinero de Qatar. Aguardando junto al área en vez de dosificar el juego del equipo. Febril y fértil imaginación en mi caso. No. Messi es muy grande, sin duda. También Cristiano, pero ni remotamente ninguno es Maradona. Maradona solo es uno. Unívoco. Único e irrepetible. Diego poseía un guante blanco calzado en el pié. El resto, no. En fin.