Aunque el proyecto no era algo nuevo, ya es oficial la intención de impulsar una Super Liga de fútbol al margen de las actuales competiciones europeas. A diferencia de éstas, surgidas en la década de 1950 como competiciones entre los campeones ligueros y coperos de los diferentes países de Europa, el proyecto de la Super Liga no nace en función de los méritos deportivos, sino del capital aportado. Milán, Arsenal, Atlético de Madrid, Chelsea, Barcelona, Inter de Milán, Juventus, Liverpool, Manchester City, Manchester United, Real Madrid y Tottenham son sus promotores, con el patrocinio de la entidad bancaria estadounidense JP Morgan (casi 5.000 millones de euros sería su aportación al proyecto). JP Morgan ya lleva tiempo vinculado al fútbol europeo, como demuestra su préstamo al Real Madrid para las obras de remodelación del estadio Santiago Bernabéu.

 

Señalábamos que la prioridad de este proyecto se encuentra en el dinero más que en la cuestión deportiva. Sólo hay que ver entre los miembros fundadores a clubes como el Milán y el Arsenal, que deportivamente hace años que están alejados de las eliminatorias finales de la Champions League; o al Tottenham, que, tras varios años aprovechando las ausencias europeas de otros equipos ingleses con mayor presencia en Europa, apunta a regresar a un lugar más modesto en la clasificación de la Premier League inglesa. Parece que el actual formato de la Champions League, con el puesto garantizado para los cuatro primeros de las principales ligas, les resulta escaso en cuanto a financiación; esto es especialmente visible en Inglaterra, donde los enormes presupuestos del Big Six quedan muy alterados en caso de no obtener el billete entre los cuatro primeros, algo comprensible si tenemos en cuenta que todos ellos son propiedad de grandes fortunas que esperan obtener rentabilidad de su inversión. Y si algo tiene el fútbol es que, por mucha ventaja en cuanto a presupuesto que disfruten algunos clubes, siempre deja un resquicio para las sorpresas.

 

Todos estos clubes habían sostenido hasta ahora sus presupuestos por medio de giras asiáticas y norteamericanas en verano, patrocinios de países y empresas moralmente cuestionables, traspasos millonarios, derechos televisivos y estadios revestidos de cartelería. El negocio dio un pasó más y el patrocinio no se conformó con patrocinar los torneos, sino que terminó por darles nombre. Ahí tenemos La Liga Santander y La Liga Smartbank; curiosamente, el presidente de la Liga de Fútbol Profesional no se ha mostrado tan opositor a que el Banco Santander imponga su nombre a las competiciones domésticas como sí lo ha estado con la futura Super Liga. Sin embargo, que un grupo de clubes millonarios organice un torneo semicerrado (su idea es invitar a otros clubes) con el fin de incrementar sus beneficios no es más que la consecuencia del proceso de depredación que el fútbol viene sufriendo desde hace tiempo por el mundo de los negocios. Hay excepciones, como son los casos del Real Madrid y el Barcelona, pero no son los socios de estos clubes quienes marcan el rumbo (como mucho lo ratifican en asambleas con todo ya preparado), del mismo modo que los españoles llamados a urnas tampoco pueden reivindicar que las medidas tomadas por el Gobierno son responsabilidad suya simplemente por el hecho de haber ido a votar.

 

Todavía no podemos saber cómo terminará este desafío de los clubes más poderosos económicamente. No parece que surtan efecto las amenazas de la UEFA de prohibir a sus jugadores competir en torneos internacionales o las de las ligas nacionales de expulsar a los implicados. Hay demasiado dinero en juego y tendrán que negociar. Sinceramente, no veo en esta polémica más que un nuevo ejemplo del capitalismo global al que cada vez le estorban más las fronteras nacionales, no siendo el fútbol una excepción; y no sentiría ninguna lástima por que a Florentino Pérez le salga mal la jugada de obtener más ingresos por medio de la Super Liga. Pero en un escenario poscovid será fundamental mantener el tejido productivo, que en Europa occidental (y sobre todo en España) depende del sector servicios. ¿Cómo podría afectar a la economía real una expulsión de los tres equipos españoles tanto de La Liga como de la Champions League? Podrá parecer una estupidez, pero un sector tan castigado como el de la hostelería notaría la ausencia de aficionados desplazándose al estadio de su equipo o viajando a otras provincias cada fin de semana. Los detractores del fútbol profesional podrán manifestarse indiferentes ante esta noticia, pero lo cierto es que sus repercusiones indirectas en muchos negocios sí deberían ser motivo de preocupación.